29 de noviembre de 2016
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Llega a juicio un estremecedor caso de violencia de género

Cristian Pilotti podría ser condenado a 15 años de prisión por la salvaje golpiza que le propinó a María Victoria Montenegro durante una fiesta electrónica en una playa del sur. El trasfondo de una causa escalofriante.

“Sos una puta, me estás haciendo quedar mal, te voy a matar porque te estás portando como una puta”, escuchó la rubia menudita que le gritaba el grandote musculoso en aquella noche de verano ideal, con música rítmica electrónica, playa y juventud. Para ella no era una reacción desconocida y para él era necesaria: eso de que su novia bailara con dos chicas minaba su virilidad y debía imponerse.

Cristian Pilotti, el grandote musculoso, arrancó a María Victoria Montenegro del corazón de la fiesta en el balneario Arena Beach y se la llevó para el estacionamiento, donde la desfiguró a golpes. Cuando Montenegro recuperó la conciencia estaba toda ensangrentada, casi no podía respirar y sus lágrimas mezcladas con sangre caían sobre el tapizado del Chevrolet Corsa. Lo único que pidió fue que la llevara a la pizzería donde trabajaba su amigo Mariano.

Lo que pudo haber sido el final de su vida, para María Victoria Montenegro terminó siendo el final de una vida. De una vida que duró 6 años pero que pareció una eternidad. Su caso llegó a la Justicia tras el artículo de la periodista Luciana Acosta en el portal 0223 en enero de 2015, y hoy entrará en la etapa decisiva del juicio por jurados. Pilotti, preso desde una semana después del hecho, afronta una posible pena de 15 años de prisión por el delito de “tentativa de femicidio”.

El juicio tendrá como fiscal a Leandro Favaro y la decisión de los 12 ciudadanos será refrendada por el juez Néstor Conti, del Tribunal Oral Criminal 2.

Una historia de manual

Desde que la sociedad le dio importancia a la problemática de la violencia de género se visibilizaron miles de casos, algunos más singulares que otros, pero la mayoría con una estructura fáctica y vincular parecidas. La historia entre Pilotti y Montenegro es, sin dudas, de manual.

“Todo el tiempo fue así, estábamos bien un tiempo, luego venía la pelea a veces con violencia, nos separábamos un tiempo, el volvía arrepentido, me pedía perdón, yo lo perdonaba y volvíamos a estar juntos y así fue casi toda la relación. Lo que pasa es que cada vez él se fue poniendo más agresivo”, confesó Montenegro.

La relación de pareja estuvo atravesada por los celos de Pilotti, un joven que logró un desarrollo físico imponente, un poco por orden genético y otro por su afición al ejercicio en gimnasios. Era diciembre de 2008, cuando se conocieron. Tenían 17 años y, como suele suceder, en los primeros tiempos el noviazgo él derramaba cariño y escenas tiernas.

Pero el instinto agresivo de Pilotti se empezó a manifestar desde la intolerancia y la persecución: “No le gustaba que tuviera en mi celular contactos de varones -dijo Montenegro-, me hacía escenas de celos de mis compañeros de la facultad o, por ejemplo, si salía por mi cuenta me hacía planteos de dónde fui o con quién”. Y entonces el círculo enfermizo se consolidó desde la víctima porque, como ella misma dijo en la causa, “los celos se empezaron a hacer cada vez más grandes y ahí eso me empezó a generar celos a mí también”.

El primer episodio de violencia fue durante un cumpleaños de Victoria, casi un año y medio después. La celebración tenía un condimento y es que se trataba de una fiesta de disfraces que continuó en un boliche. En su declaración Victoria lo recuerda como una “tortura”, ya que Pilotti le pedía que no se “hiciera la viva”, que no se “mostrara”. Pero dentro del boliche empezaron a discutir porque Victoria no aceptó que él coqueteara con dos chicas y salieron a la calle. “Y ahí fue cuando me pegó por primera vez, y yo le di una cachetada. Recuerdo que me tenía tirando de los pelos contra la pared, y no sé si me pegó o no pero sí recuerdo que estaba disfrazada de pirata y él aparece y el gorro que tenía salió volando. Al otro día nos juntamos a hablar, obviamente me pidió disculpas y lo perdoné”.

La imposibilidad de cortar el lazo se habría de repetir en los años siguientes pese a los manifiestos actos de sometimiento y control de parte de Pilotti. Algunos de los episodios no quedan muy por debajo de trances de alienación o trastornos persecutorios paranoicos. Por ejemplo, Pilotti tenía por costumbre hacer una llamada al teléfono fijo de la casa de Montenegro en horas de la madrugada. Llamaba, dejaba sonar un par de veces y cortaba. Lo repetía hasta que Montenegro le mandaba un mensaje diciéndole que estaba ahí. Eso lo tranquilizaba.

También le revisaba todo el tiempo el teléfono celular, los contactos, los mensajes, las llamadas entrantes y salientes, y llegó al extremo de instalar un programa en la computadora de la familia Montenegro que controlaba desde donde trabajaba, el Emvial de la Municipalidad.

Montenegro se fue aislando de sus amigos, no porque Pilotti se lo pidiera, sino porque ella sabía que luego llegarían los cuestionamientos ante cada encuentro, visita, charla o reunión. “Todo el tiempo me estaba haciendo planteos de lo que había hecho, con quién había estado, adónde había ido, en fin, me controlaba todo el tiempo, entonces yo sola dejé de juntarme con mis amistades, y respecto de mi familia si bien yo vivía con mis papás durante todos los años de relación, me fui aislando sola, estaba muy metida en la pareja y en mi misma, sola y a veces triste, no tenía mucha comunicación”, admitió.

La violencia se sostuvo a lo largo de la espasmódica relación, con escenas que exceden lo imaginable. “Una vez cuando él tenía moto habíamos ido a andar en Punta Mogotes. Discutimos, no me acuerdo exactamente por qué, y cuando volvíamos, él empezó a acelerar la moto con todo, y yo me largué a llorar porque me dio miedo, y le pedía que frenara porque tenía miedo y él no quería. Hasta que frenó, y cuando me vio que yo estaba mal, me pidió disculpas y me abrazó”, dijo Montenegro al fiscal.

Otra ocasión se produjo en Miramar, hasta donde habían ido con una pareja a pasar un fin de semana en una cabaña. Pilotti le cuestionó a Montenegro que se reía mucho con el amigo. Entonces volvió a suceder: “Me empezó a hacer este planteo, yo le contestaba que no me jodiera que a mí no me gustaban sus amigos y lo que pasaba es que cuando yo le hablaba él nunca podía recurrir a la palabra, directamente acudía a la violencia porque no me podía contestar. Esa tarde entonces, me pegó una piña o algo así, y me tiró sobre la cama”.

Cierta noche, Pilotti y Montenegro habían ido a bailar a Sobremonte. Con ellos estaba el mejor amigo de Pilotti. En un momento ella reconoció a un compañero de trabajo y lo fue a saludar. Según relata Montenegro, cuando saludaba a su compañero Pilotti le empezó a pellizcar la espalda, y la joven se despidió del compañero y salió al patio del boliche. “Cuando nos alejamos un poco le empiezo a preguntar si estaba loco, que cómo me iba a hacer eso, que era un compañero de trabajo, entonces me retorció los dedos, y para la gente que nos veía hizo como que me iba a dar un beso y me mordió. Me empezó a salir sangre de la boca y se me levantó una uña de una de mis manos”, señaló. Luego Montenegro logró escabullirse entre la gente, se tomó un taxi y fue a pedir ayuda al bar de un amigo, quien la curó y se quedó con ella hablando esa noche. Fue entonces cuando le contó que Pilotti la agredía.

Entre octubre de 2010 y febrero de 2011 la pareja, como otras veces, estuvo separada. Pero no fue una separación más. En ese período Pilotti mantuvo relaciones sexuales con una de las mejores amigas de Montenegro y la joven -que tenía novio- quedó embarazada. La amiga llegó al extremo del cinismo a imponerle a la bebé el nombre que Montenegro había sugerido. Pilotti se enteró cuando la bebé tenía 3 meses y le contó a Montenegro, quien lo apoyó como padre y lo acompañó a realizar los trámites judiciales para definir el régimen de visitas.

El hecho, que parece decorativo, sirve para reconstruir el estado de subyugación al que descendió la víctima en su incapacidad por alejarse de Pilotti.

En su breve declaración ante la Justicia, Pilotti se negó a responder las preguntas dirigidas a los episodios de violencias anteriores que no sólo fueron descriptos con minuciosidad por Montenegro sino que también fueron respaldados por otros testigos.

La noche del final

El 7 de enero de 2015 Pilotti y Montenegro ya no eran novios, pero mantenían la relación con esa cercanía propia de los noviazgos. Los meses que no se frecuentaban quedaron atrás y volvieron a encontrarse para festejar el cumpleaños de Pilotti. Ya nadie del entorno de ella quería que lo siguiera viendo y fue por eso que aquel miércoles montaron una estrategia de adolescentes. El la pasó a buscar por su casa, aunque ella lo esperó a la vuelta de la manzana.

De allí fueron al Camping Municipal donde se reunieron con la madre y los hermanos de Pilotti. En una ocasión, la madre había sido testigo de la violencia, una noche en la que Pilotti la llevó a su casa toda golpeada. Esa vez ella y su esposo se habían ocupado de Victoria, ensangrentada y herida. La habían hecho dormir y propuesto una charla entre todos al día siguiente. Pese a todas las promesas de cambio, Pilotti siguió siendo el mismo como se corroboraría después del encuentro en el Camping Municipal.

La cálida noche de verano transcurrió entre cervezas, brindis con champagne por los minutos que quedaban para el cumpleaños de Pilotti, y chizitos, en una previa “familiar” con el objetivo de disfrutar la medianoche, y la madrugada, él y ella, en la fiesta electrónica de Destino Beach, un nombre revelador. Porque esa noche, en la playa, el destino de María Victoria se torció para siempre. La golpiza, el coraje para denunciar, la intervención judicial, su convalecencia y su nueva vida, la cual a partir de hoy puede empezar a cerrar definitivamente un mal recuerdo.

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