CERRAR

La Capital - Logo

× El País El Mundo La Zona Cultura Tecnología Gastronomía Salud Interés General La Ciudad Deportes Arte y Espectáculos Policiales Cartelera Fotos de Familia Clasificados Fúnebres
28-12-2012

Aquellos años felices

Segundo informe especial de los torneos marplatenses de básquetbol entre 1975 y 1985.

por Sebastián Arana

De todos los muy buenos años que el básquetbol marplatense vivió en este período, 1979 brilla con luz propia. A Mar del Plata llegaron ese año jugadores de gran calidad. Los más importantes, Eduardo “Cachorro” Benítez a Católica y el “Bicho” Oscar Ferrieri a Kimberley. Pero más vigorizante todavía para el medio fue la apuesta de Peñarol y Quilmes de traer cada uno una pareja de estadounidenses, que le dieron a los torneos locales un interés inusitado. Paralelamente, con la posibilidad de reforzarse con todos ellos, la selección local, al mando de Tomás Bello, tuvo un calendario de amistosos de máxima jerarquía, con visitas ilustres como las de Partizán de Belgrado, Real Madrid y Amazonas Franca de Brasil.

En junio de 1979, con una rueda jugada del torneo Preparación, Quilmes, con muchos jugadores suspendidos por una gresca en un cotejo disputado por la Copa de Juventud Católica, trajo al alero Jesse Hubbard y al pivote blanco Steve Criss.

Meses después Peñarol, poco antes del Oficial que comenzó en noviembre, replicó con las contrataciones del alero Eugene Holloway y del pivote Stan Cooper.

“Lo de los americanos fue cosa de mi hermano Roberto, que por entonces era presidente de la AMB - rememoró Miguel Otálvarez, dirigente del básquetbol peñarolense-. El quería que todos los equipos trajeran dos para armar un torneo fuerte. Incluso, quiso armar una especie de draft. Pero no tuvo eco y nunca todos trajeron al mismo tiempo”.

Así como muchos sostienen que Bob Misevicius fue el mejor que pasó por Mar del Plata por aquella época, también se sostiene que la destreza individual de Holloway fue insuperable. “Hasta que nosotros no trajimos a él y a Cooper, nunca figuramos. Siempre presentamos un equipo con jugadores nacidos en el club, como Guillermo Kubo, Arturo Ferrara, Albertito Leone…Pero nos faltaba fuerza, no teníamos grandes…”, contó Otálvarez.

Quilmes, en cambio, sí figuraba. Era el eterno candidato del torneo marplatense. “Está mal que yo lo diga, pero así fue históricamente. Quilmes llegaba casi siempre a la final con algún otro. Con Sporting, con Unión, con Kimberley, esa vez con Peñarol. De pibe, en inferiores, el clásico nuestro era Unión, que tenía la camada de Juan Rey, de Juanicotena…”, recuerda Daniel Cotignola, jugador quilmeño en aquellos años.

Quilmes, en aquel 1979, con Hubbard y Criss, no tenía mucho que envidiarle a Peñarol. “Ellos dos y Holloway y Cooper tenían una calidad de juego que hoy hubiera sido importante –continuó Cotignola-. Por entonces ni se hablaba de cambios de extranjeros. Por ahí también el nivel del juego nuestro provocaba que un extranjero marcara diferencias mucho más importantes”.   

Esos primeros americanos, además, cayeron muy bien entre sus compañeros y el público. A Arturo Ferrara, base de aquel Peñarol, se le ilumina la cara cuando recuerda aquel tiempo. “Los americanos eran personajes. Ellos cobraban y nosotros no. Pero los llevábamos a comer, los sacábamos de joda, les presentábamos chicas. Fue un período hermoso. Las canchas se llenaban...”, dice con alegría.

“Me acuerdo -continuó Cotignola- que mi abuelo estaba embromado de salud y Jesse y Steve me acompañaban a verlo al hospital. Con los años, en 1985, vino a jugar con nosotros William Granberry. Y se venía a mi laburo a tomar mate. Son gestos que hoy ya no se encuentran”.

Marcaban tanta diferencia los "yanquis" que una final entre Peñarol y Quilmes fue una consecuencia lógica para el Oficial de 1979. Y todo el ambiente se preparó para vivir una fiesta. “Me acuerdo que en los dos primeros partidos finales hubo que poner el cartelito de ‘No hay más entradas’. Fuimos a Sporting para el tercero y lo mismo. Reventamos la cancha. Estamos hablando de mil doscientas personas, más o menos. En Peñarol metimos novecientas, algo que era imposible...”, aseguró Miguel Otálvarez.

Cotignola, protagonista de esas tres finales, recordó que para la tercera hubo que cambiar el lugar de la entrada de Sporting. “Se ingresaba por dónde hoy está el restaurant junto al público. Pero a nosotros nos hicieron dar la vuelta por las dudas por cómo estaba de llena la cancha. Eran tremendos los duelos con Holloway y Cooper de un lado y Hubbard y Criss del otro. Con el Flaco Peppe nos marcábamos mutuamente. Fue uno de los grandes momentos que viví como deportista”, afirmó.

Tras ganarse mutuamente en condición de locales, aquella noche Peñarol se impuso 85 a 83 y se consagró campeón del Oficial a diecisiete años de su último título. Pudo ser para cualquiera. Y aquel muy buen equipo de Quilmes “mancó” porque Criss llegó al final cargado de faltas y Jorge Iriarte, que marcó aceptablemente a Holloway, salió por cinco en la recta final. Y así Peñarol se quedó con aquel antecedente de clásico. Cuando a nadie se le cruzaba la cabeza la rivalidad que se iba a generar con los años.

Es más, tan buenas eran las relaciones entre ambos clubes que al verano siguiente los dos equipos viajaron juntos para reeditar aquella final en Balcarce y otras localidades de la costa. Otros tiempos.

Esos meses fueron los únicos de gran rivalidad deportiva entre Peñarol y Quilmes en el torneo local. En 1980, de aquellos cuatro americanos, sólo Hubbard se quedó todo el año. Quilmes siguió peleando, con retoques, casi todos los torneos. Y Peñarol recién se rearmó en 1983, con la vuelta de Holloway y con Donald Baker, ya con olor a Liga Nacional en el aire.

Sporting y tres momentos de gloria

Si alguien con autoridad para hablar del básquetbol de Sporting de esos años, sin dudas, esa persona es Roberto Duc, cuyo club de origen, aunque muchos lo desconozcan, fue el desaparecido Estudiantes. Pero en Sporting jugó desde 1968 hasta que se retiró en 1980. Y luego fue el entrenador. Integró el equipo campeón de 1975, el bicampeón de 1980 y fue el entrenador del conjunto que ganó el Oficial de 1984 y el Preparación de 1985.

"El Sporting del '75 era un muy buen equipo. Nando Díaz, Nicolás Dafnos, Miguel Muñiz, Cacho Ilariucci, el Ruso Muñoz...Nando era un grandote de casi dos metros y manejaba la pelota como un petiso. El único problema con él era que era bravo hacerlo ir a entrenar. Me acuerdo que cuando llegábamos a la cancha y le preguntábamos por él a Don Beto, su papá, nos decía siempre que estaba durmiendo. Y estábamos con el corazón en la boca hasta cinco minutos antes de los partidos. Pero en la cancha era un genio. Si hubiera nacido después, hubiera jugado la Liga. El Ruso y Miguel Muñiz, dos locos lindos. Cuando le tiraba en un contraataque la pelota al Loco Muñiz nunca sabías lo que iba a hacer. En lugar de ponerla en bandeja, hacía firuletes y la revoleaba con efecto. Por ahí la metía, por ahí la erraba. Y se cagaba de risa...", recuerda Duc.

"En el '80 de aquel equipo de 1975 quedábamos Nando, yo y algunos chicos, nada más. Carlitos Galera era el base suplente. Y vinieron Molinari, Jovito Correa y los americanos. Era un muy buen grupo. Después de los partidos nos íbamos siempre todos a comer al club o a Defensores de Belgrano. Si ese equipo hubiera participado en algún torneo nacional hubiera andado muy bien. Lástima que todavía no existía esa idea geográfica de jugar por todos lados", continuó.

Los americanos, Bob Misevicius y Glenn Shudop, casi por unanimidad, se recuerdan como la mejor dupla de aquellos años en los torneos locales. "Tomás Bello, que era el técnico del equipo, los fue a buscar a Estados Unidos. Eran sensación. Y dos buenos tipos. Bob, que se casó con la secretaria del club, muy centrado. Shudop estaba más para el espectáculo. No había tiro de tres todavía, pero Misevicius tenía un lanzamiento exterior mortífero, que sacaba de arriba de la cabeza. Posteado tampoco lo podían parar. Y con Shudop empezamos a hacer el famoso alley-oop: la tirábamos para arriba y él con sus 2,16 metros siempre llegaba", definió.

Esa opinión era compartida hasta por los rivales. Rubén Muñoz, por entonces, los sufrió en Católica. "A Shudop no lo parabas ni cagándolo a piñas. Basualdo lo mataba y le llenaba la canasta. Jugaba bien. Y Misevicius era distinto, el mejor de los que vino, el jugador por excelencia de su época. Bob lo hubiera cagado a pelotazos a Rick Reed. Iba un segundo adelantado, inteligentísimo", comentó con respeto.

Ese equipo ganó invicto el Preparación y también se llevó el Oficial en una gran final a tres partidos con Quilmes. El último, con más de mil quinientas personas en el Piso de Deportes. Ese día Duc colgó las zapatillas. "Me llevé la pelota y el aro. Todavía los tengo", confesó.

Sporting armó otro gran equipo en 1984, ya pensando en su futura incursión en Liga Nacional. Con la llegada de Carlos Menard, Néstor Pasetti, Delfor Bustamante, Alfred Barnes como extranjero y en 1985 con "Gurí" Perazzo. Y con Duc de técnico ganó dos torneos consecutivos. "Ya era todo más profesional. Otro buen equipo. Fue una gran experiencia para mí. Lástima que todo se vino abajo tras la incursión en la Liga C. Se hacía todo muy a pulmón...", finalizó.

La derrota triunfal

La selección de Mar del Plata, reforzada por todos los jugadores que militaban en los equipos de la ciudad, incluidos los extranjeros, disputó aquel año amistosos de real jerarquía internacional. Hoy parece un sueño la posibilidad de traer aquí a equipos del calibre de Real Madrid o Partizán de Belgrado.

La "plata dulce" lo hizo posible. Pero también el modo en el que se armaban las giras de los equipos extranjeros. "Los traían los clubes de Buenos Aires, que después los hacían jugar en las plazas más importantes del interior. Mar del Plata para ellos era ideal. Y acá siempre se les respondió. Mancini lo llamaba a mi hermano Roberto y ofrecía el equipo. Arreglaban la plata y venían. Y la gente respondía", explica Miguel Otálvarez.

Aquel año, por ejemplo, la "Roja" derrotó aquí a Boca, River, Estudiantes de Bahía Blanca y Olimpo. Y al Amazonas Franca de Helio Rubens. Y perdió con la Selección de Provincia, con todos los monstruos de Bahía Blanca, Obras, Independiente, Lanús y Gimnasia. Pero la frutilla del postre fueron las presentaciones en el “José Martínez”, traídos por Quilmes, de Partizán de Belgrado y Real Madrid.

El cotejo ante los balcánicos, jugado el 29 de junio, fue histórico. Mar del Plata le dio un soberano susto a un equipo que tenía como máxima estrella a Dragan Kicanovic y a otros siete jugadores de la selección de su país, que un año atrás se había consagrado en el Mundial de Filipinas.

"Me acuerdo que el técnico yugoslavo le pegó una piña a la mesa. ‘¿De dónde salieron estos?’, preguntaba", recordó el periodista Luis Carlos Secuelo.

Juan Rey jugó aquel partido. "Nos acercamos porque en el segundo tiempo Jesse Hubbard, que era muy alto, marcó muy bien a Dragan Kikanovic, uno de los más maravillosos jugadores de la historia del básquet FIBA. Cuando lo marcó un jugador más petiso, nos mató a goles. Los yugoslavos, entonces, tenían físicos como los de ahora. Nosotros ni conocíamos lo que era un gimnasio", recordó.

Partizán ganó 87 a 85. Pero la gente se quedó largo rato aplaudiendo al equipo local. Fue la página más brillante de la selección local en su historia.