Sin glamour, pero con un nivel de excelencia
El 24º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata llegó a su fin dejando los mejores recuerdos.
La vigésimo cuarta edición del Festival Internacional de Mar del Plata acaba de llegar a su fin.
No fue un Festival "glamoroso", es cierto. Hubo pocas "estrellas" y las argentinas llegaron recién para despedirlo.
Pero hubo buenas, excelentes películas. Y de eso se trata, en definitiva, un Festival.
Ahora habrá que empezar a pensar en el del año que viene.
Si tiene la misma calidad, mejor. Y si vienen las "estrellas" que le gusta ver a la gente pasando por la alfombra, mejor aún.
Claro está, la gente tendrá que enterarse con mucho más tiempo que este año. Y para eso, habrá que trabajar mucho más y convocar a participar. Como se hizo otros años, con los comercios adornando sus vidrieras, con cartelería en los barrios, con los pibes de las escuelas en el cine -algo así como hizo el Incaa con el Programa País pero con nuestros chicos-.
Habrá que procurar que los marplatenses sientan como propio al Festival y no sólo cuando se está haciendo -la respuesta en las salas, como todos los años, ha sido fenomenal-, sino cuando se está preparando. O sea, desde hoy mismo, con la mirada puesta en la edición número veinticinco.
Mientras tanto, quedan en el recuerdo la simpatía del brasileño José Wilker, la "invasión vikinga" de la "troupe" de José Campusano, la alegría de los mexicanos que se llevaron el Astor de Oro, la lindísima locura de Tetsuo Lumiére y su extraña película, el repentismo de Javier Fesser, el dinamismo -una vez más- de José Martínez Suárez, las larguísimas colas en los distintos cines y los estudiantes consultando las grillas y comiendo cualquier cosa, al paso, para llegar de una a otra sala y no perderse nada. Y las imágenes de una ceremonia de clausura que nadie se quiso perder, desbordando la sala Piazzolla del Teatro Auditorium.
