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Publicado el 09/01/2009

China Zorrilla: “No quiero morir sin estar en el escenario oyendo la risa del público”

Uruguaya de nacimiento, argentina por elección y la aceptación de su público, Concepción Zorrilla –simplemente China- a sus casi 87 años continúa emocionando sobre el escenario y sueña con morir haciendo reír a su público.

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por  Juan Carrá

Sus ojos claros, pequeños, cristalinos y profundos parecieran permitir ver el interior de su alma. El leve maquillaje en su rostro es quizás la prueba más simple de su coquetería. Su voz tan particular hamaca cada una de sus frases, revive cada uno de sus éxitos. China Zorrilla, íntima, nos abre las puertas de una pequeña porción de su historia. Suficiente como para entender lo esencial de la vida.

-¿Qué significa “El diario privado de Adán y Eva” en su carrera?

-Es una extraña aventura que se presenta en mis últimos años de vida y que es una cosa muy refrescante e inesperada que me pasa. Había comprado esta obra en  Nueva York hace mil años y vino la oportunidad de hacerla hace más de veinte años con Carlitos (Perciavalle) y la hicimos; siempre un poco inquietos porque parece ingenua en un momento dado. Pero igual la traduje, le agregué canciones, Federico García Vigil –un músico uruguayo muy bueno- hizo la música de las canciones y estrenamos en la laguna de Carlitos en Punta del Este que fue una experiencia divina. Después la hicimos en un teatro en Montevideo y después acá en la Argentina y la fuimos dejando. Hace un año le dije a Carlos, “¿y si nos zambullimos de nuevo en el paraíso terrenal?”, ahora que estamos viejos los dos –o yo por lo menos (risas)- y entonces como él me sigue en todos esos proyectos medio delirantes, acá nos tenés habiéndola hecho en Montevideo y en una especie de gira corta; habiéndola probado en la calle Corrientes en el teatro Nacional, donde nos llevó Romay. La obra funciona, la gente queda muy sorprendida en la época en que se usa, un poco, el impudor, decir cualquier cosa en el escenario, como que está todo permitido, y esto es tan ingenuo que ya es revolucionario. Contamos una historia que la gente conoce, que saben como termina entonces no sé en qué casillero ponerla porque no es ciencia ficción, o lo es… pero está tan bien contada que eso es lo que importa en el teatro. Realmente está bien contada, porque yo no tengo edad para Eva, nadie la tiene hoy en día, y es como contar un cuento de hadas que en el fondo la gente lo que quiere es que uno le cuente un cuento de hadas porque las cosas que pasan en el mundo están llenas de nubarrones.

-La actuación, a  parte de ser muy importante en su vida, de haber interpretado múltiples papeles en teatro, cine y televisión, también es un elemento que la vincula con las cárceles ¿cómo se da ese vínculo?

-Siempre me sentí extrañamente atraída por la cárcel. Desde muy chica, cuando iba a la casa de mi abuelo en Punta Carretas, pasábamos frente a la cárcel que está en ese lugar, es una famosa edificación, divina -tendrían que hacer un gran museo ahí en la cárcel-. Yo miraba las ventanas y aparecía la silueta de un hombre, yo tenía ocho años mas o menos, y me preguntaba ¿quiénes serán los que viven en este palacio? Con los años, y con la vida que he vivido, siempre me pregunté por la gente, los que están ahí… Siendo como ha sido la vida conmigo, tan generosa y que he sido muy feliz, siempre me pregunto: ¿qué puede llevar a un hombre a hacer una cosa tan mal hecha como para que lo lleven ahí? Siempre digo una frase que es: “yo nunca robé, pero nunca tuve un hijo con hambre” o sea yo no sé lo que haría en determinadas circunstancias. Así empecé a interesarme por los que estaban ahí adentro y ahora los voy a ver de cuando en cuando, y me hacen homenajes, les cuento cuentos y me toman el pelo (se ríe)… Me interesa el hombre que está ahí, me interesa preguntar por qué… uno pregunta por qué por tantas cosas en la vida ¿no? Hace poco hacían una obra de teatro, “La nona” de Tito Cossa. Entonces fui a verlos a la cárcel. Había uno ¡tan buen actor, tan buen mozo!, hablaba y yo me decía: “qué tipo estupendo para darle tal y cual papel” –yo ya le daba papeles imaginarios–. Al final le dije: “Vos sos un actor fenomenal, no se cuál será tu experiencia teatral antes de acá, pero estás para enfrentar cualquier personaje”, y le dije que cuando estuviera libre me llamara que lo iba a recomendar a algún lugar. El se quedó mirándome, entonces le pregunté por qué no me contestaba y si le quedaba mucho tiempo ahí adentro; me contestó: “Doce años” Yo no quise preguntarle qué había hecho, pero ese hombre por ahí es un hombre inocente que la vida lo llevó a encontrarse en esa situación. No sé, me niego a pensar que alguien elija ir ahí.

-En las diferentes facetas de su vida actoral: el humor, el drama; la televisión, el teatro, el cine ¿con cuál se queda?

-Me interesa, fundamentalmente, que crean lo que estoy diciendo ahí arriba. Creo que el mundo hoy en día necesita más el humor que otras cosas. Se necesita un remedio para el mundo, para una persona joven que lee los diarios y se pregunta qué va a ser de mí mañana, de mi mujer y de mis hijos; qué bomba atómica va a caer mañana y me los va a matar a todos. Entonces creo que la risa es un remedio que, a veces, la humanidad necesita. Creo que soy comediante, pero la vida me ha llevado a hacer cosas dramáticas más tiempo que cómicas. No me quisiera morir sin estar en el escenario oyendo esa especie de música que es lo que producen seiscientas personas riéndose. No hay instrumento que pueda igualarlo. Saber que hiciste algo que los hizo reír y ver esas caras que se olvidan todo lo malo… El mundo actual necesita más reírse que llorar, para eso están los diarios.

-¿Una vez terminado El diario de… hay algún proyecto en espera?

-Quisiera hacer una comedia nacional que hice hace un tiempo… pero tiene que ser en un teatro oficial, porque es una tomada de pelo de la cultura en manos del Estado. Se llama “El honor no es cosa de mujeres”. Curiosamente, tengo la idea de que es la obra más cómica que he hecho, es un bodeville francés. En estos días recibo una carta de un amigo uruguayo, que con esos nombres uruguayos no se llama Juan ni Pedro, se llama Voltaire (risas) y me escribe: “Que termines bien tu año, que te vaya bien y no te olvides que tenés que volver a hacer algún día “El honor no es cosa de mujeres”. Cosas de no creer… esta obra la hice hace cuarenta años. Es una comedia complicada, con mucho elenco, pero es la tomadura de pelo de la cultura en manos del Estado. Parece escrita ayer en Buenos Aires o en Montevideo, tiene una actualidad tremenda y es muy graciosa. Creo que estar en el escenario y saber que el mundo se derrumba como se está derrumbando y sentir que de golpe se ríen tantas personas… les estás haciendo un favor, porque la risa conseguida legítimamente con el humor de algún escritor es importante. Ahora la gente cree que el humor es la mala palabra, el desnudo y no es eso. Chaplin no necesitó nunca una mala palabra para hacernos reír y además nos hacía pensar. Era un genio único. Le pido a Dios que me dé, como tantas cosas buenas me ha dado, no morirme sin oír la risa del público.

 

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