Sombras, nada más
por Walter Vargas (*)
La no renovación del contrato de Maradona, o su despido encubierto, o su despido flagrante, lo mismo da, supone un fotograma más de una extensa película en la que por más buena voluntad que se ponga, es francamente dificultoso encontrar a los buenos.
En efecto, no hay lógica de Hollywood que aguante, en principio porque la víctima de hoy (Maradona) fue hasta no hace tanto el victimario del presunto traidor (Bilardo), en tanto el gran patriarca (Grondona) hacía la plancha y paladeaba la feliz consumación de una nueva alquimia.
Baquiano como pocos en el refinado arte de unir el agua y el aceite, el presidente de la AFA esperaba el desenlace de los acontecimientos con los pulgares prestos y la certeza de que sea con cielo cristalino, sea con tsunami en ciernes, nada perturbaría lo suficiente su trono de acero inoxidable.
Se trataba, bien que lo sabía Grondona, de un escenario complejo: el magnetismo motivador de Maradona se insinuaba insuficiente para compensar pronunciadas grietas en casi todos los indicadores.
Ni hablar de las grietas en el ensamble de la santísima trinidad técnica, táctica, estrategia. Pues bien: México era bastante menos que Alemania, Alemania era bastante más que la Argentina y el 4-0 resultó un brutal chaparrón capaz de borrar los maquillajes y devastar las ilusiones de familia unida.
Preguntar qué hubiera pasado si la Selección seguía adelante en el Mundial y como mínimo terminaba entre los cuatro primeros, es vulgar carne de conjetura. El destino es siempre lo que pasa, jamás lo que pudo haber pasado.
Pero la impronta de los personajes en cuestión, y el acopio de los datos emanados de historias análogas, invita a deducir que con mejores resultados Maradona no hubiera sido cuestionado, sus colaboradores hubieran parecido bastante más simpáticos y competentes y Bilardo hubiera digerido su condición de ninguneado mientras su ninguneador se abocaba a degustar su plato preferido: toneladas de amor a sí mismo, sazonadas con buenas dosis de revancha contra quienes habían osado bajarlo del pedestal.
Debilitado Maradona y por añadidura condicionado Grondona, Bilardo ya no tuvo nada más que perder y bastante por ganar, los aliados específicos de cada quien hicieron sus sumas y sus restas y, como siempre, el botín se reveló apetecible: pasarela pública, prestigio, laureles y dinero, mucho, por cierto.
¿Qué decidió a Grondona a modificar lo que se perfilaba como la ratificación de Maradona?
¿Cuánto influyó Bilardo en los requisitos que Grondona planteó y Maradona consideró inaceptables?
En rigor, todavía no lo sabemos a ciencia cierta: al collar le faltan todavía un par de eslabones primordiales.
Pero sí es dable pensar que con la continuidad de Maradona el presidente de la AFA veía amenazado su confort, que Maradona sobreestimó su propio poderío, que Bilardo olfateó una gran oportunidad de recuperar vigor y que la palabra "traición", en boca de cualquiera de los personajes en cuestión, debe ponerse en remojo y ser dejada al sol por un tiempo prudencial.
Reponer la genealogía de estos vínculos (Grondona-Maradona, Maradona-Bilardo, Bilardo-Grondona) demandaría ríos de tinta, pero de momento sería un ejercicio revelador atar algunos cabos de la manera en la que Basile renunció a la Selección y Maradona ocupó su lugar.
(*): Télam.
