Milei y la paradoja de la popularidad, la política como espectáculo y “ser de derecha” sin culpa
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Javier Milei eligió Mar del Plata para su primer contacto popular después de Davos. El lunes, a poco de arribar a la ciudad y tras instalarse con su comitiva en el Hotel Hermitage, fue el protagonista del llamado Tour de la Gratitud, una caminata nocturna por la calle Güemes, rodeado por buena parte de su gabinete, saludos, selfies, cánticos y un clima que, lejos de la frialdad institucional, tuvo tono de celebración. El Presidente agradeció explícitamente a Mar del Plata. Lo hizo con un mensaje breve, sin discurso largo ni escenografía, pero con una señal política clara: volver a la calle después del Foro Económico Mundial, bajar del escenario global al territorio real, y hacerlo en una ciudad simbólica, masiva, heterogénea y políticamente intensa. El dato no es menor. Davos dejó imágenes de Milei como líder ideológico internacional, aplaudido por sectores empresariales y liberales, pero también críticas internas y externas por el tono y el contenido de su mensaje. Güemes, en cambio, mostró otra cara: un Presidente con respaldo popular visible, aplausos espontáneos y una recepción mayoritariamente positiva.

En los hechos, fue su primer termómetro social tras semanas de ajuste, tensión económica y discursos duros. Y el resultado sorprendió incluso a algunos propios. La escena tuvo un valor simbólico potente: mientras el diagnóstico social sigue marcado por una frase que se repite en todos los barrios –no alcanza la plata–, el Presidente conserva niveles de apoyo que desafían la lógica clásica del desgaste económico. La paradoja está a la vista: salarios ajustados, consumo contenido, pero una parte importante de la sociedad sigue apostando a Milei como intérprete de un cambio más profundo. En los pasillos políticos se repite una lectura: el respaldo no es económico, es identitario. Milei no es evaluado todavía por resultados inmediatos, sino por la promesa de ruptura. Y esa expectativa, al menos por ahora, sigue viva.

La presencia de gran parte del gabinete no fue casual. Funcionó como foto de cohesión interna y como mensaje hacia afuera: el Gobierno se muestra compacto, convencido de su rumbo y dispuesto a sostener el vínculo directo con la gente aun en contextos complejos. “No tengo ninguna duda de que la gente está mejor que antes”, le dijo el ministro del Interior, Diego Santilli, a LA CAPITAL. No hubo anuncios rimbombantes, pero sí ejes claros: orden fiscal, seguridad, reformas estructurales y la convicción de que el sacrificio actual tiene sentido político. También hubo contraste. Cerca del recorrido –también sucedió el martes cuando se retiraba del teatro donde presenció el espectáculo de Fátima Flórez y se cruzó con el público que se retiraba del recital de pedro Aznar en el mismo complejo teatral–, se escucharon reclamos y expresiones críticas, en especial vinculadas a jubilaciones y situación social, y hasta algunos insultos. No dominaron la escena, pero estuvieron. Y eso también forma parte del cuadro: un país tensionado, con apoyos y rechazos conviviendo en el mismo espacio público.

La elección de Mar del Plata suma otra capa de lectura. Ciudad turística, escenario histórico de la política nacional, territorio electoralmente disputado y con fuerte exposición mediática en verano. Milei no pasó de incógnito: eligió mostrarse, exponerse y medir clima. Y el saldo, al menos en términos simbólicos, fue favorable. En un contexto en el cual el Gobierno enfrenta debates duros en el Congreso, resistencia sindical y un escenario económico todavía frágil, la caminata por Güemes como así también la asistencia al teatro donde se dio el gusto de cantar “El rock del gato” funcionaron como inyección de legitimidad política. No resuelve problemas estructurales, pero confirma algo que en la Casa Rosada repiten con insistencia: el vínculo con una parte de la sociedad sigue intacto.

La imagen final deja una enseñanza para la política tradicional: la popularidad ya no responde linealmente al bolsillo. Hay liderazgos que se sostienen por relato, por confrontación y por la promesa de un futuro distinto, incluso cuando el presente aprieta. Desde Davos hasta la calle Güemes, Milei ensaya una combinación que no es habitual: discurso global y contacto callejero, élite económica y militancia espontánea, ajuste y aplausos. Falta ver cuánto tiempo dura ese clima. Pero, por ahora, el Presidente sigue caminando con gente alrededor. Y eso, en política, siempre importa.

El martes a la noche, tras la asistencia al teatro, Milei se trasladó hasta las playas del sur, concretamente al balneario Horizonte, donde se desarrolló el Derecha Fest. Clima enfervorizado, netamente libertario, con muchos mileístas “puros” y de la primera hora junto a influencers y especialistas en redes sociales entremezclados con algunos funcionarios del gobierno y un puñado de ex PRO. Al margen de los acalorados discursos y lo puramente coyuntural, debe considerarse que lo que ocurre hoy con el llamado Derecha Fest excede largamente la lógica de un evento político o militante. No se trata solo de cuánta gente fue, de quiénes subieron al escenario o de los discursos que se pronunciaron. Lo verdaderamente significativo es el clima cultural que lo hace posible.

Hasta hace no tantos años, en la Argentina, decir públicamente “soy de derecha” era, como mínimo, incómodo. En muchos espacios, era directamente inconfesable. El sentido común dominante asociaba la derecha a algo vergonzante, reaccionario o moralmente reprochable. Aún quienes compartían muchas de sus ideas preferían esconderlas detrás de eufemismos: “soy liberal”, “no soy ni de izquierda ni de derecha”, “soy pragmático”. Ese tiempo parece haber quedado atrás. El Derecha Fest es, ante todo, la postal de un cambio cultural profundo: hoy hay sectores que no solo se reconocen como de derecha, sino que lo hacen con orgullo, sin pedir disculpas y con vocación de identidad colectiva. No es un detalle menor en un país donde, durante décadas, el prestigio simbólico estuvo casi exclusivamente del lado del progresismo.

La llegada de Javier Milei a la presidencia aceleró ese proceso, pero no lo inventó. Milei funciona más como catalizador que como causa. El terreno ya estaba preparado: hartazgo con discursos políticamente correctos, desconfianza hacia el Estado, rechazo a las élites tradicionales y una fuerte revalorización del mérito, el orden y la autoridad como valores legítimos del debate público. Lo novedoso es que esa identidad dejó de vivirse en voz baja. Hoy se expresa en actos, festivales, redes sociales y conversaciones cotidianas. La derecha ya no se presenta solo como una posición económica, sino como una cultura política, con estética, símbolos, consignas y una épica propia. En ese marco, el Derecha Fest no busca convencer a indecisos: busca reafirmar pertenencia. Funciona como ritual de validación colectiva, como espacio donde lo que antes era marginal se vuelve central y celebrado. Algo que, hasta hace poco, parecía improbable.

El fenómeno también interpela al resto del sistema político. La izquierda y el progresismo, acostumbrados a ocupar el lugar de superioridad moral, hoy se encuentran a la defensiva. La discusión ya no es quién tiene razón, sino quién representa el clima de época. Y ese clima, guste o no, se desplazó. La paradoja es que este corrimiento ocurre en un contexto económico y social complejo, con dificultades reales para amplios sectores de la población. Sin embargo, el discurso de derecha logra conectar no desde la promesa de bienestar inmediato, sino desde una narrativa de sacrificio, orden y futuro. No ofrece consuelo: ofrece sentido. Para muchos, asumirse de derecha hoy es una forma de rebelión cultural. Un gesto contra lo establecido. Una inversión completa del viejo mapa simbólico argentino, donde lo disruptivo ya no es cuestionar al mercado, sino al Estado; donde lo contracultural ya no es ser progresista, sino conservador en valores y liberal en economía. El Derecha Fest es, en definitiva, una señal de época. No define por sí solo el rumbo del país, pero confirma algo que ya está ocurriendo: la derecha dejó de pedir permiso para existir en el espacio público argentino. Y cuando una identidad pierde el miedo y gana orgullo, el impacto suele ser duradero. El sistema político puede subestimar este cambio o caricaturizarlo. Pero haría mal en ignorarlo. Porque, más allá de nombres propios y coyunturas, lo que está en juego es una transformación del sentido común. Y cuando eso sucede, las consecuencias rara vez son pasajeras.

La política como fiesta. Jaime Durán Barba volvió a escena y, como siempre, dejó más titulares que explicaciones. En LN+ dijo lo que viene repitiendo desde hace una década, pero ahora con Javier Milei como caso de estudio: la política ya no es gestión, es espectáculo. Y el que no entiende eso, queda afuera del escenario. Según el consultor ecuatoriano, Mauricio Macri perdió la brújula cuando dejó de divertirse. Cuando abandonó los festejos, los globos y la alegría impostada para hablar de planes de gobierno, se volvió serio. Y la gente –dice Durán Barba– no quiere políticos amargados. Quiere show. Por eso Milei canta, baila, grita, se abraza con Fátima Flórez y convierte actos políticos en recitales. Derecha Fest incluido. “Hay ambiente de alegría”, celebró Durán Barba, que incluso confesó que le habría encantado estar en el Roxy de Mar del Plata. No por las ideas, sino por la diversión. En tiempos de internet, recordó, las imágenes pesan más que las palabras.

Pero el dato interesante vino después. Para Durán Barba, Milei invita a pastores evangélicos (como Gabriel Ballerini, quien fue uno de los disertantes del Derecha Fest) porque está preocupado por la irrupción de Dante Gebel. No es una cuestión religiosa sino política: los evangélicos saben militar, tocar timbres y construir comunidad. En Brasil fueron clave para Bolsonaro. Hoy, en vez de biblias, reparten volantes. La idea –aseguró– es de Santiago Caputo, a quien presentó como su “discípulo”. Inteligente, leído, simpático y con pasado de cortocircuitos fuertes con Marcos Peña. Caputo, agregó con picardía, sabe cómo manejar su interna con Karina Milei: sin pelearse.

Porque el que se pelea, vuela, graficó. Durán Barba también dejó una definición que incomoda a algunos libertarios: la política del siglo XXI no tolera el discurso de odio. Mientras desde el entorno presidencial se lanzan críticas a homosexuales, recordó que quien ayudó a la Argentina en su peor momento fue Scott Bessent, secretario del Tesoro de Estados Unidos, casado con un hombre. Antes –dijo– se hacían chistes racistas y homofóbicos. Hoy nadie se ríe. En síntesis: Milei entiende el clima de época, Macri no lo entendió a tiempo y Gebel aparece en el radar presidencial como un competidor inesperado. La política, insiste Durán Barba, ya no se gana con planes quinquenales, sino con alegría, baile y espectáculo. Y en ese escenario, el que no baila… queda fuera de cámara.
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