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Policiales 16 de agosto de 2017

La historia detrás de brutal crimen del preceptor Ricardo Gómez

Ricardo Gómez fue asesinado de 45 puñaladas dentro de su departamento por Luciano Almaraz, un joven 30 años menor. El fiscal de la causa pidió la elevación a juicio. El caso podría acabar con una cadena perpetua o un sobreseimiento.

Por Fernando del Rio

Sobre la mesa de autopsia, el cuerpo del preceptor Ricardo Gómez yacía desnudo y desfigurado a puñaladas, igual a como lo había encontrado la policía horas antes al entrar al departamento de la calle Corrientes. Los forenses contaron y llegaron al número final de 45 lesiones, la mayoría de ellas en la cabeza. Pese la confusión de la carne también se pudieron advertir golpes en el ojo, en la boca, en la frente. No quedaron dudas de la saña con la que había actuado el asesino y tampoco de los intentos de Gómez por defenderse: tenía cortes en sus manos y en sus antebrazos.

Gómez contaba 50 años, trabajaba como preceptor de la Escuela Especial N°504 para ciegos y disminuidos visuales y era abiertamente homosexual con tendencia a no sostener relaciones estables. Esta condición de su sexualidad no sería gravitante en otras circunstancias pero sí en el marco de la investigación de su crimen. A la hora de la autopsia, se conocían ya las imágenes captadas por las cámaras de seguridad del edificio que mostraban a Gómez la noche del 12 de abril entrando en compañía de un hombre joven y ese mismo hombre joven, durante la madrugada, aparecía saliendo, apurado, con su rostro cubierto. Identificar a esa persona era dar con su asesino. Reconocer ese encuentro como algo ocasional, de momento, de una noche, era comprender el motivo de tanta violencia.

Ese joven se entregó a la policía y se llama Luciano Almaraz (20). Ahora, detenido en la cárcel de Batán, espera que la Justicia eleve a juicio la causa en la que ya admitió el brutal homicidio. Ante el fiscal Alejandro Pellegrinelli, el mismo que pidió que lo juzguen lo antes posible por no existir prueba pendiente por agregar, contó una historia. La historia que lo llevó a introducirse en el departamento “B” del 9° piso de Corrientes al 2200. “Me puse el moño. Me metí en un lugar a donde no tenía que ir sin conocer a la persona”, dijo.

Almaraz, el acusado.

Almaraz, el acusado.

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Ya es 13 de abril. Ya es jueves. Carlos, el encargado, se despierta cuando suena el teléfono y escucha la voz de un propietario del séptimo piso que se queja. “En algún lugar del edificio se están matando Carlos, por qué no se fija”, le dice entre otras palabras. Son las 4 de la madrugada y Carlos sale al hall. Ve la puerta abierta del ascensor y encuentra una camisa negra. La guarda en una bolsa de nailon antes de hacer una recorrida. Al no escuchar los ruidos que el denunciante le había referido, vuelve a su cama.

Como todas las mañanas, Carlos inicia sus tareas de encargado. Nada nuevo hasta que a las 10 una vecina del 9° piso le avisa que en el piso del pasillo había manchas de sangre. Sube y verifica que hay muchas manchas que forman un reguero continuo entre el ascensor y la puerta en cuyo centro se lee la letra “B”. El departamento del preceptor Gómez. No quiere pensar demasiado, seguramente, y hace lo correcto. Con su teléfono llama al 911 y pide urgente la presencia de la policía.

Personal de la comisaría segunda es el que llega y, según actas escritas un poco más tarde, comprueba, al abrir la puerta, que está frente a una escena de violencia desmedida.

En el piso de la cocina, el cuerpo de un hombre desnudo y desfigurado por las puñaladas. “Acá tienen, es él”, les dice Carlos a los policías mientras le entrega el DNI vencido que Ricardo Héctor Mario Gómez, argentino, instruido, nacido el 4 de marzo de 1966 en Lobería, le daba para que pudiera recibir correspondencia.

Cuando es fiscal Pellegrinelli llega a la escena del crimen observa que en el ingreso hay cámaras de seguridad. “Tiene la grabación de esas dos cámaras”, pregunta. “Sí, por supuesto, se pueden conseguir” responde Carlos.

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La cámara los captó con claridad. El preceptor Gómez abrió la puerta principal del edificio Bariloche con la mano izquierda e hizo lugar para que pasara su acompañante. Entonces, la cerró con la mano izquierda. Eran las 21.28 de la noche anterior a que su cuerpo apareciera en medio de un charco de sangre en la cocina de su departamento ubicado 9 pisos arriba. Al pasar por debajo de la cámara ambos mostraron sus caras sonrientes. Luego desaparecieron para entrar en el ascensor.

El mismo joven salió de ese ascensor varias horas después, cerca de las 4 de la madrugada, y fue otra cámara la que lo registró. Iba solo, la capucha de su buzo cubría su cabeza y una campera oscura, con la que no había entrado antes, lo abrigaba.

Para los investigadores esas imágenes eran la prueba irrefutable de que a Gómez lo había matado el mismo joven al que había llevado a su departamento. Sin embargo, era solo una imagen pixelada de una persona cuya identidad resultaba un misterio.

Al mismo tiempo que se ofrecía el video a los medios de comunicación para intentar que alguien reconociera al asesino, los resultados de la ciencia forense eran impactantes. Gómez había recibido 45 puñaladas distribuidas de esta manera: 11 en el rostro, 4 en zona de orejas, 17 en cráneo, 1 en la nuca, 1 en el cuello sector derecho, 3 en el brazo izquierdo, 1 en la pierna izquierda, 4 en el abdomen y 3 en la espalda. Ese joven, apurado, encapuchado, había cometido uno de los crímenes más violentos y la tipicidad se orientaba hacia un ataque con sesgo sexual. Ningún ladronzuelo reacciona así para conseguir un botín por más valioso que fuese.

La búsqueda no arrojó resultados inmediatos pero en una casa de las afueras de Mar del Plata un padre desesperado estaba viendo televisión cuando identificó que un asesino prófugo era su hijo. De inmediato salió hacia la parte delantera del domicilio, donde vive un hermano policía, y le contó que su hijo Luciano era el que buscaban. Y que la madre, de la que estaba separado, le había asegurado que se iba a entregar el lunes. Casi cuatro días más tarde. El tío de Luciano Almaraz, tras verificar en internet que se trataba de su sobrino, convenció a toda la familia que la mejor era entregarlo lo antes posible.

Sin imaginar que esto sucedía en la noche del jueves, el fiscal Pellegrinelli, continuaba con sus tareas para intentar identificar al hombre del video.

Cuando el jueves ya se acababa, el tío policía y el padre de Luciano Almaraz, junto a otro hermano y al subcomisario Fernando López, fueron a buscarlo hasta una casa ubicado en Armenia al 700. El joven del video se asomó. Tenía una mano vendada y un cabestrillo en el brazo derecho. Apenas vio a su padre rompió en lágrimas. El llanto se mantuvo, con algunas interrupciones, en el trayecto hasta la Jefatura Departamental de Policía, donde finalmente se entregó. El médico constató que tenía heridas cortantes en palma y dedo meñique, mayor y anular de la mano derecha.

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Su leve retraso madurativo –que redunda en una inteligencia deficitaria según los especialistas-, su dependencia de las drogas y los medicamentos no impiden a Luciano Almaraz dar su versión de los hechos. Cuenta ante el fiscal su historia, la que lo colocó dentro del departamento de Gómez:  En la tarde del miércoles Almaraz, que vive junto a su novia y trabaja en el Parque Industrial, tiene una pelea. Discute con su pareja y decide irse a la costa para despejarse. Se toma el colectivo de la línea 593 hasta el Casino Central, donde se baja. Camina por la Rambla en medio de una noche fresca y es el mismo frío o las ganas de reflexionar la que lo tientan a fumarse un cigarrillo.

Apoyado en uno de los paredones lo enciende y le da unas pitadas. En ese momento ve acercarse a un hombre pelado, al que parece conocer del bingo de la avenida Independencia. Almaraz solía ir a apostar allí. Alguna vez, asegura, ese mismo hombre hizo lo que ahora hace: le pide fuego. Ese hombre es el preceptor Gómez. La charla en el lugar es sobre cosas insustanciales, la noche, el frío… hasta que Gómez le ofrece fumar un cigarrillo de marihuana que tenía en su departamento. “Me puse el moño” diría al fiscal.

Almaraz acepta porque quería drogarse para olvidar la pelea con su novia. Ambos caminan por plaza Colón, llegan a calle Corrientes y de allí hasta el edificio Bariloche. Al entrar charlan de manera distendida y se ríen. Suben al ascensor y una vez dentro del departamento “B” Gómez le propone comer. Una prepizza entra al horno y sale después de algunos minutos. Gómez y Almaraz la comen, toman dos botellas de cerveza y charlan. Fuman el porro prometido y siguen charlando.

Almaraz ve levantarse a Gómez, quien le dice que se va a bañar. Que lo espere. Pasan algunos minutos hasta que el preceptor, el dueño de casa, sale del baño.

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El fiscal analizó la versión de Almaraz y sumó algunas dudas, en particular las relacionadas con el paso del tiempo. Algo diferente a lo narrado por Almaraz debe haber pasado hasta el momento del ataque. A menos que la charla y la sobremesa se hayan prolongado excesivamente, no es posible que de la cena a la ducha de Gómez hayan transcurrido casi seis horas. Porque dijo Almaraz que solo eso había pasado. Que no habían tenido relaciones sexuales y que por eso mismo se había desencadenado la tragedia.

Almaraz contó que cuando Gómez salió del baño lo hizo desnudo. Que fue hasta la cocina, tomó un cuchillo y lo amenazó. Le dijo que iban a tener relaciones sexuales pero él se negó. Incluso le pidió que abriera la puerta, la que Gómez había cerrado con la llave que guardó en el pantalón, porque si no lo iba a “cagar a palos”.

En su versión exculpatoria Almaraz contó que Gómez le empezó a tirar puntazos y que los frenó con la mano derecha. Eso le provocó cortes. “Lo único que recuerdo después que logré sacarle el cuchillo y no sé cuántas puñaladas le di”, declaró frente al fiscal.

Dijo también Almaraz que Gómez se quiso defender con un paraguas y que él siguió atacándolo. Que luego tomó la llave del pantalón, agarró una camisa y se fue. Que la campera que llevaba puesta no recuerda de dónde la había tomado. Y que en toda la charla, desde que se inició en la Rambla hasta que terminó con la salida de Gómez de la ducha, no había advertido que se trataba de un hombre homosexual.

Los peritos psiquiátricos y psicológicos confirmaron el retraso madurativo y un posible trastorno anormal de la personalidad en Almaraz. Recomendaron tratamiento y suministro de medicamentos para reducir reacciones impulsivas. Concluyeron en que tuvo capacidad para delinquir aunque reconocen que puede “reaccionar ante estímulos vivenciados como agresivos en forma desmedida y marcada labilidad, desplegando una redundante agresividad hacia la víctima infringiéndole más de 40 puñaladas en todo el cuerpo”.

El fiscal Pellegrinelli ya pidió a la Justicia de Garantías que el caso sea llevado a juicio y que se lo juzgue a Almaraz por homicidio agravado por alevosía. Esto significa una expectativa de pena de prisión perpetua. La defensa analiza en estos días esta solicitud del fiscal y no se descarta que se avance sobre la inimputabilidad por enajenación o trastorno mental transitorio.