“Cuando comencé a escribir la obra, tenía en claro dos cosas: la obra iba a ser una despiadada crítica social y religiosa, pero también tenía que hacer estallar al público de risa. Sabía que era un riesgo, pero tenía que tomarlo porque estaba contando mi propia historia”, definió Emiliano Ferreira sobre “El pecado mejor cometido”.
La obra que combina humor negro con una crítica feroz, no solo a la “familia religiosa” sino a la sociedad, volverá a escena este sábado y el 12 de abril, en Cuatro Elementos (Alberti 2746).
La propuesta, que ya tuvo cuatro funciones a sala llena durante la temporada de verano, explora los rincones más absurdos de la familia tradicional, los mecanismos de represión sexual y la necesidad desesperada de pertenecer. Lo que comienza como un retrato cómico de lo doméstico se transforma en una crítica brutal al fanatismo, las pseudo “terapias de conversión” y la violencia disfrazada de amor.
Ferreira fue víctima de las mal llamadas “terapias de conversión” durante su juventud dentro de la comunidad mormona en Estados Unidos. La obra nace de esa experiencia, que estrenó en Ciudad de México, donde realizó varias temporadas en espacios como el Foro Shakespeare y el Teatro Milán.
Con dirección de Amanda Farah, en Mar del Plata el elenco se completa con Agustina Anzoátegui, Pablo Cardozo, Gabriel Galella, Betiana García y Vanesa Vanzato.
Ferreira nació el Mar del Plata, pero de adolescente emigró a Estados Unidos, donde vivió muchos años, hasta que se mudó a México.
El artista ahora está volviendo a radicarse en Mar del Plata, donde está participando de ciclos de microteatro y teatro inmersivo y, además, este verano puso en escena “El pecado mejor cometido”, por primera vez en la ciudad.
“Reirme y exorcizar”
“La obra nace de mis experiencias en la comunidad mormona, por haber sido parte de esa comunidad en Estados Unidos, porque estudié en la Universidad de la Iglesia Mormona y lo que fue para mí haber sido sometido a pseudoterapias de conversión, básicamente para que no me echaran de la universidad ni perder mi visa y mi vida allá”, relató el autor y actor de la obra, en una charla con LA CAPITAL.
– ¿Qué implicó, en términos emocionales y creativos, convertir esa vivencia, tan íntima, en una pieza teatral?
– Lo hice en mi madurez. Me costó, porque tuve muchos años de mucho enojo, mucha tristeza y no podía procesar todo lo que había vivido, pero finalmente, de grande, decidí que escribir una comedia y reírme y exorcizar todos estos demonios iba a ser lo mejor que me podía pasar. Por eso quise abordarlo desde la comedia, desde lo absurdo, como absurda es la vida, como absurdo es todo lo que me pasó y lo que muchos chicos hoy, adolescentes, jóvenes de la comunidad LGBTQI+ viven todavía y mostrarlo en una obra.
Lo hice con mucho placer pero, ya después de haber trabajado muchísimo emocionalmente en terapia, riéndome de las situaciones y riéndome de todo lo que había vivido y cómo fue. Entonces, hay ciertas partes de la obra que las hago y me movilizan, porque es una comedia, pero con un mensaje muy fuerte. Para mí, fue una liberación absoluta poder escribir esto y poder contarle al público, a todos, qué es lo que viví.
– ¿Te pusiste algún límite?

– No me puse ningún tipo de límites. De hecho, es una comedia políticamente incorrecta porque hay cosas muy incómodas que se cuentan. Hablo de cosas que están ligadas a la creencia religiosa de los mormones como el racismo, el patriarcado, el machismo y la homofobia. También temas como la crueldad hacia el otro. Creo que “El pecado…” habla de una gran falta de empatía entre los personajes y eso también se vive hoy, siento, en un mundo apático en donde la gente puede morir, sufrir y estamos todos indiferentes. Entonces, quise ir al fondo y hablar de estas oscuridades tan grandes que tenemos los seres humanos.
– ¿Cuál fue tu objetivo al contar/compartir la historia?
– Hacer reír. Y que en esa risa puedan verse reflejados en el espejo. Me parece que es una medicina la risa. Eso es lo que siento en el escenario. El escenario es un reflejo de nosotros como sociedad. Entonces, me interesaba mucho que la gente se riera, reflexionara y también quería hacer una denuncia de las atrocidades que se hacen en el nombre de del bien, de Dios, de la religión, de la moral y cómo se pueden destruir vidas.
– ¿Cómo es, qué implica estar en escena dentro de una obra tan personal?
– Es un poco volver a mi juventud, a cuando tenía 20 y pico de años. Y cuando digo los textos es recordar lo que realmente pensaba y lo que realmente sentía. Entonces, me remonta a esa época, pero no desde un lugar malo, sino de pensar: “Guau, esto es lo que yo creía, lo que me habían dicho que era lo correcto, lo real”. Y en cierta forma es jugar a ser el que fui. Y el teatro es un juego, entonces me divierte. Hay partes que me emocionan mucho.Y también me encanta poder guiar a mis colegas, tanto en México como acá en Mar del Plata, contarles mi historia y que sepan por qué los personajes dicen lo que dicen y por qué actúan como actúan, porque cuando uno entra en detalles de lo que yo viví o de lo que es estar en una comunidad religiosa ortodoxa, las cosas tienen mucho más sentido. Nada de lo que está dicho en el pecado es el azar, absolutamente nada.
– ¿Qué desafíos enfrentaste a la hora de dar tratamiento, sin que sea solemne, pero sin banalizar? ¿Cómo manejaste la línea entre el humor, la comedia y el mensaje?
– La verdad es que escribir comedia es difícil. Esta es la primera comedia que escribí y fue todo un proceso de lograr el tono justo, exacto, sin que sea una revictimización ni que sea algo exagerado, ni ordinario, ni vulgar. Tampoco quería caer en lugares comunes ni en el cliché. Entonces, fue un proceso. Y empieza como una comedia de situación, como una comedia de enredos donde ves a estos personajes que están completamente locos, que son absurdos, con este tono satírico y de a poco te van adentrando en un universo bastante oscuro. La gente no la ve venir en el primer acto y después se empiezan a meter y se enganchan increíblemente en la historia. Y creo que eso es porque más allá de que los personajes son un tanto absurdos y satíricos no dejan de tocar puntos completamente reales y seguramente podemos ver en estos personajes a alguien que conocemos. Con las cosas que dicen, con cómo actúan, cómo piensan, cómo procesan. Traté de ser muy fiel a cosas que suceden en la vida real, a pensamientos que hay en la vida real, a situaciones, pero obviamente con un tono de comedia para que la gente se ría. Y creo que fue la medida justa de tocar la realidad, de escribir un texto con muchísima sinceridad y hablar de las cosas absurdas del diario vivir que creo que cuando uno las ve en un escenario le cae un poco la ficha y nos empezamos a ver en el espejo y decimos, “uy, che, me estoy riendo, ¿de qué me estoy riendo?”. Me estoy riendo un poco de lo que soy, de cómo soy, de cómo pienso. Creo que esa es la clave.
– ¿Lo relacionás con los discursos actuales en Argentina?
– La estrenamos en México en el 2020 en plena pandemia y decíamos hay una necesidad de hablar de estos temas. Hay que ponerlos a la luz y hablarlos. Y con el paso del tiempo pensamos que va a quedar como una comedia muy divertida y con un tema que tal vez no sea tan actual. Pero, seis años después del estreno, hay que volver a hablar de estas cosas de forma todavía mucho más fuerte. Siento que en el mundo y en Argentina, particularmente, hemos retrocedido en materia de derechos y de cosas que por tantos años nos costaron tanto y hoy parece que hay que volver a defenderlas y a replantearse y a plantearlas.
– Decís que esta obra es “más necesaria que nunca”.
– Puedo relacionar a “El pecado mejor cometido” con los discursos que supuestamente hablan de la libertad y del bienestar y lo único que hacen es crear desigualdad, odio, violencia y mentiras. Estamos volviendo a mentir acerca de lo que pasó la historia. Instauraron una idea de la libertad que no es no es tal. Se apropiaron de una palabra tan importante como libertad y la están usando para algo que es una libertad de mercado, en la cual la mayor parte de la gente, si no entra en este sistema, se muere, se queda fuera, se queda en la pobreza y una pequeña parte saca ganancias.
Entonces, creo que el discurso de lo que se cuenta en la obra hoy está más vivo que nunca, porque más allá de algo que me atañe a mí como la comunidad LGTBQ+ y lo que yo viví dentro del mormonismo, la obra plantea otras cosas. Y una es la falta de empatía hacia el hacia el otro, cómo piensa, cómo siente, la deshumanización que tenemos como sociedad.
– ¿Creés o buscás que el teatro sea como un espacio para cuestionar discursos de odio o exclusión?
– Definitivamente, qué mejor espacio para cuestionar la exclusión y el odio y la injusticia que el arte. El arte siempre ha sido y es política. Es una forma de exponer los problemas sociales y que se arme debate. Yo no digo de dar respuesta, sino de plantear problemas y preguntas y exponer realidades y que se vean y que se hablen. Es, me parece, el escenario, el lugar perfecto para hacerlo.