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La Ciudad 14 de enero de 2026

Milei estará dos días en Mar del Plata, tiempo de definiciones para el petróleo y un análisis sobre turismofobia

Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata.

El lunes 26 y el martes 27 de enero, el presidente Javier Milei estará en Mar del Plata, según pudo saber esta columna de altas fuentes de la Casa de Gobierno. “Por ahora, esas son las fechas. Se está terminando de diagramar el cronograma de actividades”, completó. De este modo, Javier Milei cerrará enero con una postal conocida para la política local: Mar del Plata como escenario y vidriera. El Presidente llegará a la ciudad después de una agenda cargada de símbolos: Córdoba primero, Davos después. Federalismo de paso rápido y globalismo de foto oficial. En el entorno libertario repiten que no es una visita turística. La costa aparece en el radar presidencial como territorio propio, con buena recepción electoral y clima amigable. No es menor: Milei vuelve a una ciudad donde su discurso encontró eco y donde el ajuste todavía no rompió del todo el vínculo emocional con su electorado.

 

 

Además, se contempla una recorrida –¿nuevamente Güemes como en visitas anteriores?– todavía en reserva, pensada más para el contacto directo y la imagen que para los anuncios. Caminata medida, agenda acotada y control de daños: la fórmula clásica cuando el termómetro social empieza a marcar. La previa internacional también importa. Davos vuelve a ser la plataforma para reforzar el libreto: ajuste, mercado, motosierra y épica antisistema, ahora en versión exportación. El mensaje es hacia afuera, pero el rebote siempre es interno. Y Mar del Plata suele funcionar como caja de resonancia. En el Palacio Municipal y en despachos provinciales ya toman nota. Habrá foto, habrá mensajes indirectos y, probablemente, alguna señal política para el verano caliente que se viene. Enero termina, pero la campaña permanente no se toma vacaciones.

 

 

Concurrido asado con marplatenses tuvo como invitado “extranjero” al consultor político Daniel Ivoskus. En el marco de la presentación de su último libro “Gobernicar. El kamasutra del poder”, explicó que el tercer año del gobierno de Javier Milei encuentra al Presidente de la Nación “en su mejor momento”, con proyección de convertirse en “un candidato hipercompetitivo” para el próximo turno electoral. Además, contó su experiencia como asesor en la campaña presidencial en Honduras, que llevó a Nasry Asfura a la primera magistratura. Ivoskus, hincha fanático de Boca y “súper futbolero”, calificó el actual conflicto que tiene a la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) en la mira –mientras su presidente Claudio “Chiqui” Tapia sigue disfrutando de su descanso en la ciudad, viéndoselo en el balneario 12, en el predio de Aldosivi y en el Hotel Sasso– como “una situación compleja” y se esperanzó con que “no se enturbie la pasión argentina y se resuelva lo judicial, lo económico y lo político sin afectar lo que tiene que ver con el deporte”. Empresario de la nocturnidad, encargado de aportar el helado para el postre –se quedó cortísimo con dos kilos para demasiados invitados, lo cual motivó que lo “fusilaran” con cargadas–, no dejaba de elogiar lo que había visto en Bendu, donde hubo una multitudinaria fiesta para el lanzamiento de Bendu Arena, espacio donde se desarrollarán algunos de los recitales más importantes de la temporada, arrancando el ciclo este viernes con Él Mató a un Policía Motorizado.

Justamente allí, en la ex-Manzana de los Circos donde ya funciona a pleno la segunda sucursal de Coto en Mar del Plata, Agustín Neme le contaba a colega rosarino detalles de su encuentro y acto compartido con el gobernador de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, durante la inauguración de la Playa Olímpica, mientras influencer de canal de streaming le recomendaba a Iván de Pineda que fuera a conocer la obra del muralista Martín Ron en el techo de la recientemente inaugurada heladería de Lucciano’s en el Torreón del Monje. A la vez, uno de los popes del Banco Provincia disfrutaba del recital de Dante Spinetta pero gastaba el WhatsApp en contactos con su equipo de trabajo, recién desembarcado en Mar del Plata, para ultimar detalles de algunos de los tantos eventos desarrollados el fin de semana, desde un recital de La T y la M hasta la presentación de un libro con las obras ganadoras del concurso realizado en la provincia y del cual participaron más de 4.900 cuentos.

 

Mientras el marplatense Gonzalo Fagioli, vicepresidente de Asuntos Corporativos, Legales y Compliance de la cervecería y maltería Quilmes, entre entrañas y provoletas analizaba la marcha de la temporada con amigos de la ciudad en parrilla de la zona de Alem, Mirtha Legrand –pronta a cumplir 99 años– iniciaba su ciclo televisivo desde Mar del Plata, luego de haber cumplido el ritual de asistir a varias obras teatrales. En ese mismo momento, en otro lugar de la ciudad –en lujosa vivienda de barrio privado del sur– el empresario petrolero, oriundo de Texas, captaba la atención de todos los comensales por sus vaticinios más que positivos sobre la búsqueda de petróleo frente a las costas marplatenses. Es que mientras la agenda pública se entretiene con la espuma del día a día, frente a Mar del Plata se juega una partida mucho más profunda y estratégica. A unos 300 kilómetros mar adentro, lejos del ruido pero cerca de las consecuencias, la exploración offshore argentina acaba de entrar –según un estudio privado– en una etapa decisiva. No es un eslogan ni una promesa de campaña: es una definición técnica que obliga a tomar decisiones políticas.

 

El dato surge de un informe de la Universidad Austral, citado esta semana por Infobae, que plantea sin eufemismos la posibilidad de “otro Vaca Muerta”, esta vez en el Atlántico Sur. No porque el hallazgo esté asegurado, sino porque la exploración llegó a ese punto incómodo en el que ya no se puede seguir dudando sin pagar costos. Para Mar del Plata, el offshore no es una abstracción académica. Desde la licitación de los bloques de la Cuenca Argentina Norte, la ciudad quedó metida de lleno en el mapa energético. El puerto –bajo la órbita del Consorcio Portuario Regional– empezó a aparecer en los papeles técnicos como base logística posible. Y en los despachos políticos, aunque se diga poco, todos saben que lo que pase ahí puede redefinir el perfil productivo local durante décadas. El informe recuerda que desde 2019 hubo avances concretos: más sísmica marina, mejores modelos geológicos y una reducción gradual de la incertidumbre. Pero también marca la línea roja: el sistema petrolero en la Cuenca Argentina Norte todavía no está probado. Falta perforar. Falta insistir. Falta asumir que el offshore no da resultados inmediatos y que cada pozo –incluso los no comerciales– es una inversión en conocimiento.

 

 

En ese marco aparece el pozo Argerich-1, perforado en 2024 por Equinor, YPF y Shell. No fue el boom que algunos vendieron ni el desastre que otros militaron. Fue, simplemente, lo que el offshore suele ser: información. Datos. Aprendizaje caro, sí, pero imprescindible. Los especialistas son claros: sin secuencia de pozos, no hay descubrimiento posible. Mientras tanto, la región avanza. Uruguay ya tiene perforaciones previstas para 2026-2027. Brasil acelera en la Cuenca de Pelotas. En el margen africano del Atlántico, especialmente en Namibia, la constancia exploratoria dio resultados concretos en pocos años. El contraste es incómodo: donde hay estrategia sostenida, hay petróleo; donde hay dudas, hay estancamiento. “Hay buena onda, buenas señales y buenas expectativas”, refería el empresario norteamericano en la cena. “Es una oportunidad inédita para diversificar la economía local, reconvertir el puerto, generar empleo calificado y sumar a la ciudad a la cadena de valor energética. No es turismo versus petróleo: es pensar qué ciudad quiere ser Mar del Plata dentro de veinte años”, definió claramente el dueño de casa, también ligado al sector energético.

 

Mientras en Barcelona los vecinos pinchan colectivos turísticos y en Venecia escriben “Tourist go home” en las paredes, en Mar del Plata la palabra turismofobia suena exagerada, casi una provocación académica. Acá somos hospitalarios, la ciudad vive del turismo y, como se repite en cada acto oficial, “sin temporada no hay ciudad”. Sin embargo, alguien se tomó el trabajo de hacer una pregunta incómoda: ¿y si un día dejara de ser tan exagerada? La pregunta no salió de un bar ni de una asamblea vecinal exaltada. Salió de una tesis universitaria presentada en la Universidad Nacional de La Plata, escrita por Juliana Belén Quiroga, licenciada en Turismo, y dirigida por el magíster Gabriel Comparato. El título es tan directo como inquietante: “¿Es posible un escenario de turismofobia en Mar del Plata?”. No es militancia, no es panfleto, no es redes sociales. Es investigación académica. Y por eso mismo conviene prestarle atención. La autora no miró la ciudad desde el dron institucional. Bajó al territorio. Eligió dos zonas clave: Alem-Playa Grande y Güemes, es decir, los barrios donde el turismo no pasa: se instala. Son zonas de restaurantes, bares, tránsito imposible, veredas angostas, alquileres caros, ruido nocturno y convivencia forzada entre el que vive todo el año y el que viene por algunos días con ganas de “desconectar”. Ahí se encuestó, se entrevistó, se escuchó. Y se preguntó algo simple pero explosivo: ¿qué piensan los vecinos del turismo?

 

La conclusión es clara: en Mar del Plata no hay turismofobia pero hay malestar. Y el malestar tiene memoria. Los residentes no odian al turista. No piden que se vaya. Reconocen que el turismo es el motor económico de la ciudad. Nadie quiere cerrar la persiana de enero. Pero aparecen frases conocidas: “se llena demasiado”, “no se puede usar el espacio público”, “suben los precios”, “nadie nos pregunta nada”, “todo se piensa para la temporada”. No es fobia. Es cansancio. Y la tesis dice algo clave: la turismofobia no nace de odiar turistas, sino de sentir que la ciudad deja de ser propia. El problema no es el turista. El trabajo es contundente en otro punto que debería incomodar a más de un despacho: el conflicto no es con el turista, es con el Estado. Con políticas turísticas poco planificadas, desconectadas del urbanismo, sin participación vecinal, orientadas al impacto rápido y no a la convivencia. Traducido a Mar del Plata 2026: costas cada vez más concesionadas, espacio público cada vez más privatizado, barrios tensionados por eventos, nocturnidad y tránsito, desarrollo inmobiliario que corre al residente, debates estratégicos que se deciden sin vecinos en la mesa.

 

Europa mostró cómo empieza la película: con crecimiento turístico sin regulación, desplazamiento simbólico y real del residente. La tesis dice: Mar del Plata está en el punto 2. Todavía hay margen, pero no infinito. El trabajo de Quiroga y Comparato deja una advertencia elegante, sin gritos, pero filosa: si el contexto empeora, la turismofobia puede aparecer. ¿En qué contexto? Más desigualdad, menos planificación, más negocios sin regulación, menos escucha, más ciudad vidriera y menos ciudad vivida. O sea, exactamente los debates que hoy están sobre la mesa. Mar del Plata todavía no pinta “Tourist go home”. Pero tampoco conviene seguir creyendo que con repetir “el turismo es trabajo” alcanza para todo. Porque cuando la ciudad deja de ser un lugar para vivir y pasa a ser solo un lugar para vender, el conflicto no es académico, es político. Y como enseña Europa –y ahora también una tesis platense– las ciudades no se rebelan de golpe: primero, se cansan.

 

El mar habla. Y cuando lo hace, no suele exagerar. El Censo Provincial de Basura Costera Marina 2025 puso números a una escena cotidiana: casi ocho de cada diez residuos encontrados en las playas bonaerenses son plásticos. No es una sensación térmica, es una constante. 40 mil objetos relevados en 17 puntos de la costa, con cientos de voluntarios haciendo el trabajo que el Estado mira de reojo. Fragmentos de envases rotos, bolsas degradadas, restos de redes y sogas de la pesca, y un viejo conocido que nunca falla: la colilla de cigarrillo. Pequeña, tóxica, persistente y todavía socialmente aceptada como si no fuera plástico. El problema no es nuevo, pero sí cada vez más evidente. Porque el plástico no desaparece: se rompe, se fragmenta, se disimula. Se vuelve microplástico, entra en la cadena alimentaria y termina donde menos se lo espera. En el pez, en el ave, en la tortuga… y también en nosotros. La discusión, sin embargo, sigue siendo estacional. En invierno, nadie habla de playas. En verano, todos prometen limpieza, campañas y cartelería. Entre una temporada y otra, la basura se acumula y la política se hace la distraída.

 

Y acá aparece el costado incómodo del censo: no es basura que llega sola desde el mar, es basura que generamos en tierra. Consumo descartable, controles débiles, concesiones sin exigencias ambientales y una educación ecológica que queda bien en el discurso pero mal en la práctica. Mientras tanto, los municipios discuten pliegos, canon y negocios, pero el mar devuelve otra agenda. Una que no entra en PowerPoint ni se resuelve con una foto levantando una bolsa en la playa. El plástico no vota, no corta rutas y no hace ruido. Pero se queda. Décadas. Siglos. Y convierte la postal turística en una advertencia silenciosa. El problema no es lo que el mar trae, sino lo que nosotros le damos. Y esa, guste o no, es una responsabilidad compartida.