20 de marzo de 2017
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Una reina sin corona

El profesor

Todos los problemas son problemas de educación.
Domingo Faustino Sarmiento.

Por Luciana Balanesi
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Sabía, porque no era la primera vez que me sucedía eso de llegar tarde, que la puerta vidriada del aula no crujía. Esperé a que el profesor Rocco Ferrante se diera vuelta, tizas en mano para entrar. Esperé las muecas de mis compañeros y cuando Luis empezó a toser, en complicidad previamente pactada, entré, agazapado, sigiloso…

-Figueroa, llega tarde otra vez Figueroa.
Y mi rubor tan consecuente como habitual ante sus reclamos. Menos mal que la barba lo disimulaba.
A fin de año llegaba el momento decisivo.
-Espinosa. Nos vemos en diciembre.
-Figueroa, Figueroa… Espéreme por favor a que concluya con la entrega de los exámenes. Necesito hablar, en privado, con usted.
-Guernica, ya puede tutearme.

Aprobar su materia era sinónimo de empezar a tutearlo aunque él siempre nos llamara por el apellido. Pasaba el listado completo mientras temblábamos algunos, morían de risa otros o sollozaban, a escondidas, los más responsables… Aprobar su asignatura era el desafío. Se lograba esto sólo cuando se alcanzaba la excelencia a que apuntaba con cada alumno, porque además de los contenidos había que respetar los valores que sólo él conocía y que uno fue aprendiendo con los años.

El profesor Ferrante era el antes y el después, el mentado filtro, el terror masivo y por todos conocido. Pero era, cuánto tiempo me costó asumirlo, el placer en las clases, el pensamiento logrado con otra perspectiva, la exigencia. Era saber que uno puede siempre un poco más.

Hace unos días fui a visitar a una tía al geriátrico. En la cabecera de la mesa se sentaba un anciano, desgarbado y barbudo que parecía estar ausente, como en un tiempo remoto…

-Don Ferrante le dicen las enfermeras. Dijo mi tía al ver mi estupor. Y agregó: -Y que ni se les ocurra llamarlo por el nombre de pila.
Estaba yo avergonzado y desplomado por el golpe de los años cuando lo escuché salir de su aparente abstracción diciendo con voz suave pero firme:
-Figueroa, Figueroa… No esperaba menos de usted. Veo que logró ser puntual… Veo que aprendió. Ahora sí puede tutearme.

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