Cultura

Mezcla de reality show y trinchera

El "Diario", de Witold Gombrowicz, una anomalía irresistible, a 60 años de su primera ubicación.

por Alan Pauls

Sesenta años después de publicado por primera vez, el “Diario” de Witold Gombrowicz sigue siendo una anomalía total. Género privado, íntimo, dado a la confidencia, el apunte cotidiano y la voz baja, Gombrowicz usa el diario para salir al mundo, hacerse ver, constituirse una identidad de escritor, polemizar con sus contemporáneos polacos, ajustar cuentas con “la moral de la época”, discutir con el existencialismo y el marxismo, todas funciones más bien estrepitosas que ejecuta sin ninguna moderación, con el énfasis, los ademanes ampulosos y el estruendo de un orador de barricada, lejos, muy lejos de los susurros a los que nos tienen acostumbrados los diaristas de buen gusto. Por lo demás, Gombrowicz descree de la sinceridad, otra de las grandes supersticiones del género.

Pero no le opone la mentira sino la máscara, el histrionismo, la compulsión a una impostura que es siempre maleable y estratégica, adaptada a las coyunturas, la situación, las relaciones de fuerza. “Debo volverme mi propio comentador, mejor dicho, mi propio director de escena. Debo forjar un Gombrowicz pensador, un Gombrowicz genio, un Gombrowicz demonólogo de la cultura y muchos otros Gombrowicz indispensables”, le escribe en agosto del 52, poco antes de empezar el “Diario”, a Jerzy Giedroyc, director de la revista Kultura.

Las rarezas internas del “Diario” replican las de sus condiciones de producción, casi más excepcionales: Gombrowicz, polaco, está en la Argentina (culo del mundo en el que lo dejó varado el estallido de la guerra, en 1939, cuando participaba del viaje de bautismo del transatlántico Chróbry), y Giedroyc, para repatriarlo al menos simbólicamente, lo convence de que escriba un diario por entregas, a razón de un envío por mes, que publicará en Kultura, house organ de la emigración polaca impreso en París y con un parque de tres mil suscriptores desparramados por el mundo.

Por encargo

Es lo más parecido a una aberración: un diario casi por encargo, rentado, publicado prácticamente antes de escribirse, que existe y prospera y cambia menos por los azares de la vida privada de su autor que al calor -a menudo el infierno- del contacto con sus lectores, colegas, enemigos literarios, miembros un poco espectrales, dada la distancia que los separa de él, de esa “cultura polaca” singular, desgarrada entre el exilio y el estalinismo, con la que Gombrowicz está, estuvo y estará siempre en guerra (como con todo lo que le despierta algún deseo, por otra parte).

Los dieciséis años que abarca el “Diario” (1953-1969) no son los más penosos del ostracismo gombrowicziano: el yugo de la oficina (siete años y medio en el banco polaco) queda atrás en el 55, los “discípulos” nativos proliferan, jóvenes, brillantes y un poco aparatos, como a él le gusta castearlos, Ferdydurke vende diez mil sorprendentes ejemplares en Polonia (donde se publica toda la obra menos el “Diario”) y el mundo literario internacional, hasta entonces más bien esquivo, empieza a comprender, y tratar de subsanar, el error atroz que ha cometido.

Pero la convalecencia lenta, gradual, trabajosísima, que separa al falso conde que desayuna té con bizcochos y se pasea por Salsipuedes (Córdoba) con un libro de Milosz bajo el brazo (1953) del vengador enfermo pero felizmente casado que amuebla su casa de Vence (Niza) con los “muebles archirrenacentistas” que compra a cuenta de los veinte mil dólares del Prix International de Littérature que acaba de ganar demuestra que Gombrowicz no se equivocaba, y que pocos libros habrán hecho por sus autores lo que las setecientas páginas del “Diario” hicieron por él.

Lo extraño es que el “Diario” lo hace a lo largo del tiempo, con una constancia, una fe, un encarnizamiento del que ningún libro, por exitoso que sea, se jactará jamás.

Dos planos

En ese sentido, el uso aberrante del género se convierte en realidad en su único uso posible (el que ningún otro escritor se atrevió a darle al diario): mezcla de reality show, tribuna, trinchera, closet, cuartel general conspirativo y laboratorio experimental donde se fabrica esa incomodidad crónica que es un escritor.

Hay básicamente dos planos en el “Diario” de Gombrowicz: uno es teórico-bélico; el otro, práctico-narrativo. En el primero se describe, emplaza y pone a funcionar la prodigiosa máquina de guerra que rige por igual sus políticas literario-culturales y sus modos existenciales, sus causas artísticas y su forma de vida. Es el campo donde se juega la lucha con la Forma, noción clave que Gombrowicz, después de usarla de modo específico, deportaba del campo del arte y hacía funcionar de manera generalizada, condensando en ella -en su facultad de fijar, estabilizar, disciplinar, legislar, completar- blancos tan disímiles como el Poder, el Estado, la Identidad o la Verdad. Todo el programa Gombrowicz está ahí, en el rastreo, la identificación, el desmontaje de esos momentos críticos en que la Forma prende y, por supuesto, en el arsenal y las operaciones necesarias para neutralizarla, que van de la distancia (hay en Gombrowicz una especie de Brecht clownesco, de pacotilla) a la irrisión, la insistencia en el error, la injuria carnavalesca, las alianzas abyectas. El Gombrowicz en pie de guerra es el subalterno orgulloso, el adalid de lo inferior, el maestro de la equivocación, el que celebra cada “falla de estilo” como otros sus hipálages o sus flashbacks virtuosos.

En el segundo plano, toda esa teoría y esa beligerancia vagamente nietzscheana “baja” y se declina en cuentos, anécdotas, crónicas sociales, relatos de viaje, encuentros, postales de una cotidianidad siempre enrarecida por una luz extraña, demasiado intensa, en la que las cosas se ven con una nitidez insolada, y que es la misma que suele iluminar novelas geniales como “Transatlántico” o “La seducción”.

Gombrowicz va y viene. Fuma en pipa. Desayuna en el Querandí, cena en el Sorrento, se encuentra a charlar con Mastronardi y Roger Pla. Viaja a La Falda, deambula por Goya, toma sol en Necochea. Conoce a Borges y a Bioy (que no le caen bien), se fascina con Retiro y el Bajo, persigue changos/chongos en Santiago del Estero. Come compota de manzana, traduce “Ferdydurke” con un comité de dementes en el café Rex, conoce a Roby Santucho. (Con Santucho es clarividente: ya en el año 60 lo ve como “un soldado nato”, hecho “para el fusil y la trinchera”; menos bien le va con Borges -a quien le plagia, probablemente sin conocerlos, un par de argumentos de “El escritor argentino y la tradición”-, de quien profetiza “que recibirá el Nobel (…) Sí, se podría decir que existe únicamente para eso. ¡Si alguien tiene que obtenerlo es Borges!”).

Es el Gombrowicz héroe de cómic, vislumbrado siempre contra un fondo de diorama lindo pero medio mustio, desleído, muy provinciano, muy años 50, perfectamente a tono con su prédica contra lo sublime.

Siguen estando en juego los mismos valores y subvalores, las mismas batallas, la misma voluntad de lucha y acentuación de diferencias que en el otro plano, solo que encarnados en protoficciones ejemplares como la de Tandil, donde, apenas llegado, más extranjero y desconocido que nunca, irrumpe en la sede del periódico y pide conocer a los escritores locales (a los que luego escandaliza con sus modales aristocrático-fascistas), mientras saca de la biblioteca un tomo de la Recherche de Proust (que tampoco le cae bien) y mata el tiempo asistiendo a la conferencia de un señor Filefotto sobre Beethoven.

Inútil decir que ambos -el despotricador universal y el genio imperceptible, el militante de la secesión y el desertor raído- son insoportables. En el fondo de sus dramas se escucha siempre una queja banal, un llantito de hijo único, un berrinche que llama al sopapo. Inútil, también, conceder que son irresistibles. En parte porque esas performances de insoportabilidad están a la vista, exhibidas, puestas en escena, montadas, y con un grado de sofisticación que ya quisiera cualquiera para sus encantos, y porque, infantiles como son, tienen una eficacia extraordinaria: una vez saboteado por Gombrowicz, el mundo -la literatura, sin duda, pero también “la vida”- ya no es el mismo.

En parte porque Gombrowicz conoce como nadie el arte de hacer que esa clase de bajezas se alivianen, floten, corten como filos y de golpe, cuando menos lo esperamos, se vuelvan radioactivas, joyas traidoras, incongruentes, a la vez inocentes y depravadas, tan gozosas como esa pierna izquierda del Cristo de la colina de Tandil donde, después de dejarse abrumar por un parque temático dedicado al calvario de Jesús, Gombrowicz descubre que alguien ha escrito: “Delia y Quique, verano de 1957”.

Télam