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Opinión 5 de julio de 2018

Partir en puntitas de pie

Por Nino Ramella

“Que no anden llamando ni desparramando que me he muerto”. Eso le había dicho Augusto Vaso a Elba, su mujer, para el caso en que muriera. Y no era que quería que lo imaginaran vivo para siempre. Lejos estaba de las veleidades de eternidad. El pedido fue consustancial a su naturaleza. Así como vivió se fue, sin sucumbir a los anhelos de trascender.

Augusto sabía que las despedidas inflaman las ponderaciones del que se va y rehuía de esos engaños. Rara avis en el mundo de los periodistas, en el que la mayor acechanza es la soberbia. Traiciono sus deseos escribiendo estas líneas confiando en que finalmente perdonaría mi atrevimiento.

Parece un lugar común hablar de ejemplos de una generación cuyas virtudes difícilmente recuperemos, pero es inevitable si uno ha sido testigo de esas vidas. No pueden contármelo. Sé muy bien que el oficio del periodista puede ejercerse sin alterar en lo más mínimo el marco ético que pone límites a nuestra subjetividad.

Integrante de una familia de periodistas de Coronel Suárez, donde se entrega anualmente un premio que lleva el nombre de su padre, Augusto F. Vaso, su destino estaba marcado desde la cuna.

Su actividad profesional lo llevó a integrar las redacciones de varios medios, entre ellos “El Argentino” de La Plata o “El Trabajo” de nuestra ciudad, sólo por citar algunos.

Cuando hacía apenas dos años que me había iniciado en el oficio Augusto me llamó para acompañarlo en la Corresponsalía del diario La Nación, de la que él era titular. Era yo un incipiente balbuceante en el periodismo. Nunca supe qué lo impulsó a una apuesta tan arriesgada, pero su ocurrencia cambió mi vida.

Fue mi maestro, aunque puso una vara muy alta para mi estatura profesional. Aprendí de sólo verlo. Serio pero cálido. Formal pero no solemne. Sencillo pero no simple. Aunque no ponía distancia era fácil adivinar el respeto con el que se le acercaba la gente. Envidié lo que producía en los demás sin proponérselo. Claro, esas virtudes no resisten artificios.

Íntegro y con una ética intachable supo transmitirme valores que incorporé como si fuera algo natural. Como si no pudiera concebirse actuar de otro modo. El tiempo me enseñó que sí, que hay otros modos.

Luego de muchos años de ser el hombre de La Nación en Mar del Plata tras Roberto T. Barili, Augusto se jubiló y me tocó suceder en esa responsabilidad a tamaños exponentes del periodismo vernáculo. La comparación me aplastó, claramente.

Pero acaso lo que más me alcanza hoy, en este instante en el que me entero de su partida, es sentir el afecto con el que siempre me trató. Sé que me quería. Como un padre quiere a un hijo, disimulando sus errores. Y fue un sentimiento correspondido. Yo lo quise igual. Y sé que le debo mucho.

Con entusiasmo fui un convencido impulsor de su nombramiento como director de Prensa de la Municipalidad. Cuando Ángel Roig lo designó, la alegría también fue de los colegas, que siempre lo respetaron y valoraron sus cualidades profesionales.

Hace algo más de un año me lo encontré caminando por la peatonal. Esta foto fue de ese momento.No puedo hoy sentirme de otro modo que triste. Y algo más huérfano de lo que me sentía apenas hace cinco minutos.

La Peatonal, Augusto, la Corresponsalía… los recuerdos me acechan con el riesgo de morir fusilado de nostalgia.