8 de mayo de 2017
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La calle

por Lautaro Conti

“¿Pero vos qué hiciste nena?” – una señora con los labios pintados de rojo le hablaba desde la vereda. Era una señora coqueta, como diría mi abuela, de esas bien arregladas. La chica arrodillada sobre el asfalto intentaba pararse, pero no podía, tambaleaba. Levantó la cabeza aún cuando no podía levantar las manos, la miró a la mujer e intentó responder, pero de su boca sólo salió sangre.
“Le dije que no” – esta vez las palabras sí salieron.
Yo no entendía muy bien qué estaba pasando, pero la situación era incómoda. Me daba cuenta en la mano de mi papá que me apretaba con fuerza y traspiraba, casi me dolía, pero cuando miré para arriba para decírselo él no estaba, o eso parecía. Además no veía, miraba entre rodilla y rodilla, pero no alcanzaba.
Siempre pregunto todo. Mis papás a veces me responden cualquier cosa y después se contradicen; piensan que no me doy cuenta. Pero esta vez no quería preguntar.
La chica se parecía a mi seño Laurita, pero estoy seguro de que no era porque ella siempre está sonriendo. Era raro ver a esa chica ahí, con el pelo todo revuelto, tapándole la cara, en la calle, mientras la gente miraba. Sentía algo más que incomodidad, era más parecido a eso que sentís cuando te llevan a esas reuniones familiares en las cuales no conocés a nadie y todos te conocen.
La gente cuchicheaba entre sí pero no llegaba a escuchar lo que decían. Quería entender, pero no podía. Otros, apurados o hablando por celular, detenían su conversación por un instante, miraban, seguían caminando y volvían a conversar.
En la vereda de enfrente otras personas estaban discutiendo. No veía muy bien por el sol. Hacía mucho calor: “¡Pará flaco calmate! ¡No le podés pegar así! ¡Es una mujer!” – Dos hombres intentaban frenar a otro mucho más grandote, guardando cierta distancia. Este otro iba y venía en la sombra, y le gritaba a la chica de la calle: “A vos te tengo junada. Ya te voy a agarrar.” – Se movía cada vez con más fuerza, mientras los otros dos retrocedían hasta casi caerse del cordón.
De no sé donde apareció Juli corriendo, la vecina del quinto “A” que habla hasta por los codos, siempre de pollera larga, vos finita y bici con canasto. La requiero porque me regala dibujos de lo que yo le pida, para que los pegue en la pared de mi cuarto. Juli pasó como un rayo por delante de los dos hombrecitos empujando e insultando al grandote. Ante ella retrocedió y se silenció por un momento. Pero no fue suficiente. La chica se había levantado, y parece que eso le molestó demasiado.
El tipo grandote avanzó hacia la calle, la agarró de los pelos por detrás y se le acercó mucho.
Ella le gritaba que la soltara. A él se le veían los dientes: los colmillos mordían la parte inferior de su labio, los ojos se le salían y la otra mano le agarraba la panza. – “Estás segura que no querés puta de mierda” – le dijo entre risas.
“Vamos campeón, no pasa nada” – mi papá tiró de mí y nos fuimos a otra panadería. Me decía así muy pocas veces, sólo cuando pasaban cosas malas, de hecho se había copiado del apodo.
De fondo se escuchaba la sirena de la policía. Me había olvidado que existía.
Al otro día el clima en la escuela era frío. Mis papás habían estado hablando a la noche, yo me hacía el dormido: decidieron que fuera a la escuela. La directora salió a cruzar a mi papá, lo cual no era extraño porque, confieso, solía mandarme mis macanas. Como era costumbre, ellos fueron a la oficina y yo fui a mirar la pecera, esquivando a los padres y seños que allí se encontraban. La rutina concluía con Laurita apareciendo, con su pelo largo, pecas y sonrisa de oreja a oreja, guiñándome un ojo, haciéndome entender que ella se ocupaba del tema, convenciéndolo al final con un contundente: “No te enojes papá, los campeones son así”. Pero esta vez eran los peces los que me miraban, el calor me envolvía y los comentarios me sofocaban. Laurita no aparecía y mi papá lo sabía.

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