29 de agosto de 2016
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El valor de las cosas

Por Mauricio Espil

La última novela de Javier Chiabrando, Los hijos de Saturno, es una sucesión de episodios significativos de la historia de la Argentina de los últimos cuarenta años. Casi que diría una serie fotográfica de Diana Arbus. Por lo grotesco, deforme y perturbador. Se trata de cuadros de una historia, devenida en policial negro, con un personaje detective llamado Goya. En el prólogo, Juan Sasturain señala que el gran mérito de la novela es la combinación inédita y desmesurada de géneros como el sainete criollo, el policial negro -en la versión chandleriana- y el folletín periodístico. De esto surge, agrego, una clara identificación de la novela con los géneros populares -por algunos llamados menores- que suelen ser los que, por un lado, hacen posible algunos personajes (tanto como imposibles otros) y, por otro, permiten hablar (o detectar) las preocupaciones (o temas de interés) de grupos sociales en determinados momentos históricos.
Así, Los hijos de Saturno es un claro ejemplo, junto con Goya, del intento por explicarnos cuanto tiene que ver la estupidez en el curso de las cosas. O, al menos, es la explicación de la estupidez una que hoy podemos aceptar.
Es claro como cada uno de estos géneros en la hibridación con los otros genera aportes que enriquecen el qué se narra tanto el cómo se lo hace. Y más allá de la verosimilitud alcanzada con los personajes, la trama, los registros y las historias el cómo se cuenta termina siendo decisivo al ver que el protagonista de esta novela es un particular narrador en tercera persona omnisciente que pone a prueba, y a veces hasta vulnera, los cálculos que sostienen cualquier ficción en eso que hoy llamamos literatura.
Hay cosas que ese narrador no sabe del futuro y entonces aconseja a los personajes. En otras oportunidades, evalúa las consecuencias de los actos de los personajes. Y siempre nos habla de la actualidad, de nuestra cotidianeidad de lectores que nos afligimos porque la justicia no funciona, porque los pobres viven en las villas, porque entre los pobres hay delincuencia, por qué los petisos la tienen grande y una gran enumeración de obviedades que construyen el sentido común de la estupidez. Estupidez de la que no queda exento el narrador cuando dice “dio un giro inesperado de 360°”.
Y en este marco este narrador verá, y nos tendrá que contar, que los “hechos” son productos de la chambonada como medida rectora y la chantada como modo previsible. En esas coordenadas veremos desenvolverse a Goya, un detective propio de la novela negra, un cínico al que recurren los ricos y, también, los pobres por temas particulares vinculados con negocios y poder, empresas y gobiernos.
Decir Goya no es el personaje sino también la posición del artista frente al poder de los Borbones y, por analogía, la posición social de la novela negra -en tanto género literario- frente a la dinámica social, a veces dialéctica, a veces farsesca. Hay en este personaje Goya altruismo sin abandonar el rasgo que debe tener cualquier detective de la novela policial, el cinismo: “Todo tenía más o menos el mismo valor” o “nada de demasiado valor, se llevaron cincuenta pesos”, “una bata barata de treinta pesos”, un detective que soborna con cien pesos y hace regalos de diez pesos. Pero Goya no es el protagonista de Los hijos de Saturno, el protagonista es el narrador.
El desarrollo de una historia en y por un género codifica los acontecimientos narrados y sólo deja al lector la posibilidad de lectura “estética” y bloquea la posibilidad de la lectura política. Precisamente el género policial tiene en sus orígenes como característica la reflexión sobre la política. Y para no caer en la farsa de la repetición de aquello que surgió en medio de una trágica crisis, Chiabrando trastoca el orden del relato y la ficción recobra la posibilidad de la referencialidad. Como decía Roland Barthes, “el problema es la fuerza de la evidencia que no permite profundizar”. Así, el policial chandleriano queda saldado con el humor; los otros géneros van teniendo su momento de imbricación y pronto se advierte que el artefacto novela funciona en orden a partir de la relación tensa entre el narrador y el personaje. Goya abandona la historia individual, la suya, por la historia general. Y el narrador lo acompaña cuadro a cuadro en la reconstrucción de la verdad. En la imposibilidad de imaginarla, en la necesidad de la certeza, de ver lo que necesariamente ha sido. Lo que entra en conflicto es lo real, lo que ha sido, con la verdad, lo que es. Sin embargo, hay algo perturbador: la actualidad. ¿Quiénes son esos socios que acuden al multitudinario velorio y hablan acerca de plata que no les pertenece y dicen que no devolverán a la Señora Viuda? ¿Quiénes son esos mellizos adoptados por la Señora, que todavía no es Viuda, y que se sabrá fueron robados?
Estas inquisiciones nos colocan en la confluencia de la ficción, el testimonio, la investigación. Y, en tanto ficción, sus materiales no son objetos imaginarios, absolutos, escindidos del mundo; como episodios de la historia argentina reciente no son copia de lo real, no estamos frente a la evidencia de los vestigios de lo que fue sino ante la opaca certeza de lo que no para de volver y se quiere saber de qué se trata porque, en definitiva, en la estupidez no hay nada bueno.
Pero, además, Los hijos de Saturno no deja de ser una novela negra con indicios que no mienten, con participación del hampa y sus leyes, con la pregunta sobre los límites de lo moral (que no es judiciable) y sobre todo con escollos para Goya que tendrá sus avatares: el cazador puso todas las trampas pero sabe que puede ser el próximo cazador cazado. Es probable que escape a las trampas del poder y las instituciones. Es probable que su inteligencia también le permita vencer a sus enemigos de segunda línea. También es probable que salga indemne de las trampas del ingenio popular y las estrategias de la supervivencia. Pero habrá que ver si puede con el enemigo íntimo, con el amor. (Continuará).

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