11 de septiembre de 2017
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Fernando Samalea: el rock en dos ruedas

El baterista de Gustavo Cerati y Charly García, además de escritor, estará en la ciudad de Mar del Plata, en su ciclo de charlas informales, el Viernes 22 de Septiembre en el Club TRI.

por Ignacio Lucarno

Desde lo más alto a lo under. Luego de shows en grandes estadios y tocando junto a los músicos más cotizados, Fernando Samalea emprende su nueva aventura. Acompañado por la cantante y compositora Marina Fages, recorrerán gran parte del país, además de Chile y Bolivia. Lo harán en moto. En diálogo con LA CAPITAL, contó detalles de esto, sus ideas, su pasado y lo que vendrá.

– ¿Cuál fue tu primer contacto con la música?

– Hubo varios indicios a mis tres o cuatro años, siempre fantasiosos. Por ejemplo lo sensorial extremo, al escuchar el ritmo hipnótico de lavarropas o relojes, la emoción al pulsar teclas en un piano y descubrir cada sonido, o las canciones escuchadas al azar, que daban un estado misterioso de embriaguez. Luego, ya desde el Winco de mis padres, conocí los nocturnos de Chopin, a Piazzolla, Sinatra o el antiguo jazz de Benny Goodman y Glenn Miller.
Pero en verdad fueron los bateristas de circos quienes me instaron a percutir con lápices y tenedores tratando de imitarlos. Luego, me regalaron ¨Drum Battle¨ de Gene Krupa y Louis Bellson y el sentido rítmico hizo mella, asumiéndome como prematuro beatboxer al hacer ritmos con aire, soplidos o chasquidos y suaves choques de dientes.

Apenas cumplí seis años, estando con mis viejos en un restaurante de Mar del Plata, pude escuchar y ver una batería en acción por primera vez, y hasta le pedí al baterista que me deje tocar. Me senté con las piernas abiertas apretando el redoblante para no caerme, ya que la banqueta era altísima, y con esos platillos y tambores a centímetros, percibiendo el olor de sus materiales, el embrujo se consumó.

– Tocaste con Charly García, Andrés Calamaro y Gustavo Cerati. ¿Qué rescatás de cada uno?

– Algo muy parecido a lo que rescata el público que escucha sus canciones. Los suyos son casos muy particulares, que están en el inconsciente popular. Andrés fue el primero que confió en mí, ofreciéndome grabar en su segundo disco “Vida cruel” de 1985. Me sentí como un futbolista saliendo desde el túnel a un estadio enorme, en fila india, tocando el césped y corriendo hacia el círculo central con los brazos levantados. Sus canciones me gustaban mucho, así como su paso anterior por Los Abuelos de la Nada, y fue una grata sorpresa que jamás olvidaré.

Luego pude conocer y tocar con Charly, a quien había escuchado desde mis trece años en La Máquina de Hacer pájaros. Diría que crecí con Serú Girán y esas presentaciones de “Yendo de la cama al living”, “Clics Modernos” y “Piano Bar”, con puestas antológicas de Renata Schussheim. Yo, más que formar parte de un grupo exitoso, en mi fantasía buscaba ser parte de una de sus bandas solistas, o sea que el poder del deseo puso lo suyo. Así fui siendo testigo de sus mutaciones.

García cambió los elegantes sacos blancos por el concepto Say No More, donde primaba la desprolijidad. Su altivez me fascina, y a él le queda muy bien: sabe mostrar sus creaciones como quien da vuelta un naipe y es una carta valiosa. ¡Siempre parece estar revelando una verdad universal! Como buen demonio de alta alcurnia, tiene algo de Conde Drácula, no exento de ternura. Al hablar, intercala onomatopeyas, movimientos de manos, levantamientos de cejas y expresiones dignas de un tablado teatral. En su órbita irresistible, sucede algo importantísimo de forma constante.

Y Gustavo fue el gran hacedor de espectáculos de rock de nuestro país, al tope en tecnología y con el imán de sus canciones, de un lenguaje carismático que lo elevó al estado mitológico. Habíamos compartido Fricción en los ochenta, antes de la fama de Soda Stereo, y luego lo reencontré musicalmente en 2005, tras regresar a Buenos Aires de mis años europeos. A través de un giro mágico del destino, pasé cinco años defendiendo sus discos “Ahi Vamos” y “Fuerza natural” por el mundo.

– De los grandes escenarios a una propuesta por llamarla de alguna manera Under. Recorrer el país en motocicleta. ¿Nunca abandonaste ese espíritu?

– Soy todo terreno, obvio. Me gusta disfrutar e inventar proyectos, sea cual sea la infraestructura al alcance, yendo de buenos escenarios, estudios y hoteles a lo que pueda conseguirse. Y la emoción de conducir una motocicleta es algo único: la naturaleza parece venirse encima con sus olores, faunas, vegetaciones, insectos, pájaros, vacas, caballos y atardeceres de póster. Kilómetro a kilómetro, aprendí a respetar distancias o circunstancias meteorológica, en plan zen.

Hace muy poco, con Marina Fages vivimos una experiencia musical súper linda sobre dos ruedas. Ella es una guerrera élfica que se la re banca, con su imaginario de canciones tan originales. Además es artista plástica y sabe disfrutar con audacia del encanto de las aventuras. Así realizamos el “Mototour”: más de 11 mil kilómetros cruzando Argentina, Bolivia, Perú y Chile, por quebradas, selvas, desiertos y altiplanos, para dar 25 conciertos a dúo en dos formatos específicos: guitarra eléctrica y batería, y bandoneón y clarinete. Marina suele presentarse en Mar del Plata con su banda local Los Arpones, que integran unos músicos buenísimos -Rama Martínez, Chac de Lassaletta y Antonio Savasta Alsina-, gente muy graciosa y agradable. Pude conocer movidas geniales en la Feliz.
Durante septiembre y octubre estaré recorriendo algunas ciudades del país con estas “charlas informales”. No se trata de conferencias de micrófono y escritorio ni mucho menos, sino simples encuentros para conversar “a lo criollo” con todos los chicos y chicas que quieran acercarse.

– Tu segundo libro ya está en las calles. ¿De qué se trata?

– Es la continuación de “Que es un Long Play”, retomando mis andanzas desde 1997. En el caso, este segundo volumen llega hasta 2010 a modo de versión novelada de un período adrenalínico, donde además de grabar discos de bandoneón viví infinidad de historias junto a Gustavo, Charly, Calamaro, Joaquín Sabina, A-Tirador Láser, Caetano Veloso, Fabi, Melingo, Calle 13, Kabusacki y unos cuantos más. En sus 570 páginas, intenté reproducir todo al detalle, rescatando nuestra forma de hablar, los estilos predominantes y el “contexto histórico” de cada época, con dosis de humor cuando lo amerita.

– ¿A qué se debe el título?

– Es una frase que surge en una parte del relato, mientras Charly participa en mi cuarto disco instrumental. Pero preferiría que se descubra a través de la lectura y no explicarlo a las corridas, para que se entienda mejor.

– ¿Cuándo estarás por Mar del Plata y que recuerdes tenés de ella?

– Estaré el 22 de septiembre en el Club TRI, un espacio de cultura independiente que me encanta. Me entusiasma un montón volver a Mardel, que es una ciudad adorada y que visito cada vez que se da la oportunidad. Proust decía que “la patria es la infancia” y sin duda tenía razón. Si bien no nací allí, estuve cada verano de la niñez junto a mis padres. Mar del Plata siempre ha dado grandes músicos y artistas, como por ejemplo la artista sonora Mene Savasta, una genia total. A mis doce años, allí vi al Octeto Electrónico de Astor Piazzolla, en el desaparecido Teatro La Botonera, y fue un antes y un después.

Hay una mística en su aire de sal que me guardaré hasta que las velas no ardan.

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