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23-12-2015

El padre que asesinó a su hija por espantar sus demonios

Una niña de 5 años fue asesinada en la medianoche del lunes de un disparo en el pecho. El arma la accionó su padre mientras rezaba en la puerta de la casa de un hombre de fe del barrio Belgrano, al que le había pedido ayuda espiritual. El homicida, de 27 años, escapó con otra hija de un año y medio, y fue localizado solo. La policía pudo encontrar horas más tarde a la pequeña, abandonada en un bal

Por Fernando del Rio

Cuando se confirmó en los primeros minutos de ayer que la bala en el pecho de Lucía Aguirre (5), esa bala disparada por su propio padre mientras buscaba indulgencias divinas para sus perversiones terrenales, se llevaba su breve vida todo se fue del terreno de la comprensión. Ninguna explicación para un crimen de espanto, con la droga, la violencia y la superstición como fondo oscuro, tan inexplicable que conmocionó y reclamó de inmediato algo parecido a la venganza.

Lucía Aguirre murió asesinada por su padre en una calle del barrio Belgrano, en la puerta de la casa de un hombre de fe que salió a ayudar con lo poco que tenía a mano: la oración. "¡Me sigue un bicho y me quiere llevar! ¿No ves que me sigue el bicho?", gritaba alterado Aguirre, en una reacción que los peritos dirán si fue fingida para ocultar la perversión de sus actos o acaso significó la respuesta de su mente cascoteada por la cocaína.

Aguirre, segundos después, disparó en medio de la oración con su arma calibre 38 y le causó una herida mortal a su hija de sólo 5 años. En sus brazos tenía a su otra hija, de un año y medio, con la que escapó y a la que abandonó en un descampado, donde la policía la encontró con el martes ya amanecido y sufriendo un cuadro de hipotermia.

Anoche Aguirre, que había sido detenido dos horas después del crimen, fue trasladado hasta la localidad de Balcarce para evitar, en el penal de Batán, todo tipo de esperadas represalias, según el código intramuros. Porque los presos de todo se enteran: el informe preliminar de la autopsia reveló que la niña asesinada presentaba lesiones compatibles con abuso sexual previo.

La fiscalía no había cambiado anoche la imputación y sólo mantenía el homicidio agravado por el vínculo y el uso de arma, abandono de persona agravada y tenencia ilegal de arma de fuego de guerra, cargos que contemplan una prisión perpetua.

La oscuridad

de la trama

Aguirre no tenía ningún trabajo permanente y consumía drogas. La cocaína era su sustancia, pero también se alcoholizaba con la bebida que tuviera a mano. "La cagaba a palos siempre a mi sobrina y ya habíamos tenido problemas", dijo Roque ayer, el tío de Patricia, uno de los pocos miembros de la familia Esteche que no vive por la zona.

El lunes al mediodía Patricia Esteche no resistió más esos ataques, esa violencia que estaba dirigida a ella pero que también, de alguna forma, alcanzaba a sus hijos. La violencia llenaba cada rincón de la casa que compartía con Aguirre en Vértiz al 12000, donde la ciudad ya no tiene mucho que ofrecer y las calles empiezan a confundirse con huellas primero y luego con pastizales.

La mujer, madre de cuatro hijos, Zoe y su melliza de 5 años, un niño de 7 y la pequeña de solo 19 meses, decidió salir de la vivienda, como pudo. "A los pibes no te los voy a dar. ¡Olvidate de eso!", le gritó Aguirre entre insultos y tal vez con otras palabras. La violencia era la apropiación.

Según pudo reconstruir LA CAPITAL, Patricia, una joven menuda, de pelo rubio teñido y no más de 23 años, entendió que la única posibilidad era ir en busca de ayuda y así lo hizo, al dirigirse a la casa de unos familiares, quienes la convencieron de lo peligroso que era que Aguirre se quedara solo con los niños.

En la casa de Vértiz al 12000 las puertas se cerraron y lo que sucedió en el interior es ahora parte central de la investigación. Se cree que fue en esas horas, entre las 14 y las 21 (cuando salió en busca de "apoyo espiritual") que Aguirre abusó sexualmente de la pequeña finalmente asesinada.

La madre, en tanto, aceptó los consejos de sus familiares de denunciar la violencia intrafamiliar, de modo que cerca de las 19 del lunes se presentó ante las autoridades policiales de la Comisaría de la Mujer.

La tragedia

Aguirre salió a caminar cuando ya estaba por caer la noche con sus cuatro hijos y en su cintura escondía un revólver calibre 38, con la numeración limada. El cilindro tenía municiones. Ese acto es analizado ahora por los investigadores como una probable señal de premeditación.

La hipótesis de trabajo de la fiscalía de Fernando Castro respalda la posibilidad de que Aguirre tenía pensado un desenlace trágico tras el abuso de la pequeña Lucía.

Después de errar durante un par de horas por distintos sitios, Aguirre se contactó con un hombre domiciliado en calle 236 al 1500, a menos de 100 metros de donde reside parte de la familia de Patricia Esteche. Lo primero que le dijo es que quería ver al "pastor" porque algo lo perseguía y le confesó que días antes había visitado a un "curandero" del barrio.

El vecino, llamado Nicolás, solamente tuvo que cruzar la calle y llamó a la puerta de Diego Cañete, un referente de la Iglesia Movimiento Cristiano y Misionero, una de las tantas corrientes evangélicas que existen.

"Sí, cómo no lo voy a ayudar. Traélo", le respondió Cañete y dejó de pintar. "Los recibí -agregó-, por supuesto. Los iba a hacer entrar a casa, pero estaba pintando. Igual los iba a hacer entrar porque notaba una necesidad espiritual, pero lo miré a él y... lo vi muy raro. Salí y cerré la puerta, entonces lo atendí en la puerta".

La casa de Cañete es humilde, como todas las casas del barrio. En la parte delantera, un área de tierra la separa de la calle, también de tierra. Y junto a la puerta de entrada, un estrecho camino que no es más que una franja de cemento paralela a toda la fachada. Allí Diego se dispuso a rezar, a dar una oración para intentar calmar a Aguirre, que no paraba de referirse al bicho que lo perseguía y se lo quería llevar.

Cañete se paró al lado de la puerta, a su derecha estaba Nicolás, el vecino, y frente a él, Aguirre, quien tenía en sus brazos a la hija más pequeña. Pegado a su pierna estaba Lucía y al lado de ella los otros dos niños.

Diego se encomendó a su dios y los otros dos lo siguieron. "El estaba acelerado pero tenía necesidad espiritual, entonces le pedí que antes de empezar a orar se calmara. Y fue un momento que estaba haciendo una oración y yo lo miraba. Sé que no se ora con los ojos abiertos, pero yo estaba orando por un tema de seguridad, lo miraba para ver cómo reaccionaba, para resguardo mío y de los chicos. Y de Nicolás. Como me pareció que todo era normal cerré los ojos y ahí fue. La verdad que fue como un flash. Le pido a Dios que guardara al muchacho y guardara a sus hijos y escucho un estallido tremendo. Yo quedé aturdido por unos segundos y vi a la nena moverse. El flaco movía el arma que tenía en su cintura. Me pareció en ese momento que estaba intentando sacar el arma y que no podía. Pero no sé realmente", comentó Diego ayer a LA CAPITAL.

El impacto de la munición calibre 38 fue letal, porque se produjo en el tórax de la niña de sólo 5 años. Esos segundos fueron de total confusión, tanto que Diego y Nicolás se dedicaron a socorrer a la menor. Mientras, Aguirre, que aseguraba no haber disparado y que alguien -sus demonios- lo habían hecho, caminó hacia atrás con la niña en brazos, y desapareció. Eran las 23.30.

Nicolás, el vecino, y la esposa de Diego, que llegó minutos después, trasladaron a Lucía al Hospital Interzonal General de Agudos (HIGA). También subieron a la melliza de Lucía y al otro hermano, de 7 años, y salieron a toda velocidad por las calles poceadas y sin iluminación del barrio Belgrano.

A poco de ingresar en el nosocomio los médicos comprendieron que la posibilidad de sobrevida de la menor eran mínimas. La presunción médica se corroboró minutos más tarde, cuando un shock hipovolémico le causó el deceso. En el lugar los médicos advirtieron signos de abuso sexual.

La cacería

Porque fue una cacería lo que sobrevino. Apenas se supo que Lucía había muerto, varios familiares de la madre subieron a sus motocicletas y automóviles, con los que recorrieron cada esquina de los barrios Belgrano y Autódromo. Incluso Roque, el tío de la mujer, lo hizo junto al comisario Pablo Fragueda de la comisaría decimoprimera.

"A mí cuando me llamaron por teléfono me dijeron que había matado a la chica de un tiro y yo, conociendo cómo venía la mano, pensé que hablaban de mi sobrina. Después cuando supe que fue la chiquita me mató a mí", dijo Roque en la comisaría.

La urgencia era ubicar a Aguirre para evitar cualquier ataque a la niña de 19 meses desencadenó una búsqueda por poco más de dos horas en la que participó una gran cantidad de policías de toda la ciudad. Incluso fue convocado un grupo especial de la CDI que se sumó a la comisaría, a la Distrital Sur y al CPC.

Cerca de las 2 de la madrugada llegó la primera novedad, alarmante: Aguirre había sido ubicado, sin la niña, oculto en una casa abandonada de 230 y Ortiz de Zárate. La policía y familiares de la madre de Lucía llegaron casi al mismo tiempo, lo que no evitó la golpiza.

La ausencia de la pequeña paralizó a los investigadores en un primer momento. La posibilidad de otro crimen era alta pero no se desanimaron y de inmediato desde el mando superior reiteraron a todos los móviles una búsqueda más intensa. Sin embargo las horas que siguieron fueron angustiantes por la falta de alguna precisión para achicar el rastrillaje. Además, Aguirre, en medio de la friccionada maniobra en la que fue detenido, dijo que a la niña se la habían llevado los ocupantes de un Volkswagen Gol de color rojo.

La policía buscó ese vehículo que, naturalmente, no existía y empezó a reunir información por otros canales. Un llamado telefónico anónimo alertó que poco antes un hombre en ropa interior -como fue hallado Aguirre- y con un bebé en brazos había sido visto por la zona del autódromo. Entonces, cuando ya las esperanzas de encontrar a la pequeña se agotaban, la salida del sol infundió ánimo y un resto más. "Unos palos blancos, un alambrado", balbuceó dentro de un patrullero Aguirre.

A las 5.45, el jefe de calle de la comisaría undécima y personal del GAD, se aproximaron a un descampado y escucharon un llanto: allí estaba la niña, vestida y recostada sobre un montículo de tierra.

A Balcarce

Ayer por la tarde Aguirre llegó al Hospital Interzonal y el patrullero que lo trasladaba pasó a solo metros de la guardia donde en la madrugada moría su hija Lucía. Al bajar del móvil policial para ingresar al pabellón psiquiátrico, Aguirre vestía una zapatilla y un pantalón corto. El torso desnudo dejó ver el tatuaje en el medio del pecho: "Lucía". Otros dos nombres grabados en la piel le recordaban su condición de padre.

"Había que hacerle de urgencia los estudios psiquiátricos para determinar si estaba en condiciones de declarar", dijeron fuentes de la fiscalía Nº1.

A la misma hora, a quince cuadras de allí, en la comisaría, Patricia Esteche abrazaba junto a su pecho a la pequeña y le daba todo el calor que le había faltado en la noche de abandono en el baldío. Junto a la mujer, su tío Roque obtenía el permiso para retirar el cuerpo de Lucía de la morgue.