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Opinión 26 de mayo de 2026

Lo que Chapadmalal puede hacer por Mar del Plata (y lo que todos podemos hacer por ello)

La decisión de concesionar el emblemático complejo costero abre un debate de fondo. Por qué un campus universitario podría ser el motor definitivo para el desarrollo de Mar del Plata.

Por Juan Martín Colombo 

El gobierno nacional anunció su decisión de convocar a un procedimiento de selección para concesionar el Complejo Turístico Chapadmalal a un operador privado. La discusión pública se concentró, como suele ocurrir, en si conviene o no privatizar, postergando un debate mucho más profundo sobre el impacto real -lo que se gana o se pierde – al definir el destino de un activo fiscal de semejante escala.

El senador nacional Maximiliano Abad propuso ceder un sector del predio a la Universidad Nacional de Mar del Plata para emplazar allí un campus con infraestructura académica y residencias estudiantiles. Un bloque de concejales de la Municipalidad de General Pueyrredon acompañó la iniciativa con un proyecto de ordenanza similar. La propuesta es mucho más interesante de lo que parece, cuando se la relaciona con el desarrollo urbano (y humano).

Edward Glaeser, economista de la Universidad de Harvard y uno de los estudiosos más rigurosos de las ciudades contemporáneas, sostiene en ‘El triunfo de las ciudades’ (Taurus, 2011) que la variable que mejor predice el crecimiento urbano de largo plazo no es el clima, ni los recursos naturales, ni la infraestructura física. Es la educación. Cuando la proporción de graduados universitarios de un área metropolitana aumenta diez puntos, los ingresos promedio crecen más de un 7% y el producto metropolitano bruto per cápita puede incrementarse hasta un 22%. Las ciudades que invierten en capital humano y logran retenerlo, potencian a la larga casi toda su actividad económica.

Pero Glaeser agrega algo que no se debe pasar por alto. Las ciudades que retienen talento no son únicamente las que generan empleo calificado, sino también las que ofrecen mejor calidad de vida, oferta cultural, gastronomía, recreación y un entorno agradable. Esa combinación entre masa crítica universitaria y calidad de vida urbana es, precisamente, lo que distingue a las ciudades del conocimiento de las que simplemente tienen universidades.

Este modelo ya encuentra desarrollo en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires, que lleva adelante, desde 2018, el Parque de la Innovación. Un predio fiscal que antes estaba ocupado por el Tiro Federal Argentino y fue reconvertido para desarrollar un ecosistema del conocimiento, en el que confluyen varias universidades públicas y privadas -UBA, UTN, ITBA , Di Tella, etc -, un instituto de investigación en medicina, residencias estudiantiles, laboratorios para startups de ciencia y tecnología, espacios de coworking, vivienda y equipamiento comercial, con el 65% de la superficie destinada a espacio público abierto. Conecta física y funcionalmente con la Ciudad Universitaria y se inserta en un entorno que ya tenía oferta de equipamiento deportivo y educativo. El esquema jurídico que permitió todo ello combinó técnicas concesionales, venta de parcelas, cooperación público – privada y un ente público no estatal. Es la prueba de que el suelo público puede servir para construir un ecosistema del conocimiento.

Mar del Plata reúne esas condiciones de un modo que pocas ciudades argentinas pueden igualar. Lleva años construyendo la arquitectura institucional necesaria para dar el salto. El Plan Estratégico 2013-2030 ya identificaba a los campus universitarios como un uso propio del frente verde periurbano. Proyectos como Mar del Plata Ciudad Universitaria de 2008 -promovido entre el municipio y las cinco universidades con sede en la ciudad- y el Programa Ciudad del Conocimiento de 2021 -que creó un distrito tecnológico y un fondo de financiamiento específico- demuestran que las iniciativas y los instrumentos de planificación están. Lo que falta es la infraestructura física para su desarrollo. Lo que en CABA tomó forma sobre un predio de 12 hectáreas, en Mar del Plata podría hacerse en una escala y un entorno superiores.

Concesionar Chapadmalal a un operador turístico privado es una decisión legítima. El Estado puede hacerlo y, en muchos casos, es conveniente cuando un activo público está subutilizado. Pero la pregunta es si esta herramienta, aplicada a este predio en particular, con su escala y localización, aprovecha realmente todo lo que el lugar tiene para dar.

Una concesión turística genera un flujo de valor mensurable durante el plazo contractual. Lo que no genera -porque no es su función – son esas externalidades positivas que describe Glaeser. La proximidad concentrada de personas bien formadas acelera la transmisión de conocimiento de un modo que ningún otro dispositivo replica. Es un proceso lento y acumulativo que, puesto en marcha, irradia su impacto sobre la actividad económica y social.

Mar del Plata lleva décadas construyendo las condiciones institucionales para capturar esos activos. Chapadmalal, por su escala, su entorno y su titularidad pública, ofrece la infraestructura que esa arquitectura requiere.

(*): Abogado (UNMdP). Magíster en Derecho Administrativo (Universidad Austral).