2 de octubre de 2017
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Nuevas generaciones de mafiosos

Roberto Saviano regresa a la Nápoles de la camorra con "La banda de los niños". La novela retrata el ascenso de un grupo de pandilleros preadolescentes que logran dominar parte de la venta de droga en la ciudad.

Roberto Saviano.

por Jorge Martínez

Con “La banda de los niños“, Roberto Saviano vuelve a internarse en la Nápoles de la Camorra, aquel mundo paralelo de crímenes, extorsiones y lealtades familiares que había desnudado por primera vez en Gomorra (2006). Ese libro lo hizo famoso en todo el mundo y lo convirtió hasta el día de hoy en un blanco móvil de posibles venganzas, obligado a vivir oculto y protegido por cinco custodios. El Salman Rushdie de la mafia.

Ahora Saviano no intentó una trepidante investigación periodística disfrazada de ficción. La banda de los niños (Anagrama, 379 páginas) es una novela de cabo a rabo, se asegura que inspirada en ciertos hechos reales, que sigue el desarrollo de un grupo de púberes en su ascenso hasta convertirse en dueños del tráfico de drogas en un sector de la ciudad. Su título en italiano dice mucho: La paranza dei bambini, alude en dialecto napolitano a las barcas que pescan de noche, encegueciendo con reflectores a los peces, y también a la comida que se prepara con pequeños pescados fritos.

El protagonista es Nicolás, el Marajá, el jefe de la decena de preadolescentes que Saviano (Nápoles, 1979) inventó para reflejar un fenómeno delictivo común a buena parte de las grandes urbes de Occidente, aunque en este caso se trate de una marginalidad relativa.

Estos pibes chorros no se parecen mucho a los que conocemos por nuestras latitudes. Los de Saviano son muchachitos de la clase media baja, hijos de padres trabajadores, alimentados a base de la cultura violenta estadounidense (videojuegos, películas, series), usuarios consumados de las redes sociales (todos tienen su infaltable iPhone), que asisten al colegio de manera regular y, como sucede con el Marajá, hasta desarrollan un cierto interés por algunos temas académicos, en su caso la obra de Maquiavelo, a la que toma de guía. Conducidos por el Marajá los proto-delincuentes harán en pocos años la transición de molestos pandilleros de barrio, siempre montados en sus motos, a mafiosos en toda la regla, infiltrándose por los resquicios que les vayan dejando las disputas entre clanes y la captura o muerte de los antiguos jefes.

Roberto Saviano - Libro

El marco

Hay en el libro un elemento de crónica que resulta atractivo. Saviano inserta a los personajes en un entorno que conoce bien y que sabe contar. Los mecanismos para la venta de drogas a una juventud desorientada y consumista, las querellas entre familias tradicionales de la Camorra, el mercado negro de armas, las contiendas por expandirse a los Balcanes, vía de entrada de la marihuana y el hachís que reparten después en la península, constituyen el marco de la historia y su parte más creíble.

Menos convincente es el corazón literario de la novela. La misma premisa del argumento, que consiste en que un puñado de imberbes se las ingenie para desplazar en pocos años a clanes con décadas de experiencia, suena irreal, a pesar de que se inspira en procesos judiciales de años recientes. Con la posible excepción del Marajá, quien por lo demás se muestra demasiado pensante, el resto de los miembros de la banda no infunde temor. Varios cometen crímenes aberrantes y se ufanan de ellos, pero hasta el final siguen siendo los niñitos del comienzo.

Es cierto que Saviano se revela hábil para narrar las escenas de acción. Hay varias que son memorables, empezando por la que abre el libro, una escatológica represalia que el Marajá propina a un chico sólo por haber puesto un “Me gusta” a su novia en Facebook. Las persecuciones, los primeros robos de la banda y su bautismo de fuego en el que toman como blancos a un puñado de inmigrantes africanos que esperan el colectivo de madrugada, también están contados con una intensidad que hace volar las páginas. Y los dos o tres duelos verbales que sostienen el Marajá y un jefe histórico de la Camorra son contun- dentes y se resuelven, como indica el sentido común, a favor del mafioso experimentado.

Las dificultades de la novela aparecen en las transiciones, en lo inverosímil de muchos diálogos, en la inconsistencia de la mayoría de los personajes principales (los secundarios, en cambio, son más vívidos), en la ocasional falta de oficio para narrar sin “contar” los pensamientos y las intenciones de los actores de la historia. Es evidente que el autor se ve en problemas para llenar los huecos que dejaron las pesquisas o los juicios llevados en la vida real.

Terminada la lectura queda la sensación de que la misma idea en manos más expertas habría producido una obra maestra, un verdadero fresco que pinte en todos sus colores a la delincuencia juvenil moderna, ese flagelo que cada día azo- ta con una violencia inexplicable, de Nápoles a Buenos Aires.

Éxito y vida clandestina

Hace once años que Roberto Saviano no lleva una vida normal. La culpa no la tienen la fama, ni el éxito, ni los millones de ejemplares vendidos de Gomorra, ni su adaptación al cine y a la televisión. No es eso.

Desde hace once años Saviano vive amenazado de muerte por la Camorra. Ya no puede estar en Italia (aunque cada tanto vuelva para asistir a un proceso judicial, revisar un archivo o verse con su familia). Vive escondido en un lugar indeterminado, tal vez en Estados Unidos. Es una vida de vagabundo, de clandestino. No puede dar un paso sin que lo sigan a sol y sombra los cinco carabinieri que le asignaron como custodios. Ni siquiera puede bajar a la recepción de un hotel para hablar con un periodista sin eludir la vigilancia de los guardaespaldas. Pero cada tanto lo intenta.

Saviano se convirtió en un símbolo de la denuncia contra la mafia napolitana. Y a la vez, en un modelo para los jóvenes mafiosos. “Los camorristas usan las mismas palabras que mis personajes, y son conscientes de ello -contó en una entrevista reciente en Madrid con El País Semanal-. Pero no escribir sobre estos temas no evitará que sigan con lo que hacen. Si no tienen Gomorra, tendrán Scarface o El Padrino. Son criminales que ven en estas historias su propia representación”.

Se cuenta que cuando lo detuvieron al Chapo Guzmán, entre sus pertenencias había un ejemplar autografiado de CeroCeroCero (2013), el segundo libro de Saviano, que él niega haber firmado. Pero no fue el Chapo el único delincuente notorio que se aficionó al universo Saviano. “Todos ven la serie”, asegura el escritor.

El encierro, la clandestinidad, los custodios. Si volviera a 2006, ¿haría algo diferente a cambio de una vida más tranquila? “Sí, y sería mucho más prudente, no hubiera hecho Gomorra de la misma manera -admitió a El País Semanal-. Los desafié, estaba convencido de ser invencible… Al final me han despedazado…Pero bueno, todavía estoy aquí”.

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