14 de November de 2015

"Hoy el anarquismo sería imposible, la demanda incorporada en la sociedad es la demanda al Estado"

En La mecha encendida, su último libro, el escritor Ramón Tarruella cuenta los atentados anarquistas más resonantes de Argentina.

por Luciana Mateo

El 1° de febrero de 1931 una multitud se agolpó en las puertas del Servicio Penitenciario Nacional. La dictadura militar que empezó en 1930 encabezada por José Félix Uriburu había reinstalado la pena de muerte y ese día el Estado argentino iba a fusilar al anarquista italiano Severino Di Giovanni.

"La descarga terminó con el más hermoso de los que estaban presentes", dijo después Roberto Arlt, testigo del fusilamiento, en la crónica que escribió para el Buenos Aires Herald.

Di Giovanni, uno de los tantos anarquistas que se instaló en nuestro país entre fines del siglo XIX y principios del XX, fue quizá el eslabón final de una cadena que se inició con la llegada de miles de inmigrantes con ideas libertarias que encontraron en las injusticias y miserias de la clase obrera el caldo de cultivo ideal para operar.

"Me parece que lo que queda de Di Giovanni es el último resto del anarquismo en Argentina. Él fue el último romántico épico", dice Ramón Tarruella, autor de La mecha encendida (Ediciones Lea, 2015), el libro en el que analiza los atentados anarquistas más resonantes de nuestro país.

Allí Tarruella cuenta la historia de Simón Radowitzky que mató al jefe de policía Ramón Falcón- y de Kurt Wilckens que vengó la matanza de 1.500 obreros patagónicos asesinando al teniente coronel Héctor Benigno Varela- pero también de otros anarquistas menos conocidos.

"En Argentina el anarquismo fue básicamente un fenómeno urbano que después empezó a expandirse hacia las zonas rurales", analiza Tarruella, y describe la diversidad de tipos sociales que integraron el movimiento: "en realidad no hubo algo organizado sino que dentro del gran flujo inmigratorio que llegó a Argentina a fines del siglo XIX vinieron muchos anarquistas italianos, rusos, españoles... Entraron desde peones y trabajadores analfabetos hasta inmigrantes que ya venían con una experiencia política importante".

- ¿Qué encontraron los anarquistas extranjeros en Argentina?

- Muchos de esos militantes que venían con una experiencia política encontraron un territorio fértil; por un lado porque acá prácticamente no había organizaciones obreras y, por el otro, porque había una explotación terrible a los trabajadores. Quizá el hombre más emblemático fue Errico Malatesta, que según varios investigadores fue uno de los que más diseminó el anarquismo en Argentina.

- ¿Se puede decir que en Argentina el anarquismo fue un fenómeno individual?

- El libro trabaja los atentados, y los atentados sí fueron acciones individuales, sin ningún tipo de complicidad. Con el atentado surge la figura del vindicador, una figura casi épica, del tipo que venga al verdugo de la clase obrera.

- ¿Qué tomaron del anarquismo las organizaciones que surgieron después, como el peronismo?

- Muchas reivindicaciones del anarquismo de ese momento -jornada de 10 horas, mejores salarios- las tomaron después el socialismo y el peronismo. Las primeras organizaciones obreras fueron constituidas por los anarquistas y el peronismo después aprovechó un momento de crisis. La gran diferencia es que el peronismo organiza el sindicalismo desde arriba -desde el Estado- y el anarquismo es una formación sin ninguna intención de llegar al Estado. Cuando algo se organiza desde el Estado pierde ese grado de espontaneidad y rebeldía, que es un poco lo que pasó con el sindicalismo peronista.

Atentados frustrados

Manuel Quintana, José Figueroa Alcorta, Victorino de la Plaza e Hipólito Yrigoyen tienen en común algo más que haber sido presidentes argentinos: todos fueron blanco de atentados anarquistas frustrados.

"Eso marca la precariedad de la organización individual, que además se ve en las armas que utilizaban, como en el caso del atentado al presidente Manuel Quintana en 1905, en el que Salvador Planas y Virella disparó con balas falsificadas", dice Tarruella.

- Muy distinta fue la organización y el accionar de los movimientos que surgieron en los ?60 y ?70. ¿Cuáles fueron esas diferencias?

- La gran diferencia entre la violencia política de los ?70 y la violencia del anarquismo es que en los ?70 las organizaciones guerrilleras buscaban tomar el poder, querían construir un Estado con un proyecto concreto, y el anarquismo no. La experiencia política del anarquismo era una acción directa, puntual y nada más, quería provocar el impacto para generar un cambio desde ese impacto. Pero el anarquismo nunca quiso tomar el poder.

- ¿En la actualidad hay movimientos anarquistas en el mundo?

- No, hay movimientos minoritarios que no tienen mucho peso. Aparte generan reivindicaciones particulares, por ejemplo las organizaciones mapuches que son organizaciones comunitarias regionales unidas por una cultura propia y que de alguna manera quieren defenderse del Estado. Hoy en día me parece que el anarquismo funciona más como un ideario humano libertario filosófico que como una cuestión concreta; hoy los estados están manejados por partidos políticos relacionados con corporaciones que a su vez están relacionadas con el poder mundial.

- No estarían dadas hoy las condiciones en Argentina para el resurgimiento del anarquismo?

- No, hoy el anarquismo sería imposible, más allá de que haya eventos aislados sin peso político; la demanda incorporada en la sociedad es la demanda al Estado: los planes sociales, los sindicatos, los polos exportadores? es al Estado a quien se le reclama. El anarquismo tuvo un pequeño resurgimiento con el rock de los ?70, que de alguna manera rescató la idea libertaria y eso también generó una especie de atracción. Pero queda como una especie de souvenir? que dista mucho de lo que era el anarquismo original.

Vigilantes, cañoncitos y suspiros de monja

Las clásicas facturas que comemos hoy en día fueron bautizadas con humor e ironía por los panaderos anarquistas.

En el libro, Tarruella cuenta que "a cada institución le correspondió un nombre de factura dulce. El suspiro de monja y bolas de fraile, sugestiva forma de referirse al sexo ausente de la Iglesia. Los cañoncitos y la bomba de crema, ironía sobre el poder bélico del ejército. Los vigilantes, fritos y ricos en dulce, metáfora de la cachiporra de la policía".

Novela de póstuma Martín Malharro

El mes próximo la editorial Mil Botellas publicará la cuarta novela del escritor y periodista Martín Malharro.

El libro -que se titularía Cartas marcadas- es la obra póstuma del autor fallecido en mayo pasado y continúa la saga del detective Mariani, inaugurada en 2007 con Banco de niebla.

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