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La Ciudad 4 de marzo de 2026

Nuevo ministro y una pregunta que volvió a escucharse en Mar del Plata, y las encuestas que marcan un “no llego pero aún banco”

Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata.

Casi en simultáneo con la confirmación de que Juan Bautista Mahiques fue designado como nuevo ministro de Justicia de la Nación en reemplazo de Mariano Cúneo Libarona, en los pasillos del poder –y especialmente en los despachos municipales– empezó a circular una pregunta con nombre propio: ¿Vuelve Guillermo? El interrogante remite –claro está– a Guillermo Montenegro. Actual senador provincial, intendente de General Pueyrredon en uso de licencia y figura siempre disponible en el tablero grande. Su nombre había sonado como uno de los posibles reemplazantes de Mariano Cúneo Libarona. No fue. Pero el ruido dejó ecos. La salida de Cúneo Libarona había abierto especulaciones. Cabe recordar que entre los nombres que circularon en voz baja apareció el de Guillermo Montenegro. No fue oficial, pero en política lo que suena, existe. Algunos lo ubicaban como el candidato que empujaba Santiago Caputo. Finalmente, el elegido fue Mahiques, con aval central de Karina Milei, quien volvió a demostrar que la lapicera fina pasa por su despacho.

 

El nuevo ministro asumirá con respaldo de jueces y fiscales que lo conocen desde hace más de veinte años. A su lado desembarca Santiago Viola como viceministro, hombre de confianza del karinismo, en reemplazo de Sebastián Amerio, dirigente que tiene buen vínculo con Caputo. En el armado también talló Martín Menem, pieza clave en los puentes internos del oficialismo. En la Casa Rosada juran que no hubo interna feroz ni pase de facturas entre Caputo y Karina. Que hubo conversaciones. Que fue un movimiento acordado dentro del “triángulo de hierro”. Que las lecturas sobre ganadores y perdedores son “interpretaciones”. Nadie quiere ruido después de las últimas victorias parlamentarias. Pero en el plano local, las especulaciones pasaron por otro lado. Si Montenegro no fue al Ministerio, si no habrá desembarco nacional por ahora, el foco vuelve inevitablemente a General Pueyrredon.

 

El exintendente es hoy senador provincial y jefe político del PRO local. Está de licencia, pero vive en la ciudad, camina, escucha y ordena. La administración formal quedó en manos de Agustín Neme, pero el liderazgo estratégico “no cambia rápidamente de manos”, apostillaba un veterano dirigente del radicalismo analizando la nueva movida. Y entonces reaparecen los interrogantes. ¿Volverá a ocupar personalmente la intendencia? ¿O seguirá en el Senado bonaerense construyendo volumen hacia 2027? ¿Le conviene retomar gestión para consolidar territorio propio? ¿O preservar margen desde la Legislatura mientras observa cómo se reconfigura el poder entre libertarios y macristas? Aseguran, y lo acentúan en su entorno, que no está previsto su regreso. Que no hay intención de alterar el esquema actual. Pero también debe señalarse que la política es dinámica y que los escenarios se evalúan semana a semana. Y que hay políticos que nunca dejan de medir el clima.

 

“Dijo que iba a asumir en el Senado provincial y así lo hizo. Y está convencido de que su amigo Diego Santilli tiene grandes chances de ser el candidato a gobernador de La Libertad Avanza el año próximo y arrebatarle la provincia al peronismo. Y en eso ‘El Gordo’ va a estar laburando fuertemente”, repetía en café aledaño a la municipalidad uno de los hombres de total confianza del equipo de Montenegro. No obstante, la designación de Mahiques cerró una puerta nacional para Montenegro –al menos en esta etapa–, pero abrió nuevamente la discusión local. Porque cuando un dirigente suena para un ministerio y no llega, su capital político no desaparece: se reubica. Mientras tanto, en el gabinete nacional empiezan a verse cada vez más nombres provenientes del PRO o vinculados a ese universo. Una convivencia que ya no parece táctica, sino estructural. En ese mapa, Montenegro es una figura de doble valor: gestión comprobada y puente natural entre amarillos y violetas.

 

Un exfuncionario del gobierno de Mauricio Macri compartía el sábado a la noche, en larga mesa de restaurante del puerto con presencia de amigos marplatenses, una encuesta que revela que la mitad del país aplaude al gobierno mientras la otra mitad resigna el ocio, las primeras marcas y hasta la ropa. La paradoja del verano: optimismo en las encuestas, ajuste en el changuito. Hay una escena que se repite en el verano marplatense. “El turista que llegó elige el menú más barato, paga con débito para no ver el total, y al volver al hotel le cuenta a la familia que el país está mejor. No miente. Tampoco está del todo en lo cierto”, se escuchó. Eso, en números, es lo que registró la última medición de Casa Tres publicada en el informe Pensar Argentina de PensarLab: una fotografía tan contradictoria que cuesta creer que retrata al mismo país.

 

 

“Son más los que creen que estarán mejor que quienes efectivamente dicen estar mejor que hace un año.” La aprobación al gobierno de Javier Milei se sostiene en el 52 %. Más de la mitad dice que los esfuerzos valieron la pena. El 48 % cree que el país va por el camino correcto. Hasta ahí, el oficialismo puede festejar. El problema aparece cuando se cruzan esos datos con lo que pasa en la cocina de cada casa. 52 % de los argentinos dice que no le alcanza el sueldo. Entre los mayores de 50 y los sectores de menores ingresos, ese número trepa al 62 %. Además, 66 % resignó algún servicio o actividad en los últimos meses. El ocio fue lo primero en caer (49 %), después las primeras marcas (38 %), y luego la ropa (27 %). Dicho en criollo: dos de cada tres argentinos recortaron algo de su vida cotidiana. Y, sin embargo, más de la mitad apoya al gobierno que tomó las medidas que los llevaron a recortar. ¿Contradicción? Sí. ¿Sorprendente? No tanto.

 

 

El dato que explica todo. El informe lo dice con precisión quirúrgica: el crédito que la ciudadanía le otorga al gobierno está depositado más en la expectativa de mejora futura que en la experiencia cotidiana. El 40 % cree que la situación económica estará mejor el año que viene. El 36 % cree que estará peor. El 19 % dice que igual. Es decir, el voto de confianza no es por lo vivido. Es una apuesta a futuro. Y esa apuesta convive con una percepción muy concreta: solo el 16 % cree que el gobierno está resolviendo los problemas. El 36 % dice que sabe cómo resolverlos pero necesita tiempo. Y el 43 % –casi la mitad– directamente no le cree que tenga la capacidad para solucionarlos. Asimismo, el 43 % dice que el gobierno no tiene la capacidad para resolver los problemas. Y aún así, el 52 % lo aprueba. Eso no es apoyo ciego: es paciencia con fecha de vencimiento. El oficialismo tiene una base sólida entre quienes tienen menos que perder económicamente (los jóvenes sin familia a cargo) y entre quienes tienen más para amortiguar. El medio, el corazón de la clase trabajadora argentina, está tenso.

 

Otro dato que vale la pena subrayar: la agenda de preocupaciones de los argentinos viró hacia lo económico y se alejó de la confrontación política. Economía en general (23 %), bajos salarios (13 %) y desempleo (11 %) encabezan el ranking. La inseguridad quedó en quinto lugar con el 8 %. Milei como problema: apenas el 4 %. El kirchnerismo como referencia de culpa sigue siendo funcional al oficialismo: el 52 % responsabiliza a Massa por la situación económica, contra el 40 % que apunta a Milei. La herencia todavía rinde como escudo. Pero hay un límite. El escudo de la herencia no paga el alquiler, no baja el precio de los alimentos –que en enero subieron 4,7 %, por encima de la inflación general de 2,9 %– y no devuelve el turno en el gimnasio que se canceló para llegar a fin de mes. ¿La frase que define el verano? “Lo peor ya pasó”, 32 %; “Está pasando”, 28 %; “Va a pasar”, 33 %. Un país dividido en tres tercios que no se ponen de acuerdo ni en en qué momento del dolor están. Eso sí: el 44 % dice que siente esperanza. Entre los jóvenes, el 48 %. Entre los votantes de Massa, apenas el 1 %. Argentina, como siempre, no es un país. Son varios países conviviendo en el mismo territorio con distintos termómetros, distintas heladeras y distintos ánimos para encarar el año electoral que viene. El Gobierno tiene tiempo. La pregunta es si ese tiempo alcanza para que las expectativas se conviertan en realidad antes de que la paciencia se agote. Porque en política, como en las vacaciones baratas, el recuerdo lindo dura poco cuando la tarjeta llega en febrero.



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