14 de febrero de 2018
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Las mil historias de José Larralde

El Pampa presentó su guitarreada Cosas nomás, que incluyó pocas canciones y unas cuantas opiniones bravas. Un cronista rural que no se calla nada, ni siquiera sus intimidades. El que quiera oír que oiga.

por Agustín Marangoni

Aplauso cerrado y el público de pie. José Larralde, guitarra en mano, camina sobre el escenario. Las luces de la sala están encendidas a pedido de él, porque quiere ver a la gente que va a escuchar su canto. Hay paisanos con boinas, mujeres con vestidos largos y banderas de argentina, hay muchachos con remeras de V8, Almafuerte, Riff, Horcas y Hermética. Lo de siempre en los conciertos del Pampa. Que él dice que no son conciertos sino guitarreadas y que no quiere aburrir, pero que está dispuesto a desarrollar la historia de cada tema que tiene en su repertorio.

Y así comienza: con historias y opiniones de política. La primera que soltó le apuntó a los despidos del gobierno de Macri. “Están desesperados porque vengan inversiones para que haya trabajo, pero mientras acá le sacan el trabajo a los que ya están trabajando. Y no se andan fijando nada, echan a la gente al voleo”, dice entremedio de un relato sobre su padre y el campo.

La primera canción se escucha a la hora y seis minutos de haber comenzado a hablar. Suena Un día me fui del pago. Se lo nota de buen humor. Hace chistes y le baja una serie de guiños al público que ya comienza a moverse en las butacas en busca de una posición más cómoda. “Yo hablo y ustedes me dicen si están aburridos. Me gusta que sepan por qué canto lo que canto”, dice. El Pampa habla largo. Pero esta vez parece dispuesto a darle hasta más largo que lo habitual.

“La democracia no existe ni existió nunca. No es el gobierno del pueblo, es el gobierno de los esclavos. Pasan los siglos y se sigue hablando de la democracia con una desfachatez total. El anarquismo tampoco existió nunca. Para ser anarquista de verdad hay que ser un semidiós. Y el comunismo menos que menos existió. Ahí son todos iguales, sí. Los que están abajo nunca suben y los que están arriba nunca bajan”, vuelve a sacudir ante el aplauso del público. Y sigue hablando. Pasan dos horas y quince minutos desde que está en el escenario y suena la segunda: De hablarle a la soledad. Comienzan los primeros a pararse y a retirarse de la sala. Una mujer, por ejemplo, se queja desde el fondo que pagó la entrada para escucharlo cantar. El reclamo se pierde en una ola de chistidos.

Así avanzan las historias y las críticas a todo: que el Pago Fácil no tiene una mierda de fácil, que el supermercado Carrefour es una cagada, que se pagan demasiados impuestos, que los jóvenes pagan más caros los pantalones rotos, que estamos dominados por la tecnología y que él ya está viejo para salir a romper todo, que si no saldría. Hasta se enojó con un silbido que escuchó entre los presentes y dio su número de documento para invitar al que silbó a que no sea alcahuete. Suena la tercera canción. Van dos horas y media de guitarreada.

“Los argentinos tenemos la cabeza para que el cuello no termine en punta. Nos dicen lo que tenemos que pensar y eso es muy jodido”, dice en relación a cómo se repiten los discursos de los medios de comunicación. Ya son distintas las voces que piden más canciones. Pero el Pampa dice que va a seguir de charla y explica otra vez por qué explica cada canción. Van tres horas, hace dos temas de corrido. Apenas sonaron cinco. La gente sigue levantándose y yéndose. Es fuerte decirlo, pero Larralde se excede. Por respeto, el exilio es en silencio, pero hay gente mayor, desilusionada, anuncia en la puerta de la sala que va a ir a quejarse a la boletería.

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Larralde es un caso extraño. Es de los pocos en el mercado musical que todavía está consolidado como un artista de catálogo. Esto significa que vende todo lo que edita. El sentir de José Larralde, disco clásico que incluye su Herencia pa´un hijo gaucho, vendió casi 300 mil copias la semana de su lanzamiento, a mediados de 1968. Desde entonces agota cada edición. Y así con todos sus álbumes, desde hace cincuenta años. Un fenómeno que sólo se puede comparar con los redondos, con Los Beatles y con casi nadie más. Lo increíble es que el Pampa se ganó ese lugar a pura milonga campera: canto, guitarra y unas cuantas cosas para decir. Desde su pueblo Huanguelén quebró todas las fronteras y hasta pisó el mercado internacional. Además de vender en toda Latinoamérica, musicalizó una escena mítica de Breaking Bad con el loncomeo Quimey Neuquen. Walter White entierra tanques con dólares en el desierto mexicano mientras se escucha la voz pétrea del Pampa: Sol de los arenales / Regada en sangre el bravo ceihuanquei / Grito que está volviendo…   

Sus conciertos son un encuentro de generaciones. El público de más edad lo sigue por afinidad de época. Los jóvenes lo descubrieron a través del heavy metal, Ricardo Iorio fue la  bandera principal en ese enlace. Lo llamativo es la vigencia y la convocatoria, porque el Pampa es un músico marginal de todo circuito: esquiva a la prensa, su vida social es de perfil bajo, hace veinte años que no edita un disco porque, según dice, no quiere regalárselo a las empresas grabadoras ni a la internet y sus conciertos son en teatros y clubes, siempre solo. No accede a presentarse en festivales y nunca cantó bajo marcas ni pautas oficiales. “No hago concesiones, vivo como se me antoja, respetando lo que es vivir en sociedad pero vivo una vida totalmente ajena a lo que es el ambiente artístico porque no creo en el ambiente artístico ni creo en el artista”, suele explicar.

La poesía de Larralde tiene mucho de consejo de Viejo Viscacha y otro mucho de paisaje campero. El tipo, a sus ochenta años, todavía canta extraordinario y dice mejor. En sus versos hay angustias, soledades y trazos gruesos de las miserias humanas, tamizadas por la mirada artista de un hombre que se considera un escribidor. Ni siquiera un músico o un poeta. Sus historias son crónicas rurales que llevan medio siglo sin perder su espejo.

Tres horas y media. El Pampa sigue hablando. Cuenta la historia de su primer calzoncillo. Dice que lo tuvo cuando cumplió quince años. Alguien fue a la letrina y como no había papel se limpió con el calzoncillo y lo dejó ahí tirado. Lo encontró su madre. Lo lavó con lavandina y se lo regaló a su hijo José. “No me da vergüenza contar estas cosas. Hay gente que hoy se queja demasiado y quiero que sepan que antes se vivía muy fiero”, dice. Acto seguido, cuenta con lujo de detalles cómo se sobaba el papel de diario para limpiarse el culo en los baños del campo.

El pampa sabe llevar adelante un espectáculo, de eso no cabe duda, pero en esta ocasión pierde el registro. Sus monólogos se hacen demasiado extensos: van cuatro horas y sonaron seis canciones. También es cierto que Larralde es un narrador que supo mantenerse a otra velocidad. Es el valor del relato, de soltar un punto de vista con pretensión universal y llegar profundo. Aunque cada tanto los versos suenen anacrónicos y hasta excedidos en la lectura política, las canciones de Larralde son un patrimonio cultural único de estas tierras. Sin embargo, esta noche parece demasiado. Suenan tres canciones más. Ya son cinco horas de guitarreada. Sobre el final suena la número diez y se despide ante una ovación. La sala inició repleta. Finaliza con un veinticinco por ciento de gente menos. Y a él no le importa. Nunca cambió el tono ni mezquinó detalles de sus historias. Larralde es un cantor orillero, que vive en la orilla de todo. Incluso de su propio éxito.

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