Juan Carlos García Reig (8-VII-60 / 6-II-99)
Quince años sin Cachi
Un 6 de febrero de hace hoy exactamente quince años se murió Juan Carlos García Reig. Tenía 38 años y no estaba enfermo. Un ataque al corazón le quitó su vida y un poco de la de sus amigos, sus lectores, aquellos que no podían menos que sucumbir al magnetismo de una personalidad y talento que sólo se conjugan en los elegidos. Todos somos especiales, pero Cachi fue el más especial.
Escritor exquisito con dos libros - Bacará (1983) y Los días de miércoles (1986)- logró inscribir su nombre para siempre entre las expresiones más destacadas de la literatura marplatense, inclusive trascendiéndola, ya que sus cuentos aparecían una y otra vez en antologías y publicaciones en todo el país.
Si es cierto que la ironía es hija del humor y la inteligencia fue en Cachi que estos tres dones cobraban vida. Sus maneras literarias expresaban en sus textos ni más ni menos que esa particular manera de ver, mirar en realidad, la vida. A su lado cualquiera de nosotros parecía balbucear y tener una percepción binaria, pedestre de las cosas.
Cachi construía universos partiendo de un detalle. Esa fortaleza era también su gran debilidad. Una palabra podía herirlo seriamente. Entonces era él el que hacía el mayor esfuerzo por armonizar en esta historia de compartir el tiempo. A mí no me es muy fácil andar por la vida, ¿sabés? Claro que lo sabíamos. Tenía que interactuar con una mayoría que sintonizaba otra frecuencia.
Esa alteración de la rutina con la que la mayoría de los mortales nos entendemos cotidianamente encendía a cada momento situaciones hilarantes que acuñaron el inagotable anecdotario que tiene a Cachi por protagonista y que sus amigos atesoramos y comentamos cada vez que lo evocamos.
Además, y creo necesario destacarlo muy particularmente, Cachi era muy marplatense. En su literatura y en sus búsquedas el sabor de lo local fue preponderante.
En el prólogo de su último libro, Juan Sasturain menciona: Ahora es este hermoso ?Los días de Miércoles? que abre el libro, lo llena de inteligencia y buenas maneras literarias: arremete contra el mito de creación de una ciudad /un pueblo/ un universo con antecedentes en Brausen, Faulkner y García Márquez y no se achica, casi diría que está pidiendo a gritos más aire, más páginas para dejar andar a tantos personajes ricos de gestos y tan queribles.
En un momento me tocó elegir un director para el Centro Cultural Victoria Ocampo, Villa Victoria. Se lo propuse a Elio Aprile. Ambos llegamos a aquel acto con gran alegría. No era por amigo sino por sus cualidades que llegaba a ese sitio, pero era nuestro amigo.
Hasta ese momento Cachi había sido, desde el Ente de Cultura, el impulsor de ideas que fructificaron en realizaciones muy enriquecedoras. Una variada programación se concretó como recordación de los 250 años de la llegada de los jesuitas a nuestro territorio, que él se empeñó en llevar a cabo. Fue también Cachi el que obstinadamente recuperó el Premio Municipal de Literatura (olvidado por años), que también por su iniciativa lleva el nombre de Osvaldo Soriano.
En ese espacio, el de la Villa Victoria, plantamos un ginkgo biloba a un mes de su muerte, que hoy crece robusto y soberbio. Había yo escrito un texto para ese acto, que por mi imposibilidad de hacerlo lo leyó María Wernicke. Ese gesto cobra hoy una importancia particular. Hace poco despedimos a María y acaso no nos acostumbremos a esa ausencia como no hemos podido acostumbrarnos a la de Cachi. Lamentablemente descreo del más allá para fantásticos reencuentros.
Para mi cumpleaños de 1990 Cachi escribió en el dorso de una postal de El loco de Picasso: Nino: En 1986, para tu cumpleaños, te regalé una botella con un pergamino enroscado adentro. Te hice un gran regalo. Es lo único que escribí en serio en toda mi puta vida. Desenroscalo y leelo una vez más. Pasan los años y no paro de reírme. Te quiere y te abraza. Cachi
Lo desenrosco, lo leo y también me río: Guía del náufrago solitario. Sobrevivientes del último naufragio del mundo Coronados por el desvarío del tiempo Comprendimos al fin que todo es simplemente bello Burlamos las trampas del amor y la verdad Para nosotros ya no hay rescate Estamos condenados a morirnos de risa.
