9 de julio de 2017
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Juegue

Por Vito Amalfitano

A las 21.08 de aquel 22 de diciembre de 1976 el hombre se llevó el silbato a la boca y dijo “Juegue”. Años después dirigiría nada menos que en un Mundial, en 1982. Pero nada sería tan significante como aquello que empezaba ante su llamado imperativo a lo lúdico, pero que paradójicamente ponía demasiado “en juego” en la historia.

A las 21.08 de aquel 22 de diciembre de 1976 el árbitro Arturo Andrés Ithurralde dio comienzo a La Final. El partido más importante de la historia. La única final mano a mano entre Boca y River, River y Boca. El Superclásico del fútbol argentino. El cotejo decisivo del Nacional del 76, ante 90.000 espectadores, en la cancha de Racing.

Como recuerda Diego Estévez en su libro, “La Final, el Superclásico más decisivo en tiempo de tinieblas”, Arturo se levantó a las siete y media de la mañana de aquel día. A las 10.30 ya cumplía sus tareas habituales en el sector Descuentos del Banco Nación. Pero se lo veía rodeado por sus compañeros de trabajo que ya lo abrumaban con preguntas sobre el Superclásico que iba a dirigir por la noche. El gerente no sabía nada de fútbol y preguntó que pasaba en el escritorio de Ithurralde. Cuando le explicaron no lo dudó y dio la orden: “Que Ithurralde se vaya a su casa, ponga música y descanse. Y mañana tampoco lo quiero ver, mándenlo al archivo, prefiero tener a una sola persona sin hacer nada que a todo el banco sin trabajar”.

El gerente tenía razón. Al otro día todo el país hablaba de Ithurralde. Y de ese tiro libre famoso en el que también, sin expresarlo en ese momento, también dio la orden de “jugar”. Le alcanzó con levantar los brazos. Ya lo había dicho todo en el vestuario, cuando juntó a los capitanes, Roberto Perfumo y Rubén José Suñé. Paradojicamente, el Mariscal, el de River, le pidió al árbitro si se podía “jugar rápido”, sin tantas interrupciones prolongadas tras las faltas. Ithurralde le contestó que no tenía ningún problema y que, al contrario, su filosofía era esa, la de un juego fluído.

Años después Ithurralde me contaría y le contaría a nuestros alumnos, cuando compartíamos cátedra en DeporTEA junto a Juan Carlos Morales, que ahí mismo él le agregó a Perfumo que en los tiros libres se podía ejecutar justamente rápido, sin necesidad de orden suya o armado de barrera, por una nueva disposición de FIFA para agilizar el juego.

Lo cierto es que Suñé, con viveza y precisión, tuvo el tiro libre de su vida y lo hizo rápido, con la barrera en formación y el arquero Fillol caminando. Perfumo había pedido eso, pero pudo haber un error de comunicación con sus compañeros.

Boca campeón, en la única final de la historia ante River. Con Ithurralde de protagonista. Muchos años después, y antes de irse al Mundial, dirigió otro Superclásico polémico, por la mañana en la Bombonera, en el que River derrotó al Boca de Maradona por 3 a 2. Algunos de sus fallos perjudicaron claramente a Boca. Ahí nació el “Ithurralde, la cosa está que arde… (con otros epítetos).

Verborrágico, en cada charla que manteníamos en DeporTEA y lo “corríamos” con esos partidos, Ithurralde respondía con orgullo: “Me putearon los dos, (unos en el 76, otros en el 81), eso significa que hice las cosas bien y con honestidad”.

Nunca escuché a nadie explicar el reglamento con tanta claridad y tanta pasión. Tenía la delicadeza de entregarme, durante varios años, un ejemplar de cada nueva versión del nuevo reglamento de la FIFA. O de dejármelo en DeporTEA. Lo mismo hacía con Juan Carlos y otros profes. Pidió el pase en el banco y Mar del Plata fue su lugar en el mundo tras haber sido un ícono del arbitraje argentino. Aquí decidió vivir y morir. Y siempre jugar, aunque no tocara la pelota.

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