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Opinión 15 de noviembre de 2016

Menos Internet, más vida real

El Doctor en Filosofía Enric Puig Punyet investiga el caso de los exconectados, jóvenes que deciden dejar de usar la web. Un posicionamiento político. También una búsqueda de libertad, tiempo libre y un reencuentro con la realidad.

por Agustín Marangoni

El cuarenta por ciento. Ese es el número duro y real de la cantidad de tiempo promedio que los usuarios desperdician en internet. Por cada hora de conexión, veinticuatro minutos se usan en nada. Bueno sí, en divagar, mirar cosas que no nos interesan, revisar información personal de gente que ni siquiera conocemos, compartir nuestra intimidad, volver a leer mensajes que ya leímos y más éxitos intrascendentes. El motivo principal: las redes sociales. Hace diez años que se instalaron en la sociedad y generaron una dependencia que impacta de lleno en las actividades del mundo real, tangible.

El número se desprende de estudios que realizan las mismas empresas que ofrecen servicios digitales. Cuánto más alto sea el tiempo desperdiciado mayor es el éxito comercial, porque el objetivo –y esto es de público conocimiento– es mantener al usuario conectado todo el tiempo posible. No importa si está desarrollando una teleconferencia de trabajo o si está mirando un video de gatitos en youtube. En Argentina, por ejemplo, somos poco más de 41 millones de personas y el mercado tiene en funcionamiento 50 millones de smartphones. Esto significa que casi la totalidad de la población está conectada las veinticuatro horas. Esta tendencia se replica en el mundo. Sólo Apple vende seis IPhones por segundo. Y esos seis por segundo conforman apenas el 13% del mercado mundial. En 2016, el circuito de las telecomunicaciones alcanzó los 7000 millones de equipos en funcionamiento. El 82% usa el sistema operativo Android, que pertenece a Google.

En síntesis: internet se transformó en una herramienta de control, nos hace perder tiempo y se instaló como necesidad básica. Sin embargo, comienzan a escucharse voces que se oponen a esta lógica de hiperconectividad. Parte de esas voces fueron compiladas por el Doctor en filosofía Enric Puig Punyet en su libro La gran adicción. Cómo sobrevivir sin internet y no aislarse del mundo (Arpa Ediciones, 2016). La intención es mostrar otra manera de relacionarse con internet, que se apoya en una premisa muy simple: usarla sólo para lo imprescindible. Un grito a favor de regresar a la realidad.

El libro no es un ensayo duro, sino una selección de historias. “Soy muy amante de Borges y creo, como él, que se puede vehicular el pensamiento a través de los relatos. Para mí esto es importante, porque es una forma consciente de hacer llegar al público general una reflexión que considero urgente”, explica Puig Punyet. Los relatos proponen análisis profundos y diversos. El fenómeno de internet es relativamente nuevo, tiene apenas veinte años desde su estandarización. Los interrogantes recién ahora comienzan a mostrar una luz de respuesta. El obstáculo, como siempre en estos casos, es la velocidad con que ocurren los cambios. Siempre son más rápidos que el fenómeno en sí, lo cual no da tiempo a pensarlos en toda su dimensión.

Para Puig Punyet, todavía estamos en un momento en el que la huida de internet sigue siendo posible como posicionamiento personal. A pesar de que está cada vez más omnipresente en los trabajos y que es una herramienta necesaria para moverse en el mundo, sigue habiendo espacio de libertad. Al menos en la vida personal.

Este libro aparece en un momento donde la expansión de las redes sociales se ha detenido. Menos de un minuto de conexión por día, en promedio. Casi nada. Pero algo al fin. Según Puig Punyet, el motivo de esta pausa es que son cada vez más evidentes los aspectos negativos. Sin embargo, los discursos habituales dicen que internet es el futuro y que hay que familiarizarse con la socialización en línea. “Estos discursos, que benefician claramente a los sectores privados que hay detrás de tales tecnologías, se están normalizando peligrosamente, sin tener en cuenta los perjuicios que conlleva el uso masivo de internet para los usuarios. Efectivamente, hoy es un posicionamiento político enfrentarse a ese discurso normalizado y apostar por un distanciamiento personal de internet, recuperando el espacio íntimo para la reflexión y recuperando la vertiente más humana del contacto con los demás en el espacio público”, explica.

– ¿Todavía existe la intimidad?

– La intimidad, tal como hoy la entendemos, es un concepto que tiene poco más de doscientos años de historia. Es con el inicio de la historia moderna que aparece una fractura clara entre el mundo íntimo y el mundo público. Parece que hoy esta escisión está en vistas de desaparecer completamente. Es evidente que las redes sociales han contribuido mucho a ello. En muchos casos, en un entorno íntimo determinado, la gente, los más jóvenes en especial, piensan más en la exposición pública posterior que en disfrutar de lo que brinda la intimidad. Podemos argüir que es un cambio de época, que todo cambia. Pero hay una pregunta fundamental aquí: la intimidad sirvió como espacio de reflexión privado, en el que el individuo construía su capacidad crítica y se formaba como ciudadano. La hiperexposición a internet nos roba ese espacio de pensamiento, y eso puede acarrear nefastas consecuencias para la creación de individuos libres y, en última instancia, para la salud de las democracias.

– ¿Cuáles son los principales beneficios de desconectarse, según las experiencias que recolectaste?

– Todos los testimonios coinciden en que una vez superada la ansiedad del primer paso en la desconexión, se gana en capacidad de relación social, se gana en atención y concentración, se gana en tranquilidad, organización y gestión del tiempo personal, así como en una visión más clara de los objetivos y las decisiones vitales.

– Sin embargo, todo tiene a digitalizarse. Desde los servicios públicos hasta la compra en un supermercado. ¿Se puede frenar este fenómeno?

– La ciudadanía debería ejercer presión para que no desaparezca la opción offline en los servicios públicos, en los trámites administrativos, en los servicios de atención al consumidor. Por lo menos mientras internet siga siendo una herramienta dominada mayoritariamente por el sector privado y mientras no haya un control sobre los intereses que van en contra de la ciudadanía. La opción online debe ser una elección individual, y en ningún caso un organismo público debería dejarla como la única opción.

Desde su punto vista, hay dos caminos a futuro. El primero: que prospere el uso de internet tal como se conoce. En ese caso, quedará en manos de los usuarios que el avance no destruya las capacidades individuales. El segundo: que el uso masivo de internet, la relación constante con las redes sociales y con los dispositivos móviles haya sido en cierta medida una moda pasajera y que se regule poco a poco como respuesta a un rechazo social de la alienación que provoca. El problema, el más grave, dice, es que se profundice la tendencia de la hiperconectividad. “Si avanzamos demasiado en esa dirección, estaremos corriendo el riesgo de perder muchas de las organizaciones, asociaciones e instituciones que hemos tardado más de doscientos años en construir. Por este motivo no tenemos que confiar completamente en la sustitución de los elementos físicos por sus alternativas virtuales”, agrega.

– ¿Por qué creés que la realidad tangible tiene más valor?

– El ser humano no es únicamente actividad neuronal. Las nuevas tecnologías tienen como horizonte utópico la inteligencia artificial, pero en el caso en que tal horizonte se alcanzara seguiría existiendo la cuestión fundamental del cuerpo por resolver. Los seres humanos somos órganos, es nuestro cuerpo quien se sitúa en la primera relación con el mundo, y luego llega el pensamiento. Esta es nuestra relación con la realidad tangible, sensible. Las versiones virtuales de relación con el mundo pretenden invertir esta relación, y esto las vuelve completamente inhumanas.

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En Alemania tuvieron que instalar semáforos en el suelo porque el 17% de los peatones camina mirando su celular.

Desde el título del libro se hace referencia a la adicción que genera vivir conectado y sobreexpuesto. Para Puig Punyet, muchas de las aplicaciones que se encuentran en internet –las redes sociales en primer lugar– están confeccionadas de tal manera que se aprovechan de muchos de los anhelos, traumas y problemas del ser humano, proporcionando una falsa apariencia de solucionismo. Se aprovechan de las ansias de agrado y reconocimiento social, que tornan explícitas través de la cuantificación numérica y la competitividad. “El usuario se halla arropado por una dinámica de ranking que nunca es capaz de satisfacerlo completamente, y ante lo cual siempre buscará más. En esto radica su naturaleza adictiva”, señala.

– Tu libro busca crear una conciencia crítica. ¿Cuáles son los principales obstáculos para concretar esa postura?

– Ante todo, el libro pretende luchar contra la normalización de los discursos que nos dicen que internet es la solución a todos nuestros problemas personales, sociales y políticos. Darnos cuenta de ello, como ya lo hemos hecho a lo largo de los años con sustancias como el tabaco o el alcohol, como ya lo hemos hecho con comportamientos como las compras o el juego compulsivo, será positivo para nuestra relación con las nuevas tecnologías. Tenemos que dejar de ver internet como algo cool y moderno que nos lo soluciona todo. Sólo así podremos adquirir un estado crítico en el uso con internet y nuestros teléfonos.

– ¿Cuál es la principal mentira de las redes sociales?

– Hay dos mentiras fundamentales, que se dan la mano: que son herramientas de socialización y que fomentan el cooperativismo. Justo al otro extremo de todo esto, las redes sociales son mecanismos de alienación y de atomización, nos encierran en nuestras casas, nos tornan más individualistas y más competitivos.

– ¿Qué es lo que más te preocupa de la hiperconetividad?

– El “hiper” que la define, porque hay demasiada. Tanta, que nos trasciende. La conectividad es una herramienta útil cuando está al servicio del ser humano. Cuando la dinámica se invierte y son las personas quienes deben responder a las exigencias de conectividad es cuando empieza a ser perjudicial.

– ¿Qué posibilidades hay de que la “exconexión” se convierta en un fundamentalismo anti-internet?

– Creo que muy pocas. A día de hoy, en que hay por doquier discursos que son favorables al uso indiscriminado de internet, abogar por la desconexión es una tarea diaria de resistencia. Por este motivo no puede ser una radicalización. Es en el día a día que el usuario tiene que estar seguro de su posicionamiento personal y seguir manteniendo su postura para no caer en el torbellino de redes.

– ¿Y en la contracara? ¿Qué le ves de bueno al desarrollo de internet y las redes sociales?

– Internet nos ha facilitado un acceso ilimitado y a un bajo precio a las personas y a la información. Esto es innegable. El gran problema surge cuando, hace unos quince años, aparece Google con una propuesta triple que acarreará muchas consecuencias: gratuidad, personalización y completa pleitesía al hipervínculo. Para nutrirse, Google necesita muchos vínculos cruzados, es decir, que el usuario genere mucha información en la red, que cuelgue muchos vídeos y fotografías, que publique cientos de comentarios. Para ofrecernos un servicio personalizado, Google necesita recopilar nuestros datos. Finalmente, para ofrecernos un servicio gratuito y lucrarse, necesita ser capaz de vender nuestros datos a terceros, posicionándose así como la agencia de publicidad más exitosa que nunca haya existido. Para que el sistema Google funcione, es preciso que los usuarios estén conectados cuando más tiempo mejor, y que interactúen constantemente con el sistema. Ahí radica el secreto y el peligro. Toda la web 2.0 que le sucedió, redes sociales, blogs y canales de vídeo incluidos, siguió al pie de la letra la lógica de funcionamiento que había marcado Google.

– ¿Cómo es tu relación personal con las redes e internet? ¿Por qué elegiste esa relación?

– Yo he crecido con la informática. Mi madre tenía una tienda de ordenadores. Vi crecer y me relacioné con internet desde el principio. He sido usuario de toda clase de redes y de teléfonos inteligentes. Llegado a un punto, me di cuenta de hasta qué punto las nuevas tecnologías entorpecían mi concentración y mi trabajo, y cómo afectaban negativamente a mi vida personal. Cuando vi esto con claridad, no llegué a desconectarme como hicieron las personas que recojo en mi libro, pero sí he reducido mi relación con internet: sólo correo electrónico y búsquedas puntuales desde mi ordenador.

La gran adicción. Cómo sobrevivir sin internet y no aislarse del mundo llegará a la Argentina en los próximos meses.