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Opinión 10 de julio de 2017

Por si escuchara Don Astor

Por Fabrizio Zotta

Como la semana pasada se cumplieron 25 años de su muerte, muchos lo recordaron con el respeto y la consideración que, sin duda merece, pero que suena un poco a acartonada, a políticamente correcta. Y es que sucede que parece no quedar bien cuestionar su arte, ni tampoco recordar que mientras usted estaba vivo había varios sectores que lo miraron de reojo, y no sólo en los años 50, sino hasta el día mismo que murió, en aquel julio de 1992. La música académica, de la cual usted fue admirador, estudioso y a la que buscó pertenencia no lo tuvo muy en cuenta. El tango, es sabido, lo despreció al principio. Después, lo toleraron. Es que usted llegó y dijo, abiertamente, en 1957: “hay que sacar al tango de la monotonía que lo envolvía, tanto armónica, como melódica, rítmica y estética.” Ahí apareció su idea de “jerarquizar” el tango. La palabra la usó usted y no le gustó a nadie, porque ponía, nuevamente, en primer plano una relación, tan tensa como histórica, entre los músicos de tradición “clásica” y los músicos populares. El tango era el punto más alto de la música popular argentina hasta que llegó usted y pensó que eso estaba estancado. Desde niño usted estudiaba piano y bandoneón en Nueva York, y se había relacionado con la fruición de la música clásica y el diálogo entre formas estéticas diversas: George Gershwin (ya que estamos le recuerdo que mañana se cumplirán 80 años de su muerte luego del tumor cerebral que lo dejó en coma dos días antes) había enriquecido la música popular americana con saberes propios de la tradición académica y usted, Piazzolla, podría hacer lo mismo con el tango aquí en el sur. Igual que Gershwin se fue a París a buscar profesores eminentes de música clásica, y estudió con Nadia Boulanger, quien –se dice- lo desalentó en la trabajosa tarea del piano clásico. Aquí también se cruza su historia con la de Gershwin o, al menos, el anecdotario incomprobable los relaciona: cuentan que Ravel rechazó ser profesor de Gershwin y le dijo: “¿De qué sirve que usted sea un Ravel de segundo, pudiendo ser un Gershwin de primera?”; y también cuentan que a usted, Piazzolla, Boulanger le dijo que dedicara sus esfuerzos al tango, “porque en sus obras eruditas no encuentro a Piazzolla”, y abandone la pretensión de sonatas, sinfonías y fugas. Algo de caso le hizo, pero tampoco mucho. Algunos de su biógrafos, o estudiosos de su obra, como Diego Fischerman, entienden que siempre le quedó la espina de no entrar en el parnaso de los músicos clásicos, y ser un poco desdeñado por ellos. Por eso los nonetos, “La muerte del Ángel”, su “Fuga y misterio”, las “Estaciones porteñas”, “Fuga 9” y la ¿ópera? “María de Buenos Aires”: las formas clásicas que no recibieron bien ni los propios de tradición popular, ni los ajenos de tradición clásica. Cuando pienso en su música no puedo dejar de pensar que, a pesar de su profundo espíritu renovador, y hasta revolucionario, detrás de su figura está la cuestión del valor estético: esa vieja disputa respecto de que la calidad y el placer está en la dificultad de las formas; el cruce entre la abstracción y el placer más ritual, más epidérmico, que tiene otras formas asociadas, como el baile, la diversión, la euforia. La idea de “jerarquizar” un género supone entender que hay una escala de calidad en la música y en el arte. Sin duda su música es de las más bellas del siglo XX, incluso eclipsando otras obras notables, como las de Horacio Salgán (lo hemos dicho en esta misma columna), con más o menos justicia. Finalmente, el reconocimiento universal llegó, tarde, como llega siempre. El tango lo respeta, los eruditos programan sus obras en todo el mundo. Pero usted no está y, como dijo Gerardo Gandini, y también vio Boulanger, “la música de Piazzolla es Piazzolla tocándola.”



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