Historia, memoria y gestión política
Por Leonardo Z. L. Tasca
En un mundo caracterizado por la velocidad del cambio y la incertidumbre, miedos y pobreza y en un contexto regional e internacional marcado por grandes desafíos y transformaciones; las sociedades necesitan más que nunca marcos intelectuales y estratégicos claros para prosperar y llegar al desarrollo (1). La historia es una guía imprescindible para quienes buscan entender y dominar las fuerzas materiales y culturales que están transformando en un caso para mejor en otros para atrasar y perpetuar las condiciones de marginación y pauperización.
La historia, como se enseña en el País, como ciencia auxiliar de la comunidad colapsa por sus intrínsecas contradicciones y parece que siempre está bien por sus propias fraguas metodológicas que exhibe, que son las investigaciones y formas técnicas de narración e ideologías que consolidan la dependencia colonial cultural. El uso errático de la ciencia histórica y el conocimiento rudimentario del pasado debilita la democracia, la cultura y fortalece la concentración y uso del poder extra nacional y convalida las decisiones allende para el saqueo por factoría sistemático de los recursos económicos estratégicos por intermedio de las corporaciones multinacionales.
Ingresar al conocimiento de la historia para aprender y salir para gestionar el cambio político porque la comunidad padece continuamente un pasado que no pasa y esa antigüedad sigue traccionando los problemas sociales y las miserias que no se resuelven porque la gestión política y partidaria no solo desconoce la historia, sino que además aplica algunas de sus enseñanzas deliberadamente mal.
Ahora bien, esta abdicación sobre no resolver los problemas sociales ni tampoco aportar conocimientos desde la ciencia histórica no es neutra; ya que reestructura para el poder político la distribución del tiempo y la atención cultural, reduciendo a los sujetos humanos a unidades productivas y consumidores de estímulos efímeros, despojándolos de los nexos que constituyen a la persona como locus de intencionalidad y proyección hacia una calidad de vida de promoción humana y bienestar.
La investigación histórica profesional que no va a los problemas sociales queda así subordinada a un veredicto liberal político previo, entre otras a la lógica del despojo o saqueo y devastación de los recursos naturales. No son los hechos y contingencias lo que tiene interpretar y aportar conocimientos, sino verdades definitivas destinadas a evitar que se legitime un orden que consolida el poder de turno, que no es otra situación económica que un país y su geografía a merced de la acumulación por desposesión sistemática del extractivismo (2) impunemente de las corporaciones multinacionales y enormes como evidentes retrocesos sociales. Los centros financieros metropolitanos del capitalismo y los países imperiales sangran a las naciones latinoamericanos y ¿que interpretan los historiadores?
Es verdad que la historia permite volver sobre el pasado con la reflexión social critica, somos el futuro de un pasado ya experimentado sobre la resignación y el fracaso material y social. Vivimos en el neurótico y eterno retorno sin fin a las cosas del pasado mal gestionadas y peor resueltas.
Los historiadores deben olvidarse ser meros descriptores de circunstancias, están obligados con su tarea profesional a encontrar un seguro refugio de cultura para que el pasado no caiga en la aciaga y larga noche que se asoma para zaherir cuando sus fracasos históricos y sociales no son suficientemente clarificados. La ética es no consolidar una huella de la política liberal de los que más tienen seguirán incrementando su conjunto virtuoso de bienes y servicios a su exclusivo bienestar de uso y goce, mientras los que menos tienen seguirán padeciendo penurias, dolorosas escaseces y carestía material.
La labor histórica profesional es reflexionar, es poner en tensión el pasado con el presente, comprender y saber para corregir. Proteger el tiempo histórico no es una utopía. El mágico e insondable secreto de la vida es fisgar el pasado que es de donde surgen los aprendizajes, un manantial lleno de sabiduría. Más que analizar documentos con regocijo cognitivo, es reconstruir decisiones, contextos y memorias que dan sentido al presente. Tiene que dar argumentos sólidos y tamizados para desarrollar la idea de la teoría a la práctica para una conciencia política e institucional activa, según la cual tener conciencia es en todo momento conciencia de algo; es decir, se refiere siempre a un objeto, o de otro modo a “cosas singulares” en que la historia sea la historia de y para algo.
Cuando el sistema de historia profesional y celestina defecciona en la prosecución de un instructivo investigativo e interpretativo sólido del pasado, cuando hace abandono de su compromiso de analizar y desbrozar el tiempo pretérito, deja a la comunidad desguarecida frente a los factores disgregadores y no puede superar el subdesarrollo que la aqueja. Todo esto porque la historia como ciencia aporta una única y decisiva influencia intelectual para el debate profundo y serio no solo del pasado que analiza, sino de la propia democracia, el desarrollo y la vida institucional.
No es posible ir hacia adelante porque el futuro no es transitable – apenas es intuición – sin embargo, la imposición partidaria del poder de turno de la memoria sin crítica ni conciencia, en reemplazo de la historia profesional, ha logrado crear presentaciones sociales, aunque para nada ficticias, y avanza a contramano de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana.
En la actualidad liberal de la cultura histórica la memoria se fagocita a la historia y en los andariveles disruptivos el personaje del posmodernismo cultural es la memoria, que retiene y recuerda el pasado; no la historia que es el estudio y la narración, exposición de los acontecimientos pasados; es decir, conocimiento adquirido mediante la investigación e interpretación.
Una comunidad puede tener una buena memoria y recuerdos del tiempo pretérito, no quiere decir que tenga una historia común que la identifique sino pasa por una reconstrucción metódica y profesional de las diferentes épocas sociales vividas a través de la pericia estética, formal y concerniente de una profunda labor científica (3) que utiliza a la memoria para inyectarle propósito, significado y conciencia cosa que carecen los recuerdos, fértil abono de la memoria y la mera ilusión.
El poder político del tiempo tutelado que utiliza el pasado como instrumento y herramienta disuasiva para tener su propia versión de los acontecimientos de la gestión y para entretener quiere que la comunidad tenga ingente memoria como reemplazo de la historia (4). La memoria nunca da certezas ni genera perspectivas y tiene una recidiva fútil y pasajera. Así los historiadores están al servicio de “la versión oficial” y en el sendero gozoso de la servidumbre donde explican la lógica política y social de la situación del poder y gobierno de turno.
Cuando el poder que monitorea la cultura y la propaganda oficial insiste con la vigencia de la memoria, es porque quiere eliminar a los historiadores, salvo que estén dócil a su servicio para la propalación y “versiones corregidas de los éxitos”. Para el manejo disuasivo y conveniente desde el poder de la historia liberal, para usar la memoria a su beneficio, propala, no le des vuelta al pasado, pues no lo puedes cambiar; que no te agobie por el futuro, no sabes si llegara; disfruta y vive el presente, no lo dejes escapar porque una vez que se vaya ya nunca volverá. Obvio que es así, porque la memoria no da certezas ni establece perspectivas políticas. En las antípodas de estas concepciones el partido cultural no genera conocimientos sobre la historia y si puede la elimina.
A diferencia de la historia la memoria pervive escindida del contexto, ella nunca atraviesa el umbral de lo real ni invade la materialidad del ser humano. Es por ello que el poder político de turno la prefiera por encima de la historia interpretada porque la puede manipular y deformar y que sea un instrumento partidario para configurar un proceso confuso dónde coloca desde la cultura propagandística a la memoria como sinónimo de historia.
La memoria nunca condensada la intensidad de la gestión política, en cambio la historia es la vida social misma de la comunidad que encuentra por su propia dinámica institucional un instrumento concreto de cambio y gestión.
Siempre que se quiere instalar el remplazo de la memoria en lugar de la historia es a consecuencia de la política cultural que pretende el clivaje en el atraso y en proyectos económicos rapaces coincidente con administraciones partidarias antinacionales como la extracción sistemática de los recursos estratégicos nacionales, desaparición de lo autóctono, y deméritos de las tradiciones y acervo en procesos propios.
La memoria no explica nada, tampoco revela la materia, ni hace cosas perceptibles, siempre hay vínculos con la realidad, pero jamás concreta nada, reconcilia con la vida, pero no la explica. Siempre la falsedad histórica proviene como resultado de un uso excesivo de la memoria como factor propagandístico y cultural. Al pasado se lo recuerda por la memoria, pero se lo conoce y se lo comprende por la historia. La memoria suele ser agobiantes porque hace creer en muchas situaciones que no son ciertas. La memoria abre canales por dónde fluye la existencia de una comunidad y hasta llega a recuperar el sentido, pero nunca llega a explicarla como lo hace la historia. La memoria crea mitos y hasta parecen que da formas a una realidad inexistente.
Claro que el conocimiento de la historia genera múltiples tensiones y descubre las asimetrías sociales, pero permite visualizar el desarrollo prioritario de las fuerzas productivas, supera la abstracción política y partidaria para poder elaborar el ansiado como siempre postergado proyecto nacional. La memoria es cimiento vital para recordar y emocionarse, crea un contexto vulnerable para gestionar porque todo es endeble y siempre frágil; en cambio la dimensión valorativa de la historia con sus confrontaciones socio política es fundamento de enseñanza para aprender, transformar, progresar y fortalecer a su vez la cultura democrática e institucional.
El valor sentimental y la monotonía del recuerdo lo agrega la memoria, da el estímulo intenso, pero defecciona y termina en la habitualidad, cae en hacer desaparecer límites y defectos. Por ello es que una cultura solo cimentada en la memoria genera vínculos sociales pobrísimos. Solo la historia solidifica el vínculo emocional del hombre con el pasado y los acontecimientos vividos, solo el historiador profesional y comprometido puede revelarlo en sus detalles para que la historia sea escuela de la vida tal como lo expresaron a través de la humanidad los maestros y la filosofía.
Promover el pensamiento crítico e histórico, boceto de la historia nacional, que reflexione sobre el pasado y pueda proyectarlo sobre el presente en un transformador sistema de enseñanza, tal vez sea uno de los principales desafíos de nuestro tiempo.
Notas:
(1). El desarrollo no es económico, sino socioeconómico y social
(2). El extractivismo es definido como la explotación de grandes volúmenes de recursos naturales, que se exportan como commodities y generan economías de enclave (localizadas, como pozos petroleros o minas, o espacialmente extendidas, como el monocultivo de soja o maíz). Requiere grandes inversiones de capitales intensivos, generalmente de corporaciones transnacionales. Presenta una dinámica de ocupación intensiva del territorio, generando el desplazamiento de otras formas de producción (economías locales/regionales) con impactos negativos para el ambiente y las formas de vida de poblaciones locales.
(3). La historia no tiene significado, responde Karl Popper: La Historia, en el sentido en que la mayoría de la gente habla de ella, simplemente no existe, y ésta es al menos una razón por la que dice que no existe. Citado por Feliz Gustavo Schuster, “Popper y las ciencias sociales (I)”, centro Editor de América Latina, Buenos Aires 1992.
(4). Ver Francis Hartog, entrevista de Renán Silva, “Memoria e Historia”, Universidad de los Andes, Bogotá, 2012.
(4). Facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado.
(5). Narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, sean públicos o privados.
(*): El autor es historiador y ensayista, su último libro es “Preceptiva sobre San Martin y libre cambio pirático”, publicado por la editorial Editores de América Latina.
