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Policiales 5 de enero de 2018

Un pueblo sobrevolado por los fantasmas de la incredulidad

En Otamendi robaron los cadáveres de dos bebés en 8 meses. Una recorrida por las calles de un pueblo que no sale del asombro.

Por Fernando del Rio 

Un gran cartel dice RIP sobre la fachada del cementerio otamendino. “Requiescat in pace” es un deseo, pero también una imposición. Para algunos divina, para otros biológica. De ese descanso fue quitado Ciro, el pequeño de 14 meses que muriera producto de una neumonía. El 24 de diciembre alguien abrió el candado del depósito, rompió el féretro y sustrajo el cuerpo. Igual que en abril, cuando un desconocido se llevó el cadáver de Mateo Valentino.

En Otamendi sobrevuelan los fantasmas de la incredulidad y de la preocupación. Todos se preguntan qué está pasando.

El hombre en su bicicleta tiene un pie apoyado en el cordón de la vereda y el otro sobre el pedal. Lleva algunos minutos así, en la inminencia de la despedida. Un amague que parece eterno. Habla con otro que está en la puerta de la agencia de quiniela y al que lo detiene lo mismo. La charla. Los dos tienen poco pelo y canas. Usan camisas abiertas para refrescarse un poco del sol hirviente de enero que cae sobre las calles de Otamendi.

Una señora conocida como Marisa, nombre surgido de economizar María Isabel vaya a saber uno por qué, riega las plantas de la iglesia Santa Teresita del Niño Jesús.

Pepe, dueño durante años del canal de televisión de Otamendi, ocupa una de las mesas del café Melchora, ubicado frente al banco Nación y no escucha el teléfono. Al final lo hace, es su mujer Nilda, que le habla desde la casa de la calle Moreno, a una cuadra y media. “Somos los dos segundos más viejos de acá”, dice. “Nos gana mi vecina -agrega- que tiene como 90”.

Una chica joven empuja el carro con su bebé por la sombra que le dan los árboles de la plaza. Su hija es una nena y está toda cubierta de flores. Flores estampadas en su remera y en su gorrita.

El bombero se respalda en la autobomba y descansa después de una búsqueda vana. Es verborrágico y quiere contar detalles de todo. Echa sobre la mesa imaginaria del diálogo un par de hipótesis. Sus dos compañeros no lo siguen en el afán detectivesco.

Todos ellos, también el señor apurado que en flagrante mentira se saca la consulta de encima diciendo que tiene que ir a trabajar, y Mirta, la secretaria del cura párroco, viven en Otamendi, el pueblo en el que desaparecen los cadáveres de los niños. Y todos hablan de lo mismo.

“Nunca pasó esto. Para mí que es un loquito. Andá a saber qué hace con los chicos”, dice el hombre de la bicicleta cuando se le pregunta. “¿Y vos de dónde sos? ¿Periodista?”, desconfía ante la insistencia para que cuente. El otro, que al moverse manifiesta una renguera que no parece nueva, acota: “Esto no pasaba antes. Qué va a pasar”.

Todos hablan, nadie entiende

Otamendi es un pueblo querible y cerrado, como debe ser en su estatus de pueblo. La papa lo hizo trascender. Su fiesta. Tiene 20 manzanas de largo. Tiene viejos, pero también tiene a jóvenes que prefieren quedarse. La mayoría se va a Mar del Plata y otros a Miramar. Tiene dos equipos de fútbol que se detestan. Círculo Deportivo y Juventud Unida. El grande es Círculo. Si hasta acaba de salir campeón en la Liga de Mar del Plata. El otro es el chico, pero que va a jugar el Torneo Federal C. Tiene un parque, varias plazas y una pileta. Tiene una pista de skate de primer nivel. Tiene siesta. Tiene un cementerio detenido en el tiempo y tiene a un demente que en 2017 se robó dos cadáveres de bebés.

“Para nosotros es el mismo. Yo acá riego las plantas y trabajo para el Reino de Jesús. No puedo entender que alguien haga eso. El otro día leí en su diario que unos umbandas mataron en Mar del Plata a un nene. Ni quiero pensar que eso pase acá. Igual acá estamos los católicos y los evangelistas, con los que me saco el sombrero porque llevan una vida espectacular”, cuenta Marisa y señala la entrada a la secretaría de la parroquia.

El cura es nuevo y se llama Nicolás. Está ocupado y no quiere atender a un periodista. Su secretaria, una señora mayor, baja el volumen de la radio en donde resuenan canciones cristianas. “Estamos todos conmovidos. Acá se le tiene mucho respeto a los difuntos y no podemos entender lo que pasa. Estamos preocupados porque nos puede pasar a cualquiera. Ojalá puedan encontrar el cuerpo pero mi marido, que es de campo, me dice que la búsqueda es algo ridículo”, cuenta y lo lamenta.

La chica que empuja el carro de bebé piensa parecido. “Yo soy de toda la vida otamendina y nos preocupa. Lo hablamos. Queremos saber”, admite antes de irse a buscar refugio en su casa. El sol es cada vez más intenso.

En el bar, Pepe hace un esfuerzo para que me recuerden. “Fernando ¡che! Está cambiado, pasaron como 20 años, pero… transmitíamos los partidos por el canal. ¿No se acuerdan?”, insiste, y uno de sus amigos, más por cortesía que por memoria, finge reconocerme. “¿Viniste por lo del cementerio? Qué locura. Para mí que se lo llevaron para hacer algún ritual, pero acá en el pueblo eso no existe”, arriesga.

De camino al cementerio una mujer coqueta, jubilada, recuerda a la madre de Ciro de la escuela. “Yo trabajaba en la escuela y ella iba ahí. Siento una gran pena. Estamos desorientados. Lo peor es que todos tenemos a alguien en el cementerio. ¿Y sí abrieron otros cajones y nunca nos enteramos?”, se pregunta y acepta que lo hablan en su familia, incluso con su yerno concejal.

Para quien es de ciudad, en un pueblo nunca pasa nada. Esa sentencia es una falacia. Siempre pasa algo en un pueblo. Acaso no tenga la magnitud de lo que sucede en los grandes centros urbanos. Pero siempre paso algo. Y todo cobra un valor especial. El vecino enfermo, la hija recibida de abogada, el que se cambió de partido político, el del campo, el foráneo que se instaló en un barrio. Todo se habla. Cómo no va a hablarse del robo de dos cadáveres.

El sol da tregua un rato a los bomberos que tienen el autobomba estacionada frente al cementerio. “Mirá, el que se lo llevó tiene que saber bien lo que venía a buscar. No es que vos venís y decís ‘a ver… barreteo este cajoncito y me llevo al bebé’. Y no es una travesura”, calcula el más extrovertido.

“Es un loco de mierda que nos está volviendo locos a todos”, exagera otro hombre en la segunda parte de la sentencia mientras señala todas las deficiencias que tiene el cementerio. Sin luces, sin cerco perimetral, sin sereno nocturno, sin mantenimiento, el cementerio de Otamendi, con sus muertos allá lejos, aislados de la vida, es un momento de otro tiempo. No parece ser hoy. Tumbas olvidadas se mezclan con otras un poco más atendidas, yuyos en los techos de los nichos, colonias de avispas en las bóvedas. Un par de fosas abiertas esperando engullirse una nueva víctima. Una tumba principal que recuerda al sacerdote de “Dionisia” -como se llamaba la estación ferroviaria que dio origen al pueblo- fallecido en la década del ’40.

Un viento repentino levanta la tierra seca de los sepulcros y un arreglo floral gira como los matojos rodantes en las películas del Lejano Oeste. Gira y no se detiene hasta que queda enganchado en el alambrado del campo contiguo. Es una escena que transmite paz. Aunque allí, en el cementerio de Otamendi, parece ser una utopía.