A 50 años del golpe: la tercera generación enciende la memoria de sus abuelos
Son nietos y nietas de personas detenidas desaparecidas durante la última dictadura militar, de cuyo inicio se cumplen 50 años. Formaron Nietes, una agrupación que busca comunicar a sus pares el horror de lo ocurrido a partir de 1976 y sus enormes consecuencias. A qué atribuyen el negacionismo actual.
Martín, Ramiro, Maite y Lautaro en el Faro de la Memoria de Mar del Plata. Foto: Diego Romero.
Por Paola Galano
“Gana Milei y creo que tuve un día de duelo, al otro me abrí el grupo de WhatsApp de Nietes”, recuerda Maite Bourg Cirelli, 21 años, nieta de la pareja de detenidos desaparecidos en 1977 Miguel Bourg y Alicia Rodríguez.
Consciente de que la nueva gestión nacional ya evidenciaba señales adversas en torno a los Derechos Humanos, la joven respondió a una invitación que llegó desde La Plata, donde ya funciona un colectivo parecido.
Hoy, Nietes es una joven agrupación que vincula a nietos y nietas de personas detenidas desaparecidas durante la última dictadura cívico militar, de cuyo inicio -un 24 de marzo de 1976- se cumplen hoy 50 años.
“Pensaba que a mucha gente no le interesa el mundo o no quiere ponerse a pensar en cómo es el mundo realmente. Cuestionarlo. Quieren zafar”
Al igual que otros colectivos, Nietes también trabaja por la memoria de una de las páginas más atroces de la historia argentina reciente. Pero lo hace bajo el paradigma de una nueva generación, la que nació en el siglo XXI y se crió en democracia, aunque con los ecos de la dictadura resonando en el hogar, en la familia, entre amigos.
Para Martín Roldán, 19 años, estudiante de Ciencia Política y nieto de Néstor Roldán, secuestrado en 1977 en Miramar, la importancia del nuevo grupo es que busca llegar a sus pares con el mismo lenguaje. “Las historias de personas más grandes les resultan lejanas a los pibes, Nietes dice ‘miren, se puede ver esto desde este lado‘ porque se siguen cometiendo crímenes”, expresa y destaca las charlas en las escuelas.

La charla en el Faro de la Memoria. Foto: Diego Romero.
“Creimos, ingenuamente quizás, que la discusión estaba saldada, que ya estaba establecido lo que había sucedido (con el terrorismo de Estado y la represión entre 1976 y 1982). Quizás descuidamos un poco el traspaso de información a esta generación, que a nosotros no nos pasa porque lo vivimos”, sigue Maite, estudiante de japonés y a punto de empezar la carrera de Letras.
“Quizás descuidamos un poco el traspaso de información a esta generación, que a nosotros no nos pasa porque lo vivimos”
Sabe que para muchos pares, lo sucedido hace 50 años adquiere poca relevancia a la luz del presente frenético. “¿A quién le importa lo que pasó hace medio siglo? Y en realidad si te lo pones a pensar, son un montón de cosas que siguen pasando. Nosotros como nietos de desaparecidos sabemos lo importante que es saber que somos nietos de desaparecidos. Ahora estamos también buscando a pibes de nuestra edad que tampoco saben su propia historia”.
La chica se entusiasma: “Es un momento complicado por la situación política, pero tenemos que luchar más fuerte que nunca”. Martín comparte: “Somos la continuación de esa lucha, de toda esa juventud que se animó no solo a pensar, sino a movilizar y a accionar por ese mundo mejor y que fueron secuestrados por la dictadura y aún con el miedo que generaba la dictadura siguieron luchando. Yo creo que el trabajo que tenemos nosotros es seguir transformando el mundo para que la gente no tenga miedo de hablar sobre las incomodidades que tiene el mundo, sino que intente transformarlas”.
Terror a las inyecciones
Como huecos negros, las desapariciones tan cercanas, ocurridas en el marco de un plan sistemático del gobierno de facto que encabezó Jorge Rafael Videla, los obligó a completar esas ausencias. Las historias mínimas, los detalles cobraron, entonces, un lugar destacado.
“Le empecé a preguntar a mi viejo sobre mi abuelo y me empezó a interesar saber que era una persona más. Porque yo en realidad lo tenía como ‘mi abuelo desaparecido’, no lo tenía humanizado. Y cuando mi viejo me empezó a contar, me interesó mucho la historia de él”. El que habla es Lautaro Roldán, de 17 años, estudiante de una escuela técnica y otro de los nietos de Néstor Roldán.
“El trabajo que tenemos nosotros es seguir transformando el mundo para que la gente no tenga miedo de hablar sobre las incomodidades que tiene el mundo”
“Poco a poco también uno va entendiendo qué es la figura del desaparecido y qué es ser nieto de un desaparecido”, sigue Martín, su hermano mayor, en una charla con LA CAPITAL realizada en grupo en la sala principal del Faro de la Memoria de Mar del Plata.
“Cuando era chico, me acuerdo de preguntarle a mi viejo, inocentemente, si él pensaba que algún día su papá iba a volver. Y él me explicó que no, que ya no. El espera que encuentren los restos, pero no que vuelva vivo. Y ahí fui interiorizando también la figura del desaparecido. Si bien siempre lo supe, la madurez se va dando gradualmente”, reflexiona en voz alta y destaca la apertura de su papá para abordar el tema.
Los nietos de Roldán saben que su abuelo militó en la JTP (Juventud Trabajadora Peronista). Nació en Miramar y “no terminó la primaria, porque tuvo que empezar a trabajar”.
“Le empecé a preguntar a mi viejo sobre mi abuelo y me empezó a interesar saber que era una persona más. Porque yo en realidad lo tenía como ‘mi abuelo desaparecido’, no lo tenía humanizado”
A los 14 años se viene a vivir a Mar del Plata. “Fileteaba pescado, a los 18 años se casa con mi abuela, tienen dos hijos, viven en el barrio Las Lilas”, repasa Martín.
“Trabajó en obras, en una pescadería, en una carnicería”, sigue Lautaro. Y en los hoteles de Chapadmalal, época en la que empezó a militar en la JTP. “Se separa de mi abuela, vuelve a Miramar, sigue trabajando en una empresa constructora y ahí lo desaparecen”, cuenta el más grande de los nietos.
“Algo me sorprendió, fue la humanización que pude hacer con él, dejé de verlo como un ser tan lejano a sentirme su familiar. Supe que le aterraban las inyecciones y que le tenía mucho miedo a las vacunas. Yo también tengo ese terror“, reconoce Martín.
Con la bandera que pintaron y que los identifica en cada marcha. Foto: Diego Romero.
Botones de cerámica
Maite es la menor de dos hijos. Sus abuelos paternos militaban en el Partido Comunista Marxista Leninista y eran padres de cinco chicos. “Mi papá siempre fue muy abierto conmigo, pero yo sé que le costaba hablar del tema. Cuando mi hermano más grande tenía 8 años organizó lo poco que sabía, lo que pudo ir hilando y lo sentó a mi viejo y le dijo: ‘Papá esta es mi historia’. Y ahí mi viejo se dio cuenta de que mi hermano tenía una gran necesidad de saber, no era solo de él la historia, también era de mi hermano”, relata a viva voz, sensible. Y recuerda otro dato: la primera marcha del 24 de Marzo la hizo en la panza de su mamá.
Maite supo que su abuelo nació en Pirán en el seno de una familia de campo. Cuando conoce a la que sería su abuela se muda a Mar del Plata. “Mi abuelo tenía el campo y un poco vivía de eso. Mi abuela era artesana, trabajaba el cuero, hacía camperas, tengo entendido. A mí me han hablado mucho de la solidaridad de ellos, mucha gente pasó por el campo, por la quinta, escondiéndose de la dictadura. Me han dicho que eran sumamente solidarios”.
Es un detalle el que le permite conectar con su abuela: los botones de cerámica con los que la mujer decoraba sus prendas. “Empecé a buscar botones, encargué botones de cerámica y todos los 24 uso este jardinero porque es una forma de tenerlos acá conmigo también” y muestra que en la pechera del jardinero de jean están puestos los botones. En su cuello luce un relicario convertido en medalla que se abre y en su interior están las fotos de Miguel y de Alicia, jovencísimos. “Mi papá tenía 9 años cuando mis abuelos desaparecen”, informa.
“Andan todos zafando”
Ramiro Rindel, 22 años, es nieto de Héctor Cassataro y Alicia Ramírez, sus abuelos maternos desaparecidos en 1977. Respetuoso, cuenta que evita hacer preguntas en su familia. “Yo lo manejaba como un tabú” .
Alto, de sonrisa fácil, Ramiro quiere ser guardavidas. “Yo por ahí no hablo mucho del tema para no ponerlos tristes”, dice. “Lo más zarpado es cómo recuperaron a mi mamá y a mi tía”.
Y cuenta que ambas niñas fueron encontradas de casualidad en un orfanato de La Plata, poco tiempo después de la desaparición de sus padres, porque alguien que buscaba a otra persona las reconoció. Ramiro tiene a ocho familiares desaparecidos.
“Pensaba que a mucha gente no le interesa el mundo o no quiere ponerse a pensar en cómo es el mundo realmente. Cuestionarlo. Quieren zafar y entonces andan todos zafando, buscando zafar, zafando individualmente. Tienen un miedo inconsciente. Miedo y ganas de no enfrentar la realidad”, expresa en torno a opiniones de personas que, en la actualidad, niegan lo ocurrido en la Argentina a partir de 1976 y descreen de los 30.000 desaparecidos.
“Todos piensan que el mundo es una mierda y están todos con miedo y aislados, como si fuera natural. Eso es, creen que el mundo es natural así, la ley del más fuerte. Realmente creo que el mundo se sostiene con amor, con esa lucha de comunidad que hizo posible la vida de todas las especies, porque nadie sobrevivió, ni se formó, ni se desarrolló solo y matándose entre todos”, observa.

Foto Diego Romero.
“Con nombre y apellido”
-¿A qué atribuyen la corriente negacionista?
Martín: -En Nietes nos unimos ni bien asumió Milei. Yo creo que desde ese momento vemos y somos partícipes de este debate público que es el negacionismo. Se intenta instalar desde el Estado, yo creo, una visión negacionista. Milei niega la figura de los 30.000, dice que son 8.000. Villarruel habla sobre la teoría de los dos demonios. Se intenta inculcar a la sociedad el negacionismo. Que tiene que ver con una avanzada de la derecha de querer implementar las mismas políticas que se implementaron en la dictadura. Y querer callar a toda esa masa social. Yo creo que tiene que ver con una derecha que está intentando justificar todos esos horrores que se cometieron, esos crímenes que se cometieron en los ’70 para volver a implementar las mismas políticas que ya se habían intentado implementar.
Lautaro: -Hoy en día el negacionismo es parte de la ignorancia de muchos jóvenes. Yo lo veo en mi salón: soy el único al que le importa saber sobre el tema de la dictadura. Muchos de mis amigos terminan repitiendo lo que leen en Twitter. Yo creo que también es culpa de los profesores que no cuentan una historia completa, cuentan solo una parte y la cuentan mal a veces, 30 chicos en un aula que no conocen de la dictadura y un profesor les dice eso, obviamente le van a creer. Y si después llegan a la casa y tampoco se hablan de esos temas…
Martín: -Creo que no hay mejor momento para decir ¿por qué cuestionan los 30.000? ¿Sería mejor o peor que hubiera 8.000? Esta visión de los 30.000 nos permite a nosotros cuestionar, porque la figura del desaparecido tiene que ver con que no hubo una cifra exacta de muertos, sino que son desaparecidos y la figura del desaparecido no puede tener una cifra exacta. El número 30.000, como cualquier otro número, es un acuerdo histórico que implica esta cuestión de que se siguen buscando.
Maite: -Si fuesen 8.000 sería igual de grave. No importa el número, importa que se violaran los derechos humanos de miles de personas. Y no solo de las personas que fueron detenidas, sino de sus familiares a quienes no se les informó dónde estaban, a quienes se negaron los habeas corpus correspondientes. Esos delitos son gravísimos. No me importa el número. El número es una cosa más. Era gente con nombre y apellido, con una vida.
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