4 de October de 2013

Murió María Wernicke

Fue escritora, poetisa, autora de canciones inolvidables y conductora de programas radiales de gran audiencia.

María Wernicke había nacido el 2 de abril de 1930 en Buenos Aires, pero en 1954 eligió Mar del Plata para vivir y ya no se fue nunca de acá.

Fue escritora, poetisa, autora de canciones inolvidables y conductora de programas radiales de gran audiencia.

Ayer falleció y quien fuera un gran amigo suyo, el periodista Nino Ramella, escribió una nota que sintetiza todo el amor que él y la ciudad le prodigaron.

Hoy llorarán los tilos

por Nino Ramella

A la distancia me llega una de esas noticias que deseamos inútilmente que jamás se produzca. María Wernicke, aquella María de la que escuchaba de chico en casa de mis tíos en Necochea y que luego reapareció en mi vida como una inagotable gota de miel que hacía que viéramos el mundo como esa tromba sensual que nos envuelve hasta consumirnos, murió esta mañana.

Una tras otra se suceden las imágenes de innumerables veces en que compartimos momentos con entrañables amigos o bien solos, cuando la confidencia en su boca se transformaba en una música que conjuraba cualquier dolor.

Sólo estar a su lado era un deleite del que nadie en la vida debería haberse privado. Al lado de María uno sentía que las cosas se ponían en su lugar. Que era absurdo el remordimiento por lo banal y que valía la pena gozar de la vida con aquellas cosas a las que no damos importancia. ¿Qué tenía María para que con su tono de voz y la originalidad de una palabra convirtiera un objeto insignificante en el aleph del universo?

Además era divertida y no podíamos menos que reír a cada rato junto a ella. Sus proverbiales distracciones y metidas de pata son memorables y razón de complicidad hasta que se convertía en anécdota para evocar siempre.

Todo en ella cobraba un sentido distinto. Un árbol podía ser música, la tristeza dulzura y el amor carnal un momento sublime coronado por un collar de besos y harina. Atesoro sus regalos, sus cartas, y últimamente sus emails como si fueran testimonios de la suerte que tuve en la vida. Pero nada de eso nos devolverá a esa María que la absurda muerte nos arrebata. Quisiera decir que una sonrisa acompaña su recuerdo. No se puede. No tengo su talento ni su hondura. Fusilado de tristeza hoy, como los tilos a los que María cantó, no tengo manera de no ponerme a llorar.

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