Martín Ron, el artista que mira la ciudad desde las alturas, deja su sello por primera vez en Mar del Plata y sueña con los silos
Referente mundial del arte urbano, Martín Ron llegó a Mar del Plata para intervenir el Torreón del Monje en el marco de la apertura de una nueva sucursal de Lucciano’s. En diálogo con LA CAPITAL, habla de su obra, de su recorrido en el muralismo, del vínculo entre arte y ciudad y deja una definición que abre futuro: su deseo de pintar los silos del puerto marplatense.
Por Marcelo Pasetti
Pinta de espaldas a la gente, colgado de grúas o andamios, pero su obra termina siendo de todos. Martín Ron es uno de los muralistas argentinos más reconocidos a nivel mundial y una figura central del arte urbano contemporáneo.
Esta semana llegó a Mar del Plata para intervenir uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad: el Torreón del Monje, donde la firma Lucciano’s inaugurará el jueves próximo una nueva sucursal. Y decidió convertir el techo del local en una obra de arte.
“Cuando me llamaron y me dijeron que el lugar era el Torreón, ya estaba todo dicho”, cuenta Ron en diálogo con LA CAPITAL. “Es un espacio único, no necesita demasiada explicación. Pero además, cuando entramos y vimos las cúpulas, apareció el desafío: cómo dialogar con esa arquitectura y con la historia del lugar”.
La propuesta fue clara desde el inicio: respetar el espíritu del edificio y, al mismo tiempo, jugar. Ron eligió parodiar el neoclasicismo, esos cielos pintados con querubines y figuras angelicales, para reemplazarlos por escenas profundamente marplatenses.
“En vez de ángeles, aparecen situaciones de playa, personajes, gestos que todos reconocemos. Cosas que convivieron generación tras generación en la ciudad”, explica.
El resultado es un gran cielo contemporáneo donde las nubes clásicas conviven con sombrillas, escenas cotidianas y pequeños relatos visuales que remiten al verano, al turismo y a la vida junto al mar.
“Cuando uno pinta un techo, la obra se va componiendo en vivo. No es como un mural plano. Vas descubriendo cosas mientras pintás, sacando fotos, mirando a la gente, incorporando elementos”, dice.

“Me encantaría pintar los silos del puerto”
Aunque nació y vive en Buenos Aires, Ron tiene una relación intermitente pero constante con Mar del Plata.
“Nunca viví la temporada completa, los 15 días marplatenses clásicos. Siempre vine por algo puntual, un festival, un viaje corto. Pero Mar del Plata siempre tiene algo para hacer. Estás en la costa y sabés que en algún momento vas a pasar por acá”, sostiene a metros del mar.
La del Torreón es su primera obra en la ciudad, algo que –admite– tenía pendiente. “Hace años que me dicen ‘tenés que hacer algo en Mar del Plata’. Cuando pinté el tanque de Miramar, muchos me escribieron. Quedó ahí, flotando. Bueno, ahora pasó”.
Y deja una frase que no pasa inadvertida: “Me encantaría pintar los silos del puerto”. No lo dice como una consigna, sino como un deseo largamente pensado. “Son estructuras increíbles, visibles desde lejos, con una potencia enorme. Son esos lugares que uno guarda en la cabeza y dice: algún día…”.
Ron sabe que pintar en el espacio público implica una paradoja: trascender y, al mismo tiempo, aceptar lo efímero.
“Uno pinta con la idea de dejar una marca, pero sabiendo que la obra tiene una vida útil. En la calle, el paso del tiempo se ve: humedad, desgaste, decisiones de los dueños. Yo siempre digo que puedo ser dueño de la obra, pero no de la pared”.
Aun así, hay murales que parecen pensados para durar décadas. “Este del Torreón es uno de esos casos. No estoy acostumbrado a pensar una obra para 50 años. En la calle, en 10 o 15 años, muchas obras desaparecen. Acá es distinto”.

Ron empezó a pintar desde chico. En la escuela era “el que dibujaba”, el que hacía banderas, escenografías y decorados para los actos.
“Eso te daba identidad, y hasta cierta inmunidad”, recuerda entre risas. En la secundaria pintaba telones y armaba grupos para escaparse de clase y hacer escenografías. El muralismo apareció antes como intuición que como plan.
Tras terminar el colegio en 2001, empezó a estudiar Ciencias Económicas y a trabajar, mientras la pintura quedaba como hobby. Hasta que un día salió a pintar a la calle. “No había redes, no había referentes. Pintaba un muralcito y volvía a los días a ver qué pasaba. Y pasaba: la gente te reconocía, te ofrecía paredes. Se armó una bola de nieve”.
Con el tiempo llegaron los festivales, las invitaciones internacionales y el reconocimiento. Hoy Ron es autor de algunos de los murales más impactantes del país, entre ellos, el mural de Diego Maradona más grande del mundo, ubicado entre la autopista 25 de Mayo y la avenida San Juan, una obra que se convirtió en postal global.

También intervino estaciones de subte, edificios enteros y espacios urbanos en ciudades de América, Europa y Asia.
“Siempre vas corriendo la vara”, reflexiona. “Primero, querés pintar paredes más grandes. Después, colgarte de un edificio. Después, hacerlo en un lugar icónico. No es solo el tamaño, es el contexto y lo que representás”.
La calle como ventana
Para Ron, el muralismo ya no es marginal. “Hoy está absolutamente incorporado. Antes te corrían. Si sacabas un aerosol, tenías que mirar para atrás. Ahora los vecinos piden murales”.
Argentina, sostiene, está muy bien posicionada a nivel mundial: “Hay muchas paredes, mucha receptividad y ciudades caóticas que necesitan pintura”.
Pero advierte: pintar no es solo mostrar. “Hay mucha ansiedad por subir todo a las redes. Pintar es un camino solitario, introspectivo. Aunque estés en la calle, estás de espaldas al entorno. El vínculo es con la pared”.
Ahí aparece una de sus ideas más claras: el mural como pausa. “La calle es violenta en términos visuales. Todo te empuja a consumir, a ir para algún lado. Un mural es una flor en medio de esa selva. No te da instrucciones. Está ahí para que lo contemples, para que te hagas preguntas”.
Eso, dice, es lo que más le interesa: que la obra quede y conviva con la rutina del barrio. “Cuando le pasa algo a un mural, le pasa algo al barrio. La gente se lo apropia. Termina siendo de ellos”, reflexiona.
En el Torreón del Monje, su obra ya empezó ese camino. Mira al pasado, dialoga con la arquitectura y se proyecta hacia el futuro. Y deja, como al pasar, una idea flotando en el aire marplatense: los silos del puerto.
Un sueño que, como muchos de sus murales, tal vez algún día deje de ser boceto y se convierta en paisaje.
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