5 de junio de 2017
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Una especie de gracia

Por Fabrizio Zotta

Se diría que un artista que puede convertirse en historia, en ícono, en leyenda, con una única obra, con una singular muestra de su arte ha sido tocado por algún don divino. Una sola posibilidad, un solo tiro, una especie de gracia.

El martes 29 de mayo se cumplieron 20 años de la muerte de Jeff Buckley, músico californiano, que a los 28 años editó un único disco de estudio, al que llamó “Grace”, y se convirtió en uno de los vocalistas más importantes del siglo XX, cuya influencia sigue vigente y reconocida por músicos y cantantes que van desde Bob Dylan hasta Lady Gaga.

A poco de cumplir 30 años llegó, en mayo de 1997, a Memphis para producir el segundo disco de su carrera, que tenía un título provisorio: My Sweetheart the Drunk. Buckley aarribó a la ciudad antes que su banda, y decidió recorrerla. Estaba acompañado por su amigo Keith Foti, un joven músico de 23 años. Alquilaron una camioneta y mientras escuchaban un “mix tape” con canciones de Beatles y Jane´s Addiction se perdieron en la tarde de Memphis.

Cuando quisieron acordar, no encontraban el lugar donde iban a reunirse con el resto de la banda, y decidieron acercarse al Río Mississippi. Allí estacionaron y continuaron escuchando canciones hasta que Buckley quiso meterse en río. Estaban frente al canal Wolff, en el cual estaba prohibido nadar. El cantante se metió en el agua, vestido con un jean, una remera y sus botas puestas.

Según el testimonio de Foti, eran las 9 de la noche. Buckley aún estaba cerca de la margen del río cuando pasó una embarcación pequeña, que –gracias a la advertencia de su amigo- Buckley puedo eludir. Un rato después, otro barco, esta vez más grande, pasó por el sector en el que nadaba el músico. Pero ya no había rastros de dónde estaba. Había desaparecido.

Foti llamó a la policía luego de buscarlo entre las sombras durante varios minutos. Cerca del teléfono público que usó para avisar a las autoridades policiales de la desaparición de su amigo, la estatua de Elvis Presley miraba sin ver. Pasaron varias horas, y nada. Ni siquiera el eco de Whole lotta love, la canción de Led Zeppelin que, según contó Foti, cantaba Jeff Buckley al ingresar al río.

El 4 de junio de 1997, cerca de las 5 de la tarde y a casi una semana de su desaparición, encontraron el cuerpo de Buckley sin ropa. Irreconocible, salvo por el peircing en el ombligo con una cinta color púrpura y, como la autopsia constató, “un esmalte de uñas verde brillante en tres uñas de los pies”. La causa probable de la muerte fue “ahogamiento”, y el examen toxicológico arrojó resultados negativos: ni drogas, ni alcohol en la sangre del cantante.

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Apenas cuatro años antes, en 1993, había grabado cinco temas en vivo desde un club neoyorquino llamado “Sin-é”, cuyas grabaciones piratas proliferan hoy en Internet. En 1994, con Columbia records graba Grace, disco de culto, que acaparó la admiración de Bob Dylan, Paul McCartney, Elvis Costello, y muchos más.

El éxito no fue inmediato, pero sí logró una repercusión suficiente como para alterar la costumbre del artista de tocar en clubes pequeños. Realizó varios shows presentando Grace y su fama y reputación entre críticos y colegas creció. Dos años intensos lo llevaron a popularizar Hallelujah –una canción de Leonard Cohen que era entonces apenas conocida– y otra de James Shelton, Lillac Wine, tema con cierta fama por la conocida interpretación de Nina Simone. Además, Grace incluía una versión de un villancico popular anglosajón “Corpus Christi Carol”. En síntesis, de los 11 temas del disco, 3 eran covers: todas versiones que superaron la trascendencia del original.

Agotado y confundido por el éxito, Buckley decidió hacer otra gira a fines de 1996, pero con una particularidad: no se presentaría con su nombre. En el momento más importante de su carrera volvía a tocar en clubes y teatros pequeños. La promoción de los shows las hacía con diversos pseudónimos: Father Demo, Jaime de Cevallos, Topless America, Smackcrobiotic, The Halfspeeds, Crackrobats, y Martha and the Nicotines. Finalizado el tour fantasma, se decidió a grabar el segundo álbum de su carrera, en la ciudad de Memphis.

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Un solo disco, una gira que lo llevó a Europa, varios hits de culto. Un intento por frenar el éxito y la exposición, y la necesidad de redimir sus father issues (Buckley fue abandonado por su padre, el músico Tim Buckley, muerto por sobredosis de heroína a los 28 años, en 1975; pero esa es otra historia) Apenas eso le alcanzó a Jeff Buckley para ser un artista clave en las influencias del panorama musical en la actualidad.

Con el tiempo, Grace vendió dos millones de copias y se convirtió en una referencia esencial de la música en el siglo XX, ineludible en la obra de músicos como Thom Yorke, de Radiohead o Matthew Bellamy de Muse. También en los íconos del grunge, género en el que algunos ubican también a Buckley, como Chris Cornell y Eddie Vedder.

Dueño de una cualidad vocal extraordinaria, podía apenas susurrar los versos de Hallelujah, y también gritar “Hombre, has hecho un asesino de tu hijo por nacer”, en Eternal life, con la emoción rompiéndole la voz. Siempre me pregunté cómo habrá sido esa última versión de la canción de Led Zeppelin. El joven, que tuvo esa especie de gracia, cantándole al amor mientras entraba en el río.

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