¿Qué hay detrás del auge de las denuncias sobre abuso sexual infantil?
Por Patricia Perelló (*)
¿Qué sucede en nuestra ciudad que desde comienzos de la década del 2000 hasta la actualidad han proliferado las denuncias colectivas de abuso sexual infantil?
¿Estamos frente a una pandemia de abuso, y muchas personas, sobre todo docentes, se han contagiado de esta patología?. La respuesta obviamente es negativa.
Estimo que nos encontramos frente a una situación mucho más compleja.
Se suman una serie de intrincados factores, entre los cuales podríamos mencionar la incapacidad de reflexión de nuestra sociedad, que pasa al acto en forma directa, sin mediatización alguna. Esta actitud genera que frente a la mínima situación que involucre a niños y pueda resultar confusa a ojos de los progenitores, se formulen apresuradamente un cúmulo de denuncias penales, generalmente infundadas, que arrojan como resultado la destrucción pública de las personas que se ven sometidas a procesos judiciales que acarrean el mayor de los repudios sociales.
No debe soslayarse en modo alguno el daño psicológico que se causa a los menores tratados como víctimas de abuso sin serlo. Al estrago que generan las falsas denuncias de abuso, se suma el accionar de algunos operadores judiciales, quienes en lugar de poner una cuota de cordura, generalmente agregan factores que profundizan el conflicto.
Uno de estos factores, en mi experiencia el más relevante, es la delegación de sus funciones investigativas en algunos psicólogos, supuestamente expertos en ASI (abuso sexual infantil), y que en numerosas ocasiones aportan una visión subjetiva y sesgada al proceso judicial.
Los fiscales en lugar de actuar como es de práctica en las demás causas judiciales, cumpliendo la labor que les incumbe: la producción y apreciación de la prueba, soslayan su tarea y se aferran al trabajo de los psicólogos, creyendo poder probar los hechos mediante pericias psicológicas.
Craso error: la reconstrucción de una verdad histórica, es una difícil labor, pero el recurso a las pericias psicológicas como únicas reproductoras de realidad carece de todo fundamento. Ciertamente, las pericias psicológicas podrán ser un elemento más a considerar, pero nunca una prueba irrefutable. Recomiendo ver la película danesa ?La caza? para ejemplificar lo expresado.
Los niños nunca mienten...
Es que para investigar seriamente estas causas sería necesario destruir algunos mitos, que algunos profesionales de la psicología dedicados a los casos de abuso sexual infantil sostienen, pretendiendo negar lo que nuestra experiencia cotidiana nos muestra claramente: el más enarbolado es que los niños nunca mienten.
Los niños pueden mentir, ya que imitan nuestras acciones, y de hecho, nos escuchan a los adultos hacerlo en forma cotidiana, de todas maneras no creo que en los casos en que he intervenido los niños mientan, falseando la verdad ex profeso.
Pero no solamente pueden mentir, pueden malinterpretar, pueden distorsionar, y pueden tener un discurso co-construido a partir de interrogatorios inapropiados de sus padres, familiares, y de los propios psicólogos.
Cuanto más pequeño es el menor más fácil es que esto suceda.
Hay incontables estudios que dan pruebas fehacientes de ello. Estimo que esto es lo que sucede frecuentemente, en casos de denuncias colectivas. Pero muchos operadores de justicia no se animan a reconocer que esto puede suceder, y que, de hecho, muchas veces sucede.
Tienen temor de deconstruir el discurso infantil y analizar su coherencia, su lógica y la posibilidad material de la ocurrencia de los hechos relatados. Por ello, ante los medios de comunicación, detrás del título de ?abuso sexual infantil? esconden el contenido textual del discurso de los menores, es decir no dicen concretamente lo que el niño dijo, en consecuencia la sociedad no puede sacar conclusiones verdaderas.
En sus apariciones ante los medios, algunos fiscales, incluso los abogados representantes de los menores, se limitan a decir: la entrevista en cámara Gesell dio resultado positivo, es decir, confirmó el tan esperado abuso.
Pero si analizamos estos discursos veremos que los hechos referidos son de imposible producción, y que causarían hilaridad, si no fueran vertidos en un dramático contexto, por ello me pareció apropiado traer a este artículo los dichos de algunos de los niños considerados víctimas en una resonante causa judicial, para que se aprecie cabalmente la credibilidad de estos relatos.
Los menores han dicho, en referencia a una docente denunciada:
"Nos hizo caca en las manos, nos puso helado en la cotorra". "Me puso un alfajor en la cotorra".
Otra niña en la misma causa judicial dijo: "Había comida que ella no nos daba (en la sala de música...) tenía papas, fideos, nosotras mirándola todo el día con hambre, ella estaba en la mesa comiendo y nos decía no, no los toquen".
Una menor en esta causa mencionó que: ?Se quedaban sin ropa toda la hora y después la vestía su mamá. La maestra de música les sacaba la ropa y se la llevaba a su casa y después la traía?. Otra niña, en referencia a la profesora de música dijo: "La seño es mala porque se sacó el corpiño, se sacó la bombacha... Yo me fui a la sala a contárselo a la seño Paula... fui a avisarle y le dije que llame a la policía... Yo vi cuando ella llamaba".
Más patético aún resulta el caso de otra menor a quien su madre exhibió en computadora una foto de la docente denunciada. La madre dijo que mientras veía en la computadora fotos de la maestra de música, la nena se acercó como si nada y le preguntó por qué estaba ella ahí y que era mala (cuando hace más de un año que no era su docente y para entonces la niña tenía sólo 3 años). Además de mencionar que, según la nena, los encerraba uno por uno en el baño, les gritaba en la oreja y les pellizcaba la garganta.
La nena en cámara Gesell dijo que la docente: "Me arrancaba la piel del cuello".
Un niño dijo: "Yo le cuido las bombachas a las nenas... entonces la perito le preguntó: ¿como le cuidas las bombachas a las nenas?, a lo que el niño respondió: ?Lo que pasa es que la seño de música les saca los pantalones a las nenas y las bombachas que me las da para cuidarlas?.
Estos dichos corresponden a los menores entrevistados en cámara Gesell por las denuncias a la profesora de música, que involucran al colegio San Antonio María Gianelli y al Jardín de Infantes Maminas.
Lo cierto es que ni los niños dicen lo que sus padres dicen que dijeron, ni los relatos de los niños coinciden entre sí.
¿Podrían haber sucedido los hechos relatados, y que nadie, absolutamente nadie, lo advirtiera? Huelgan los comentarios.
Una lección no aprendida
En este contexto se desarrolla desde hace un año y nueve meses la investigación por múltiples denuncias la docente mencionada. Como es habitual, el fiscal de la causa, ha pretendido encontrar el norte de la investigación en la brújula de la perito psicóloga oficial, en este caso una profesional proveniente de la ciudad de La Plata, perteneciente al cuerpo de peritos de la Procuración, con antecedentes profesionales en el servicio penitenciario bonaerense, dedicada a determinar la imputabilidad de las personas encarceladas, lo que explica su modalidad de interrogatorio inquisitivo a menores de corta edad, como las presuntas víctimas de la causa que tiene a su cargo.
Quisiera citar un ejemplo para que se comprenda a qué me refiero. En la entrevista en cámara Gesell, al ser interrogada por la perito sobre la existencia de secretos con la profesora de música, una menor respondió: "No pasó eso. Esos secretos no pasaron".
La perito referida inmediatamente la respondió así a la niña, desmintiéndola: "Yo leí que vos tenías unos secretos que le contaste a tu mamá, muchos secretos. Estoy muy interesada en saber". De manera similar interrogó a la mayor parte de los menores, dando por ciertos de antemano los hechos que debía investigar.
Aquí ocurre lo que decía previamente. El señor fiscal elige dar crédito a los relatos inverosímiles de los denunciantes, que habitualmente se encuentran dominados por la angustia que les causa pensar que sus hijos puedan haber sido abusados, y descarta absolutamente, como si no existieran, las voces del personal docente, no docente, alumnos, padres, religiosas, que afirman bajo juramento de ley, en forma rotunda y conteste que los hechos jamás sucedieron.
De ser cierta la hipótesis de la fiscalía nos encontraríamos frente a dos colegios en los cuales todas las personas mencionadas serían autoras o cómplices de los abusos denunciados.
Todos ellos se habrían contagiado de la pandemia de abuso sexual infantil. Lo que sucede en esta causa demuestra que un sector del poder judicial aún no aprendió la lección que dejó el caso Melo Pacheco, (que cuenta con tres sentencias absolutorias por imposibilidad material de que los hechos ocurrieran), y que en su afán de acreditar las denuncias desopilantes que reciben, tal vez por inexperiencia, tal vez por ceder a la presión de los denunciantes, reiteran el error de aferrarse a las pericias psicológicas como si se tratara de tomografías computadas, en lugar de tener el buen tino de confrontar los dichos de los denunciantes con el resto de los elementos de la causa; en este caso más de veinte declaraciones testimoniales de personas que presenciaban invariablemente las clases de música en los escasos veinte minutos que estas duraban.
El temor de quienes trabajan con niños
Ciertamente los docentes trabajan hoy con miedo, su relación con los alumnos se ha deteriorado sensiblemente a la luz de la proliferación de estas denuncias.
Todos aquellos que trabajan con niños tienen temor, porque en cualquier momento puede aparecer una denuncia de abuso, y de allí no hay retorno, la vida de una persona denunciada no tiene vuelta atrás, podrá salir ileso de la condena judicial, pero no logrará hacerlo de la condena social, la más dura, la más irreflexiva, la única inapelable.
El abuso sexual infantil existe, ello es innegable, pero estimo que los operadores de justicia deben tener bien en claro cuando están frente a un caso verdadero y cuando no, y realizar ellos mismos el análisis de los discursos de los padres, de los niños, confrontar los relatos entre sí para ver si hay coincidencias, y a su vez, con el resto de las pruebas de la causa, porque de esta manera los culpables de abuso podrán ser sancionados, y los inocentes no ser dañados irremediablemente.
(*) Abogada. Columnista invitada.
