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Opinión 15 de mayo de 2022

La posición de la DAIA durante la dictadura militar

En el año del golpe publicaron una solicitada en la que manifestaban que "han ocurrido durante el año en curso grandes cambios en la Argentina que tienden a renovar completamente la atmósfera reinante en el país

Por Aldo Duzdevich

En mis notas anteriores vengo repasando la opinión y actitud de distintos sectores de la comunidad nacional frente al golpe de 1976. Un tema que parece tabú, porque se ha creado un relato muy lineal, en el cual, todos buscan mostrarse como opositores a la dictadura. Pero la realidad fue otra, y, la tarea de los investigadores e historiadores, debe ser, intentar reflejar lo mas fielmente posible los hechos.

La Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas o DAIA ha sido cuestionada por su rol durante la dictadura militar. Para elaborar esta nota he consultado, la tesis de doctorado de Emmanuel Nicolás Kahan (Fahce.UNLP 2010), el libro de Hernan Dobry “Los Judios y la Dictadura” y notas periodísticas de Herman Schiller.

Kahan hace una revelación muy importante, las reuniones del almirante Emilio Massera con la DAIA antes del golpe: “Entre octubre y noviembre de 1975, a instancias del Jacobo Kovadloff, representante para América Latina del American Jewish Comittee (AJC), se concertó una entrevista entre Massera y las autoridades de la DAIA, Nehemías Resnizky su presidente, Juan Gurevich, secretario, y otros funcionarios de la entidad, en la propia casa de Kovadloff” (…) el objetivo del encuentro fue poner en aviso a los representantes de la comunidad judía de Argentina sobre la decisión adoptada por las altas esferas de las Fuerzas Armadas de tomar el poder “para salvar la República y los intereses de los buenos ciudadanos”.

“Jacobo Kovadloff en un reporte a las autoridades del AJC ‘estrictamente confidencial’, advierte que ‘estamos viviendo bajo una gran tensión y existe un consenso entre la mayoría respecto de la posibilidad de [que ocurra] un golpe (…) la crisis argentina se caracteriza por la acentuada espiral inflacionaria y la violencia política producida por el enfrentamiento de la “guerrilla” -a la que caracteriza como una verdadera guerra civil- (…) en la cual el antisemitismo se presenta como uno de los rasgos particulares” . Incluso, señala que Massera destacó dos aspectos que preocuparon a los representantes de la DAIA. El primero, que al interior de las Fuerzas Armadas era tangible la “penetración de grupos de derecha” que, bajo el pretexto de desarrollar “retiros religiosos o espirituales”, desplegaban su “veneno antisemita”.

En segundo lugar, Massera habría advertido que el “verdadero peligro para el país” no provendría de los grupos de izquierda, sino de los de la derecha.(…) Este aspecto puede resultar central en pos de comprender las fórmulas tendientes a construir consensos en torno de la acción que desplegarían las Fuerzas Armadas.” O sea, las charlas eran para buscar consensos y sumar aliados al golpe militar, en este caso dentro de la comunidad judía.

Es increíble el despliegue de cinismo de Massera, a la comunidad judía les decía que los “peligrosos eran los del Ejercito (Videla) porque eran ‘cursillistas’” y que el “verdadero peligro era la derecha”. Y naturalmente, la DAIA “compró” esta idea porque durante el proceso seguirá diciendo que las patotas que secuestraban a algún joven judío eran de la Triple A, “herencia del gobierno peronista” que la Junta Militar todavía no lograba controlar.

Sigue Kahan : “… las diversas voces representativas del amplio espectro institucional e ideológico judío, evaluó el destronamiento del gobierno peronista como un acto positivo. Desde la Sociedad Hebraica Argentina (SHA), por ejemplo, Eduardo Paredes sostendrá la legitimidad del golpe militar en oposición a la imagen previa de “un país aniquilado en sus estructuras sociales y económicas, por el desorden, la subversión, la indisciplina y la corrupción en todos los niveles”, sosteniendo que no es tiempo aún, a mediados de 1976, de proponer que el gobierno se encamine hacia la restructuración institucional.”

“En septiembre de 1976, durante los festejos de un nuevo año judío, la Comunidad Israelita de Buenos Aires y la Federación de Comunidades Israelitas de la República Argentina (Vaad Hakheilot) expresaron en una solicitada- que apareciera en publicaciones de la “comunidad judía”, pero también en la prensa nacional- su adhesión a los objetivos del régimen militar. La misiva, rubricada por Mario Gorenstein, presidente, y Abraham Likier (secretario), señalaba: ‘Han ocurrido durante el año en curso grandes cambios en la Argentina que tienden a renovar completamente la atmósfera reinante en el país. Las Fuerzas Armadas están animadas de los mejores propósitos de sanear a la República y encarrilarla hacia la normalidad a fin de que recupere su relevante posición en el terreno internacional como gran país rico y digno, con su proverbial tradición de libertad. La colectividad judía, como parte creadora y productiva de la población del país, se identifica con estos altos ideales. En estos días sagrados, la grey judía orará en sinagogas y templos, por la paz y prosperidad de la República’”.

Kahan en su tesis, menciona otros tres aspectos. Uno, que el ICUF (Idisher Cultur Farband) “decide publicar á tempranamente una lista con nombres de judíos secuestrados y desaparecidos, los cuales son considerados víctimas de la “subversión”. Dos, que la Cancillería Israelí a fines del 76 “tenía información del funcionamiento de un centro clandestino de detención en la ESMA y la actuación de once unidades clandestinas de comando que actuaban autónomamente en los secuestros”. Tres: que la foto de Firmenich y Vaca Narvaja con el líder palestino Yasser Arafat “motivó un dossier de la DAIA ilustrando que la OLP era en Medio Oriente, lo que Montoneros había sido para la Argentina.”

Hernan Dobry expresa: “ hay 794 casos oficiales (desaparecidos judíos) denunciados por la DAIA ante el Juez español Baltasar Garzon en 1999, aunque se estima que podrían llegar a los 1500”. Rescata el rol del periódico judío Nueva Presencia dirigido por Herman Schiller, “uno de los medios que mas apoyó la lucha de los familiares de desaparecidos”. Periódico que recibió dos atentados con bombas en 1981 y a partir de allí ninguna imprenta quería imprimirlo y “para su sorpresa la revista Esquiú, vinculada a la Iglesia Católica aceptó el trabajo y Nueva Presencia pudo continuar saliendo.”
También dice que durante la dictadura “la DAIA focalizó su atención en los hechos de antisemitismo visibles, atentados agresiones y publicaciones que afectaban a los judíos argentinos y a sus intereses trasnacionales”. Dobry toma el reclamo de varias madres de desaparecidos como Fanny Bendersky, Rosa Roisinblit y María Gutman sobre el maltrato que recibían en la DAIA por parte de las dos personas encargadas de atenderlas Barbarás y Fain. Luego resalta el tema del hijo del presidente de la DAIA Marcos Resnizky, quien había de­saparecido el 27 de julio de 1977. Y se supo que su padre, había utilizado todos sus contactos militares, para rescatarlo con vida y enviarlo a Israel. Desde entonces, los familiares afirman públicamente que para la colectividad había “desaparecidos de primera y de segunda”.

Dobry comenta que Jacobo Timerman luego de su liberación en 1979 se convirtió en el crítico más duro de la DAIA, acusándolos de haber actuado como los jüdenrat de la Segunda Guerra, o sea de ser colaboracionistas y títeres de los militares. Aunque (acota Dobry) Timerman había sido un defensor del golpe militar desde las paginas de la Opinión.

En el libro “Ser Judío en los años setenta” de Daniel Goldman y Hernán Dobry se puede leer: “la gota que rebalsó el vaso …fue el “Informe especial sobre detenidos-de­saparecidos judíos”, redactado por Barbarás y el periodista Ariel Plotshcuk, publicado en enero de 1984, cuando la democracia retornó a la Argentina. En ese texto, la DAIA explicó su accionar sin siquiera condenar al régimen recién finalizado. El escrito presentaba un listado con 210 nombres. Pero aquel listado incluía no sólo los datos de la persona, la fecha y el lugar de su secuestro, sino también su filiación política, lo que exasperó e indignó a los parientes de las víctimas, que sentían que era una forma de justificar lo que les había ocurrido”.
En un nota de La Nación (30-06-2013) Dobry afirma que : “La mayor resistencia pública contra el régimen dentro de la comunidad judía la encararon Schiller y su periódico Nueva Presencia, y los rabinos Meyer y Roberto Graetz, quienes formaron parte de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y se dedicaron a asistir y a aconsejar a los familiares de desaparecidos que recurrían a ellos tras los desplantes de la DAIA. Ambos religiosos recorrieron las cárceles, ayudaron en la presentación de recursos de habeas corpus , denunciaron a la dictadura en el exterior y acompañaron a las Madres de Plaza de Mayo en muchas de sus rondas de los jueves. Incluso, Meyer y Schiller fundaron el MJDH, que organizó la primera manifestación en la vía pública de la historia de la comunidad judía en la Argentina, el 24 de octubre de 1983, bajo el lema “Contra la discriminación y la plena vigencia de los derechos humanos”, en la que congregaron a más de 10.000 personas frente al Obelisco.”

“La palabra complicidad es muy fuerte para endilgársela a la dirigencia comunitaria judía; creo que fundamentalmente lo que tenían era miedo y además una diferencia de enfoque”, asegura el rabino Meyer en una entrevista concedida al periódico Nueva Presencia.

“Yo no creo en la diplomacia silenciosa en épocas de aguda crisis, y tampoco pienso que sólo con gritos en la calle se puede hacer mucho. Las dos formas de lucha tienen que complementarse para lograr un buen resultado. La complicidad, más que a la dirigencia judía, le cabe al pueblo argentino, a los millones de argentinos que sabían muy bien lo que pasaba”.

(*) El columnista es autor de Salvados por Francisco y La Lealtad-Los montoneros que se quedaron con Peron