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06-04-2014

Mateo Banks, el primer asesino múltiple de la provincia

Murió intentando ser olvidado, aunque sus crímenes lo condenaron más allá del tiempo que duró su reclusión. Su pueblo lo ignoró cuando trató de volver, pues el recuerdo de sus felonías quedó en el ADN de la ciudad de Azul.

por Hernán Gabriel Marty

LA PLATA (Corresponsalía).- Morir por resbalarse en la bañera resulta una forma poco elegante, para quien fuera el primer asesino múltiple en la provincia de Buenos Aires, pero es la verdad. Un jabón ajustició a Mateo Banks a los 77 años, luego de que este debiera mudarse de su Azul natal, a la pensión de la calle Ramón Falcón 2178, en la ciudad Buenos Aires. Había pasado 27 años encerrado por sus crímenes.

La sociedad de su pueblo no lo perdonó jamás por las ocho muertes que cometió en 1922 y por eso, tras intentar volver, debió mudarse a Buenos Aires. Habiendo permanecido 25 años en el penal de máxima seguridad de Ushuaia, donde convivió con otros presos famosos, como Cayetano Santos Godino (el Petiso Orejudo) y Simón Radowitzky (el anarquista que había asesinado en 1909 al jefe de policía Ramón Falcón), Banks falleció el mismo día en que se mudaba, en un accidente doméstico en el baño, aunque su acta de defunción decía que era Eduardo Morgan.

Pero si bien la historia de este asesino múltiple terminó de manera casi ridícula, había comenzado con un baño de sangre y muerte el 18 de abril de 1922, cuando para conseguir pagar sus deudas de juego, mató a 8 personas con la esperanza de que así se resuelvan sus penurias de dinero y seguir ostentando la posición social que hasta el momento detentaba.

La historia criminal de este prominente chacrero argentino de ascendencia irlandesa, comenzó el mediodía del martes 18 de abril de 1922 cuando disparó su rifle Winchester sobre la espalda de su hermano Dionisio a quien debió rematar con un segundo tiro. Dionisio estaba acompañado por su hija Sarita, que también fue víctima de dos disparos de su tío. Pasada la tarde eliminó también al único peón que trabajaba en la chacra, Juan Gaitán y a otro empleado de su otro campo llamado ‘El Trébol’ de nombre Claudio Loiza. Allí vivían sus otros hermanos, Miguel y María, y la esposa del primero, Julia Dillon.

A las once y diez, comenzó su segundo raid de muerte y eliminó primero a María, su hermana. Momentos más tarde fue el turno de Julia, su cuñada y finalmente culminó con Miguel, su hermano, a quien le asestó un mortal balazo en el cuello.

En ‘El Trébol’ aún quedaban vivas tres personas, sus dos sobrinas, Cecilia y Anita Banks, de 15 y 5 años, hijas de Miguel y Julia, y María Ercilia Gaitán, la hijita del peón, de 4 años. La suerte de las niñas marcaba que de las tres, una no sobreviviría. Mateo entró al cuarto donde dormían, mató a Cecilia y encerró a las más pequeñas en un cuarto vacío.

A las 4 de la mañana del 19, tras 15 horas de furia asesina, Mateo Banks había exterminado a toda su familia, tres hermanos, una cuñada, dos sobrinas y dos peones; para cargarse sobre el lomo la vida de sus ocho víctimas.

Se dirigió hacia el pueblo para denunciar a sus peones como los asesinos de su familia, pero quedó caratulado como el principal sospechoso de la Masacre de Azul, pues era el único sobreviviente de esa orgía de sangre en ‘La Buena Suerte’ y ‘El Trébol’ las fincas de la prominente familia Banks.

En sus inmediaciones, yacían los cadáveres de Dionisio, Miguel y María Ana Banks, Julia Dillon, las niñas Sarita y Cecilia Banks, además del cuerpo de uno de los peones, Gaitán, pues el de Loiza se encontraba en el camino que unía ambas chacras.

La coartada de Banks era simple, repetía una y otra vez que Gaitán y Loiza lo habían atacado tras abatir a toda su familia, y basado en la respetable posición que su apellido ocupaba en la sociedad de Azul de principios del siglo XX, esperaba que todo se resolviera rápido en su favor, para poder acabar así con las penurias devenidas de sus problemas con el juego.

El comisario Luis Bidonde detuvo a Mateo Banks, inculpado por la muerte de Gaitán y desde La Plata llegó el reputado investigador, el comisario Ricardo de la Cuesta, quien se hizo cargo de los largos y exhaustivos interrogatorios.

Mateo era el único testigo vivo y también principal sospechoso de los crímenes, aunque no se cansaba de repetir su versión, pero poco a poco las contradicciones empezaron a aparecer en su relato y el estudio de balística sobre los cadáveres de las víctimas apuntaba en una sola dirección, su arma. Su suerte estaba echada.

Finalmente, un dato terminó de poner las cosas en su lugar y de arrojar el motivo de la masacre a los ojos de los investigadores, Mateo Banks estaba completamente arruinado, mientras que sus hermanos gozaban de fortuna y prosperidad.

Tres semanas después de los horrendos crímenes, el asesino confesó.

El juicio a Mateo Banks, acusado de ocho homicidios consumados con premeditación y alevosía, tuvo lugar en el Sport Club de Azul, habilitado como tribunal. En el juicio, Mateo Banks se retractó de la confesión, pues según dijo le había sido arrancada con torturas. Pero las evidencias reunidas en la acusación del fiscal, el doctor Horacio Segovia, eran lapidarias contra Banks.

Segovia aseguró que Banks planeó el múltiple asesinato con total racionalidad y cada movimiento había sido pensado en función de heredar a sus hermanos y librarse del crimen, acusando a dos peones que el mismo se encargó de ultimar.

Ningún abogado aceptaba representar al múltiple asesino, por lo que finalmente asumió esa función el joven defensor de oficio Luis Larrain, que hizo lo imposible por salvar a su cliente insistiendo en la culpabilidad de los dos peones.

El 3 de abril de 1923, la vista de la causa se dio por concluida y el tribunal, integrado por los doctores Lisandro Salas, Abdon Bravo Almonacid y Armando Pessagno, lo condenó a reclusión perpetua. Larrain alegó vicios de forma y pidió al tribunal la nulidad del proceso, que le fue concedida. El juicio se realizó por segunda vez, pero trasladado a los tribunales de La Plata.

Para este segundo juicio, Banks contrató al mejor penalista del país, Antonio Palacios Zinny, pero su esfuerzo fue en vano, ya que el tribunal de alzada confirmó la sentencia de culpabilidad y la pena de reclusión perpetua en la prisión de máxima seguridad en Ushuaia.

Durante su permanencia en ‘la cárcel del fin del mundo’, fue un preso de conducta ejemplar y concedió numerosas entrevistas, para las cuales el director del penal le prestaba su despacho.

Pero la peor condena que sufrió Banks fue la que le impuso su propio pueblo, al que intentó volver cuando recuperó la libertad en 1949, la exclusión social se lo impidió y se convirtió en el Don Nadie que jamás quiso ser. Su nombre y sus crímenes inspiraron dos tangos, Doctor Carús, de Martín Montes de Oca, y Don Maté 8, de José Ponzio.

Impulsado por la búsqueda de una nueva vida, cambió de identidad y se trasladó a Buenos Aires. Con documentos falsos a nombre de Eduardo Morgan, alquiló una pieza sin baño en la pensión de la calle Ramón Falcón 2178, en el barrio de Flores. El mismo día de la mudanza, con una toalla y un jabón, se dirigió al baño común y cerró con llave. A los 77 años murió de un golpe en la cabeza, al resbalarse en la bañera. Para algunos una muerte limpia, para otros el inédito final para una vida de horror.