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Opinión 19 de enero de 2026

Los mosqueteros de la empresa

Alberto Farías Gramegna.

Por Alberto Farías Gramegna (*)
[email protected]

“Ser o no ser, esa es la misión. Mirar y ver, esa es la cuestión” – Xavier C.Orozco


Es frase hecha: “Tres son multitud”. Las patas de una mesa en la que sostiene a la empresa integrada. Visión (el “para qué”), Misión (el “porque) y Gestión (el “con qué”). Si falta definición en uno de los componentes, la sustentación de la organización se hace inestable. Dos patas no son suficientes para sostener calidad institucional y crecimiento de la organización.

Sin embargo, este tríptico de plata, inherente de una empresa racional, hoy en día no alcanza para lograr el oro de una “organización eutópica”, es decir un lugar laboral de excelencia en sus tres dimensiones vitales: económica, ética y emocional. En palabras más técnicas, una empresa no solo de “gestión de calidad total”, sino productora y producida por la “calidad total de la gestión”.

Esperando a D´Artagnan

Como en la épica mosquetera de la entrañable historia de Dumas, la llegada del cuarto componente resulta determinante para pasar del grupo de pares al equipo de élite. El D´Artagnan de nuestra zaga es la Acción (el “como”). Pero no cualquier acción, sino una con sentido estratégico y articulada con las otras tres variables consideradas.

Es decir, el estilo de la gestión tendiente a articular la productividad estandarizada con la creatividad personalizada, sostenida en el papel protagónico de los actores laborales. El protagonismo -a diferencia de la mera participación- implica, tal como su etiología confirma, esfuerzo, agonismo hacia delante. Avance con empeño. Participar, es solo ser parte de algo por defecto, pero no presupone necesariamente compromiso. En las organizaciones no gestionadas por valores, el riesgo de la pasividad y la enajenación en la labor es mayor. Cuando una tarea pierde la capacidad de generar un sentido interno para el trabajador se convierte en mera labor…trabajo externo distante a mi identidad de rol.

Es lo que llamo la “ventriloquía del discurso ajeno”. El empleado cual intermediador autómata de palabra silente, habla por boca de un tercero extraño a su “sentir inteligente” (enfatizo intencionalmente este aparente oxímoron, donde el sentir y el pensar son unívocos).
Es por eso que al confrontar la lógica de la empresa con la lógica del cliente (lógica deviene de “logos”, orden en el decir) y estallar un conflicto, suele aducir su irresponsabilidad refugiándose en el argumento válido del “hago lo que me mandan ellos”. Ese “ellos” son los otros sujetos de un discurso que se me impone como un envoltorio de objeto inerte. Es la cultura del “empleado Chirolita”, tironeado por los hilos de la organización “distópica” (inadecuada, disfuncional) o peor aún “iatrogénica” (capaz de enfermar).

Una organización distópica es siempre una organización distrófica, es decir anómala en sus formas de organizar el trabajo, el poder y las responsabilidades.

El Rey está desnudo

En el clásico cuento que de niño pedíamos que se nos contara una y otra vez, el monarca engañado por un par de pícaros sastres impostores creía vestir ropas de maravillosos hilos mágicos cuando en verdad nada cubría su cuerpo. Hipnotizado por su propio ego, era incapaz de darse cuenta de lo que carecía: capacidad para descubrir la verdad. Cuando ésta contraría nuestra caprichosa lógica, solemos negarla para simplificar el trámite de actualizar nuestras creencias. Así también los súbditos del relato se sumaron a la visión ilusoria del rey y fascinados por la palabra enajenante del poder oficial también creyeron ver ricas telas mágicas donde nada había más que un cuerpo fláccido y decadente. Solo la mirada desprejuiciada de un niño, a refugio de las idolotrías y las ideologías, pudo mirar y ver la realidad objetiva: ¡El rey estaba desnudo! Cayeron entonces los hilos del titiritero y aconteció la catástrofe (este vocablo significa: “caída de la cadena de palabras”). La gente recuperó su clara visión y el monarca su dignidad y así pudo castigar a los pillos.

Como en la historia de nuestra infancia, las organizaciones distópicas están encerradas en la ilusión de vestir ropas vistosas sostenidas en formalismos y rutinas vacías, donde los empleados son meros ejecutores de labores que no comprenden ni les interesan. Solo están motivados por la lidia de la mejora salarial, o en el mejor de los casos por asegurarse un ascenso en el organigrama. Estos motivos son perfectamente atendibles y legítimos, pero insuficientes cuando operan aislados de toda otra consideración. A la larga degradan al sujeto que solo trabaja por la compensación económica, terminando por detestar lo que está obligado a hacer.

Visión, misión, gestión y acción son la guardia de honor del empresario que pretende una empresa eutópica. Los mosqueteros que aseguran con sus emprendedores floretes que el rey no se engañe con falsos ropajes de poder solitario y así no salir desnudo a la calle.

(*) Psicólogo organizacional. Consultor en psicología de la empresa y RRHH.