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Opinión 31 de marzo de 2021

Mar del Plata y la guerra

La Rambla desolada mientras es desinfectada. El coronavirus dejó imágenes históricas de la ciudad. Foto: Télam

Por Raúl Acosta

Mar del Plata no se rinde. En mínimo lenguaje cifrado: ”aguante mdq”… La cuestión vista desde donde estoy parado, el periodismo, tiene ribetes difíciles de manejar pero que, ay, deben manejarse porque existen y con ellos convivimos.

Esto no es una Pandemia, es una Peste, esto es: es una Guerra. Cuando empezó formalmente, el 20 del 2020 para Argentina, después del discurso de Alberto Ángel Fernández, porteño… y abogado fui/ fuimos de a poco advirtiendo que se trataba de eso: a cualquiera en cualquier lugar le podía llegar la bala. Es la guerra. Describir el operativo desde el frente de batalla y refugiarse, como se pueda, de los obuses del enemigo.

A poco advertimos que, quieras que no, éramos cronistas de la guerra; corresponsales donde fuere que nos encontrase el día y la noche los periodistas dábamos y damos cuenta de las bajas, los pequeños éxitos (en rigor… éxito/éxito ni uno solo) y el riesgo que no cesa: una bala con nuestro nombre porque hay que convenir, una guerra donde peleamos con barbijo, agua con jabón y dos metros de distancia como las únicas armas es una guerra despareja, muy despareja.  A veces nos dicen, deben rociarse con alcohol, como si fuese una coraza de la Guerra de las Galaxias. Já.

Siempre tuve en claro que era periodista, no epidemiólogo, no infectólogo, no científico, ni siquiera periodista especializado. Abomino frontalmente de los periodistas que asumen ese rol. Descalifican el peligro. El peligro no los perdona.

Como en toda guerra están los cronistas que intentan levantar el ánimo de los combatientes. Mentiras impiadosas y direccionadas. Las mentiras en mitad de una guerra solo tienen calificación con Nûremberg o el Juicio a las Juntas, sitios donde se infiere que aquello que se dijo no fue inocentemente. Y se los calificó como crímenes de guerra. Aquí nada de eso pasará… supongo. En todo caso se advierte que sólo después de la guerra se juzgó a los guerreros. El relato es una forma de combate, debe advertirse que eso existe.

Durante el primer año describí no menos de 120 sensaciones personales en mitad de la Peste/ de la Guerra. Columnas donde intentaba lo que era obvio, testimoniar lo que sucedía: desde edificios hasta afectos, comidas y costumbres, todo cambiado.

La vacuna, el anuncio oficial de la vacuna giró el comportamiento, hay una esperanza. Es diferente. La crueldad de especular con las vacunas es algo que también será juzgado.

La literatura ayuda a entender que el “después” de la guerra no ha llegado y nadie lo conoce. He robado tres momentos literarios de diferentes guerras.

Momento Uno: Es en el andén de la Estación Rosario Norte, en la mañana, después de una noche de ”francachelas y esparcimientos”, que Raúl González Tuñón encuentra a un “loco de la guerra” tocando un violín de lata. Ellos, porteños en  Rosario, esperaban el tren de vuelta para Buenos Aires. Llegaban a las 23,10 a Pichincha, zona como el mismo describe, de merenderos y clandestinos, y tornaban a Buenos Aires en el de las 07,10 de la mañana. Dice Raúl que se acercó a preguntarle qué tocaba y el loco de la guerra le dijo: “el violín del diablo”… con ése título escribe uno de los mas bellos libros de poemas el admiradísimo Raúl González Tuñon. Un loco de la guerra 14/18 afincado en la zona prostibularia, sobre los años 20, le dio el título, el motivo, el perfil.

Momento Dos: en una novela (cito de memoria y mis neuronas dicen Curzio Malaparte) el autor describe una viejecita que, entre los escombros después del bombardeo, camina desde una punta de los hierros retorcidos y el cemento despanzurrado, hasta una arboleda, mas allá de la población destrozada, llevando en una olla un “humito”. Una braza encendida que, en ese invierno, serviría para encender otras leñas, otros mini rescoldos, otros calores en mitad de una nada tan estremecedora que  ni fuego propio  tenía sino la brasa que, simbólica, llevaba el calor al descampado después… en mitad la guerra.

Momento Tres: El piloto de caza bombardero yanky, de origen armenio, Yossarian, se presenta ante su superior, en la base en la Isla de Malta y le dice: General, vengo a denunciar un complot para matarme. Tranquilícese Yossarian, ¿quien quiere matarlo…? Lo japoneses, General… Yossarian, estamos en guerra con los japoneses… Eso no cambia, General, quieren matarme… La novela Catch 22 tiene, con frases mas perfectas, ése diálogo. Yossarian no diferencia, lo quieren matar.

El bichito, el coronavirus nos quiere matar. Hay gente que lleva la brasita encendida a sitios donde no hay ni fuego, eso es el personal de salud, los samaritanos y los bien pensantes. Finalmente el recorrido es predecible: habrá locos de la guerra… cuando esto termine  los encontraremos en cualquier parte porque la guerra es mundial y, cuando se firme el armisticio vacunas mediante, habrá quienes reclamen por el tiempo, la caja registradora o el amor perdido.

Llegué a Mar del Plata sobre fin  de marzo. Es mi segunda ciudad hace muchísimos años. Hay locos sueltos sin barbijo tocando un violín de lata, hay gente esperando que llegue el humito, que traiga una brasa, un calor y hay personajes que creen que la guerra es tan solo contra ellos.

Sin embargo este tibio sol de otoño que nos acompaña trae una certidumbre: Mar del Plata pelea con lo que tiene. Sentado en Playa Grande, bastante desierta y bella, pienso que las crónicas no terminaron y que es la tarea del periodismo. No la grieta y el peculado. El relato de la esperanza.

Buen día/ buen mediodía, buenas tardes señor qué desea… Las obras construyéndose, las calles a medio reparar, el enojo de los taxistas y colectiveros por las recaudaciones, los protocolos y las burbujas  que sirven para pensar que todo sigue, que están en pie las ganas.

Mar del Plata es una ciudad receptiva. En la calesita pide una vuelta mas antes de encerrarse. Los que piden una vuelta mas, los que necesitan un gol, un asado familiar son los que – sobrevivientes – salvarán aquella ciudad del porvenir que no será igual, será parecida y diferente, claro está

Mar del Plata y la guerra tienen un convenio tan tácito que pocos lo advierten: el paisaje no se entrega, ni la pleamar. Ni el sol. Banderas inatajables que nadie encierra. Así quisieran… no se puede encerrar el atardecer sobre el mar en ninguna burbuja.