27 de septiembre de 2016
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Tenés que mirar Narcos, hijueputa

La vida de Pablo Escobar vuela alto en la serie de José Padilha. Cómo hacer de Colombia un paraíso de cocaína y corrupción, en veinte capítulos a puro plomo.

por Agustín Marangoni

Ya se sabe el final de la historia: Pablo Escobar muere. Lo sensacional es la aventura previa, que fue contada mil veces. Su vida fue esa furia de poder que estalló en un tendal de muertos y abrió las rutas de la cocaína al mundo. Bombas, vidas de inocentes, tortura, destrucción. Pero claro, también está el costado romántico de haber puesto en vilo al gobierno yanqui, de mostrar la miseria de los gobiernos democráticos, de desnudar el problema del consumo en los países potencia. A eso hay que sumarle la cercanía con los barrios pobres, donde construyó viviendas, llevó agua y servicios básicos. Y él, que venía de abajo y llegó a tener más plata que la deuda externa colombiana. Las dos caras. El Robin Hood popular, el asesino sin límite. La figura de Escobar camina sobre un hilo delgadísimo, a casi veinticinco años de su muerte. La distancia histórica permite lecturas profundas y actuales sobre el narcotráfico. Porque la policía no sabe cuidar a nadie, y la política está encerrada en los conflictos internos de siempre. Los poderosos, entonces, dicen quién muere, cómo y por qué. Los poderosos de verdad son los que administran la violencia. Ahí detiene la mirada Narcos, la serie del brasileño José Padilha que es un éxito mundial en la plataforma Netflix. Desde esa idea eje, suelta una desarrollo narrativo sin fisuras. Padilha expande un tema que parecía agotado hacia la reflexión política de base. Escobar es el delincuente que enfrenta a otros delincuentes ante la persecución sin pausa de otros delincuentes que diseñan su refugio en un montón de leyes.

Ficción

La historia está contada en veinte capítulos donde no hay un solo personaje que se estire más de lo necesario. Es cierto que hay un anclaje histórico, que era necesario respetar en su estructura, pero el director fue astuto y no abusó de ningún recurso. Padilha ya había mostrado lo bien que puede contar acción en Tropa de elite, pero en Narcos se supera, consigue el timing justo para hilar la trama y para el registro de las actuaciones. La personificación de Wagner Moura como Pablo Escobar –incluso con su acento semi portugués– consigue eficiencia en todo sentido, en especial en el trabajo gestual. Las miradas, los movimientos de la boca y la actitud corporal son suficientes para impartir un respeto que cala los huesos. El desafío principal era construir un personaje querible. No había forma de equilibrar la historia sin empatía hacia la figura del patrón. Está todo tan medido que la cocaína, el disparador central, se ve empaquetada como producto de exportación clandestino. Hay pocas y breves referencias explícitas a su consumo. Sí hay datos que explican cuestiones de volumen, las trampas en los aeropuertos y demás ardides propios de los narcos, pero sin escenas obvias de hombres esnifando rayas en primerísimo primer plano. El desarrollo es ficción, no es un documental biográfico ni intenta serlo. Escobar puso su vida al servicio de la literatura. Padilha fue uno de los tantos que se animó a recoger el guante.

Realidad

El uso del archivo periodístico es funcional a la historia. No hay imágenes inéditas ni hallazgos, hay un orden que atraviesa la narración para iluminar puntos de referencia, muchas veces desfasados de la realidad. El mismísimo hijo de Don Pablo, Juan Pablo Escobar, se tomó el tiempo de señalar todos los errores de la serie. Son veintiocho, muy específicos, y los ventiló en su perfil de facebook. A esta altura, son datos de color para los seguidores de la crónica real. El objetivo de Narcos fue hacer una buena serie, partir desde un personaje y un contexto fascinante, después mover piezas para pulir las formas. Sería un error caerle con la enciclopedia bajo el brazo para exigirle perfección cronológica. Lo importante está en la lectura sistémica. Padilha –aunque por momentos es poco crítico de la DEA, la CIA y el lobby del gobierno yanqui– suelta dos trompadas certeras al funcionamiento del poder.

La primera. Hay una escena en la que Pablo pide por un chofer sin antecedentes para que lo lleve por las calles de Medellín. Esa es la presentación de Limón, un muchacho que parece muy macanudo pero resulta ser un despiadado. La transformación es paulatina y está cargada de connotaciones sociales. El asunto está en el diálogo previo: Escobar dice, en un tono que endurece la piel, que él no se va a quedar escondido como una rata, a pesar de que el gobierno haya desplegado un bloque de búsqueda militarizado para encontrarlo. Él necesitaba que sus enemigos lo vieran y necesitaba que el gobierno supiera que se movía por la ciudad dándole indicaciones a su gente. Eso es construcción de poder. Pablo Escobar, sólo con su presencia, tenía la última palabra en cada decisión, propia y ajena.

La segunda. Cuando Hermilda, su madre, vuelve de misa, a donde fue sin autorización, se desata un tiroteo furioso que deja como saldo una colección de muertos, entre ellos familiares y hombres de confianza del capo narco. Los planos secuencia que Padilha usa para mostrar ese ataque se enfocan en Pablo, siempre al frente de la defensa, gatillando sin piedad. Escobar es un personaje áspero, que no depende de nadie, mata a sangre fría hasta cuando no es necesario. Aunque la escena no sucedió en la realidad, sí fue real el liderazgo absoluto que tenía dentro de su organización. Nunca dejó un milímetro de posibilidad para que otro ocupara ese lugar. De hecho, fue tan hermético en sus propias decisiones que le valieron la vida. Por la sobreexposición en el terreno político, por matar a quienes no tendría que haber matado, por los actos terroristas que le valieron la condena social que nunca había tenido. El motor de su accionar era dejar en claro quién mandaba en ese país. Su legado fue tremendo: hizo de la imagen de Colombia una tierra de narcos, plomo y sangre.

Música

La serie tiene su hit y el responsable es el compositor Rodrigo Amarante. Tuyo es una canción bellísima y oscura, habla del poder con sutileza y tiene todo lo que tiene que tener para estar en sintonía con un país donde las cosas importantes se dicen con el cuerpo. El resto del soundtrack es una selección que recupera clásicos de la Colombia afro y revisa los éxitos del rock que sacudían el mercado Latinoamericano, caso Soda Stereo. Las canciones le dan identidad y estética a cada una de las ciudades donde operan los narcos. Cada cartel tiene su ritmo. También sus códigos.

Continúa

En 2017 se verán las temporadas tres y cuatro. La trama, ficción pura y con el patrón muerto, mostrará los negocios de Gilberto Rodríguez Orejuela, banquero y capo narco en Cali, otro escenario fuerte. Intocable, según dicen.

La cocaína debe continuar.

Buen título para lo que sigue en esta serie que es de lo mejor que ha editado Netflix en los últimos años.

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