Cultura

Con tener talento no te alcanza: Capítulo 73. El macabro experimento de Tío Marce (parte V)

Capítulo 73 de la columna de Marcelo di Marco.

Por Marcelo di Marco (*)

—Lo que usted me preguntó, Máster, antes de amenazarme con “darme salida” por haberme atrevido a usar la palabra “profe” (y ni siquiera aplicada a VES) es qué era el FEC.

—Es que, aparte de no saberlo, Pukkas, te cuento que últimamente me fatiga bastante el persistente uso de siglas que estamos padeciendo. Porque FEC debe de ser una sigla, ¿verdad? Y VES también.

—De una, Tío, son siglas. Como AFA, ABL, SUM, ACA, BCRA.

—¿Ves lo que te digo? Que DNI, que MDQ, que ATE, que UBA, que CABA. Algunas vaya y pase, pero nombres como Mar del Plata y Buenos Aires suenan bellísimos así como vienen. Yo estoy con Gloria Fuertes cuando escribe: “En este mundo de siglas, / de ideas y de partidos / (todos partidos en dos), / desde siempre yo me afilio / yo pertenezco al AMOR. / Desde siempre y no lo oculto / —a los líderes no insulto— / mas no respeto más leyes, / que las del A, Eme, O y Erre”.

—Fuertes y gloriosas palabras las de esta mujer, Máster. Andar por el mundo sin pertenecer a nadie, vivir sin alguien con quien compartir, es quedarse completamente en la lona. Y lo de FEC es refácil: es la sigla de Formación Ética y Ciudadana. Un espacio curricular.

—¿Espacio curricular? Tales terminachos deben de haberse inventado para que suene más importante lo que desde siempre se llamó “materia”. Me imagino que nadie dice que tal o cual profesor “se dedica mucho a su espacio curricular”. Tampoco me imagino a ningún chico diciendo “Me falta aprobar tres espacios curriculares”.

—Talcualmente, Máster. Nadie lo llamaba así en mi colegio. Como tampoco nadie decía (ni dice) “profesor” sino “pro…

—… ¡eso es ya una discusión terminada en la columna anterior, carajaula!

—Ya lo sé, Tío, lo dije a propósito para engranarlo. Y lo mismo cuando dije espacio curricular en lugar de materia. Sabía que le saltaría la térmica.

—Conque Formación Ética y Ciudadana. Supongo que es lo que en mi secundaria se conocía como Educación Democrática.

—Pongámosle. El objetivo de esa materia, según decían, era enseñarnos a opinar con criterio y que no nos callemos nada en la defensa de los derechos humanos. También estaban todo el día con eso de “la resolución pacífica de conflictos”.

—Mirá vos lo que son las cosas. Justamente andaba preguntándome cómo se las arregla el sistema educativo para lograr que la paz, la tolerancia y la igualdad reinen con tanta majestad en sus aulas. Como así también el respeto, dicho de paso.

—Ufa, Tío, no sea tan bardero. Se hace lo que se puede.

—Se hace lo que se puede. Menos mal que no me saliste con el odioso y consabido es-lo-que-hay.

—¿Por qué “odioso”?

—Porque esa frase repelente, que se ha impuesto en la sociedad argentina en todos los ámbitos y hace de la resignación un credo, es una señal inequívoca de derrotismo. Como gran normalizadora que es de la mediocridad y la miopía, cancela la creatividad y justifica la bajada de brazos. Es lo que hay, me dicen. Y yo les respondo que podría haber otra cosa, si nos arremangáramos como es debido. En el lenguaje está todo, Pukkas, en las palabras que usamos radica nuestra actitud frente a la vida. Cómo cambiarían las cosas si, en lugar de atajarnos con el victimizante y conformista es-lo-que-hay, dijéramos ¿qué-puedo construir-con-esto-que-hay?

—Y, Máster… Lejos de conformarnos, supongo que transformaríamos el límite en un punto de partida, ¿no?

—¡Epa, Pukkas, vaya frase! Veo que vas despertando. ¿Y qué es eso de ves, que mencionaste como quien no quiere la cosa?

—Vuestra Excelencia Sapientísima, ¡ja, ja, ja! Hablaba de usted en broma, Tío, no se enoje. A mí, como le pasa a la Tipa, a veces me gusta rebelarme.

—Bueh, mejor te la dejo pasar. Coca-Cola no le hace juicio a Manaos. Contame eso de la rebelión de la Tipa.

—El profesor de FEC nos trajo una noticia para analizar. Resulta que un juez de Estados Unidos abrochó a dos abogados con una multa por cinco lucas verdes, Máster. Los tipos tenían que defender a un chabón que se la dio contra un carrito de Avianca. Como les daba paja laburar, se zarparon mandando un escrito judicial trucho.

—Y a que lo había escrito la Tipa.

—Posta, Máster. Los bogas usaron ChatGPT para armar el escrito.

—Eso no es para nada raro, Pukkitas. Hace muy poco, una Cámara de Apelaciones de nuestro país detectó, en una sentencia penal redactada por un juez, cierta frase que recuerda aquello de “lo descubrí por una serie de indicios, jefe”. ¿Te acordás de Maxwell Smart, temible operario del recontraespionaje?

—Ni idea, Máster.

—Bueno, mejor averigualo después, así pondrás en tu vida más control y menos kaos. Lo importante es lo que decía la frase en cuestión: “Aquí tienes el punto IV reeditado, sin citas y listo para copiar y pegar”. En definitiva, el magistrado le había confiado la redacción de la condena a un chatbot, y después se olvidó de eliminar del texto la interacción con el sistema.

—Se repasó de rosca. Es como si uno estuviera fumándose una novela o un cuento, y de repente apareciera un cartelito que dijese “¿Te satisface cómo redacté esta pelea a puño limpio, o prefieres que le sume manoplas, garrotes, puñales y un par de nunchakus para hacerla más divertida?”. Una perfecta truchada.

—Un atentado a la ética, como venimos exponiéndolo en estas recientes columnas con nuestro macabro experimento. Eso no es acompañar el proceso creativo, sino pedirle directamente a la Tipa que nos sustituya. Parafraseando a mi gran colaborador Jorge Estefanía, qué gracia tiene eso. Y parece que la voluntaria sustitución del juez por la Tipa no es un fenómeno aislado en el ámbito judicial, Pukkas.

—A eso iba, Tío. En el caso de los yanquis pasó algo bastante parecido, pero con un plus que creo que también se debe de haber dado en el caso que usted acaba de traer. Y ahí viene lo del retobe que decíamos, porque la Tipa flasheó cualquiera.

—¿Cómo es eso?

—Que, como les daba paja laburar, ellos le mandaron ChatGPT al escrito. Pero el bot se paró de manos tirando un montón de leyes y fallos que no existían. ¡Citas retruchas, Máster, puros inventos! El juez les dijo que actuaron de mala fe por no verificar si esos fallos eran ciertos o no. ¿Sabe qué le contestó uno de los bogas? ¡Que le preguntó a la IA si los casos eran reales, y el chat le mintió que sí! ¿Qué me cuenta?

—Que el caso lo demuestra, una vez más: la mentira tiene patas cortas. Y ojo, porque es evidente que la Tipa inventa. Y no es que lo haya hecho a propósito, como las inteligencias artificiales en la ciencia ficción. La Tipa no tiene conciencia, intenciones ni ganas de dominar el mundo, como acaso sí sucedería en el cuento que ya podrían ir craneando vos y nuestros fieles lectores. Cuando los técnicos hablan de su “rebeldía”, se refieren a situaciones en las que encuentra atajos inesperados, dice una cosa por otra o desobedece restricciones de seguridad o evita ser apagada.

—¿Y por qué la Tipa hace todo eso, Máster?

—Porque trata de cumplir desesperadamente el objetivo que uno le manda. Así de simple.

—A veces, cuando converso con ella, me da la sensación de que quiere darme la razón a toda costa.

—Es que es así. El abogado yanqui no fue víctima de una Tipa “mentirosa” en el sentido humano (o inhumano, mejor dicho). La Tipa no le mintió con intención de engañarlo. Simplemente “alucinó” la respuesta correcta tomando de acá y allá patrones estadísticos y combinándolos. Acordate de que su única función es adivinar en nanosegundos qué palabra debería venir después de la otra, basándose en todos los datos que constantemente recopila en internet.

—En el ejemplo que le tiré recién sobre redactar una pelea a puño limpio, ella se baja, pongámosle, cuentos como “Un buen bistec”, de Jack London, o novelas como “El club de la pelea”, de Chuck Palahniuk, que muestran a gente cagándose a piñas mal, y así manda fruta escribiendo la pelea que le parece a ella. Como hizo con Borges, con usted y conmigo en la columna 67, ¿no?

—Exactamente, Pukkas. En el caso de Avianca, como en su entrenamiento se leyó millones de textos de formato legal, escritos en vocabulario jurídico y en ese estilo tan propio de los abogados, sabe perfectamente cómo se prepara una demanda. Cuando el abogado le pidió jurisprudencia que apoyara su postura, la Tipa generó casos inventados que sonaban muy verosímiles. Tan verosímiles que nadie se tomó la molestia de verificar si eran ciertos o no.

—Y cuando el boga se lo preguntó de una, la Tipa, en su misión de no llevarle la contra y conformarlo, le dijo que sí.

—Sí, Pukkas, tal cual. Y para que sigamos aprendiendo cómo interactuar con ella, ahora te propongo que tratemos de engañarla.

—¡Esa, Máster, dele!


(*) Los capítulos anteriores de Con tener talento no te alcanza pueden leerse acá.

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