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A 40 años de la consagración que cambió la historia

¡Campeones del mundo, por primera vez! La Selección fue arrolladora, con un Kempes imparable, y selló la época de “La naranja mecánica”, al ganarle en la final por 3 a 1. Y esos ojos negros que miraban.

Por Vito Amalfitano

Dejamos de ser campeones morales, y la potencia futbolística virtual terminó siendo real. El Mundial 78 cambió la historia del fútbol argentino. Y en el medio de aquellos penosos días de dictadura cívico – militar, la Selección trajo una bocanada de alegría para un pueblo oprimido.

Argentina fue el mejor equipo de todos, y al final tuvo un paso arrollador, como la potencia de su goleador y principal figura, Mario Alberto Kempes, para ganarle la final nada menos que a Holanda por 3 a 1, en una lucha titánica, que finalizó con empate en el tiempo reglamentario pero que bien pudo haber sido goleada en el suplementario.

En el primer partido la Selección dio vuelta un 0-1 abajo y salió airoso contra los propios “fantasmas” de la historia que podían indicar que una vez más Argentina no iba a llegar lejos en un Mundial. Vino el empate de Luque, y la arremetida de Bertoni, tras el único aporte del ingresado Norberto Alonso, para el 2 a 1 del debut ante Hungría en el Monumental.

Después llegó Francia, que venía de deslumbrar, pese a perder, en Mar del Plata, ante Italia. Volvió a ganar el conjunto de de César Luis Menotti, aun con muchas dificultades, por un soberbio remate de Leopoldo Jacinto Luque, quien empezaba a jugar un Mundial aparte contra la adversidad.

El tercer partido fue derrota con Italia, el retorno de los “fantasmas” y el éxodo a Rosario, que finalmente acunó al futuro campeón.

Un público conmovedor asistió en el Gigante a una noche en la que los verdaderos gigantes, frente a Polonia, fueron Kempes (el hijo adoptivo) y Fillol. En efecto, Mario Kempes y Ubaldo Matildo Fillol empezaron a transformarse en puntales decisivos de la consagración argentina. “El Matador” convirtió sus dos primeros goles y Fillol le atajó un penal decisivo a Deyna que justamente fue el producto de una salvada providencial del propio Kempes, quien voló en ese propio arco para salvar el gol del empate cuando el arquero estaba vencido (no había, por aquella época, “ley de último recurso”). Esa noche el equipo de Menotti jugó un gran partido, con mucha voracidad ofensiva, pero nunca pudo sacarse de encima fácilmente en el trámite a una muy buena escuadra polaca.

Ese mismo 14 de junio, Brasil, el peor Brasil de la historia (se recuerda como en la rambla marplatense, algunos integrantes de “la torcida” quemaron un muñeco con la imagen del técnico Coutinho, goleó a Perú por 3 a 0 en Mendoza. En la fecha siguiente de la segunda ronda, el 18 de junio, Fillol volvió a ser importante en un par de intervenciones ante Brasil y Argentina no pudo marcar diferencias en el arco contrario pese a la buena actuación de Julio Ricardo Villa en el segundo tiempo. Fue 0 a 0 y obligó a hacer cálculos para la fecha clasificatoria.

El 21 de junio Brasil venció a Polonia por 3 a 1 en Mendoza por la tarde y eso provocó que Argentina necesitara superar por cuatro tantos de diferencia a Perú para arribar a la final ante Holanda, que había logrado la clasificación en la otra llave, al marginar al ascendente equipo italiano con dos golazos desde afuera del área de Brandts y Haan.

Esa necesidad de goles de Argentina generó suspicacias y las prolongó en la historia. Suspicacias que fueron utilizadas por quienes siempre quisieron minimizar el logro histórico de la Selección de Menotti, fundamental para el camino exitoso siguiente de la Argentina futbolística.

Argentina ya le había ganado a Perú, a la misma selección, en su tierra, en Lima, por un contundente 3 a 0, el 23 de marzo anterior; y el propio paupérrimo Brasil, el peor Brasil de la historia, también le había hecho tres goles días atrás.

Después llegaron los dos tiros en los palos del arco de Fillol, que bien pudieron haber sido la apertura del marcador para Perú (y que cierta historia “sesgada” olvida), y después la actuación arrolladora del equipo argentino, que respondió al mandato histórico que indicaba que ésta sí era la oportunidad para transformarse en la verdadera potencia futbolística que siempre se insinuó y nunca se había concretado en los mundiales.

Argentina, al cabo, fue una máquina de jugar, y de concretar situaciones de gol, en un estadio de Central que era un hervidero. ¿A algunos de esos hinchas se le podía pasar por la cabeza que la Selección no iba a llegar a los cuatro goles deseados?



Primero abrió la cuenta Kempes, después Tarantini convirtió un tanto clave en el final del primer tiempo, después llegó otro de Kempes, el de Luque que ofrecía la diferencia necesaria y después otro de Luque, y uno de Houseman. Un apesadumbrado Teófilo Cubillas (su enorme trayectoria no admitía flaquezas ni suspicacias) dijo después en el vestuario: “Jugamos muy mal pero esta noche Argentina apabullaba a cualquiera”.

Y se recuerda también la famosa anécdota del “Tolo” Gallego: “Cuando hicimos el quinto, me acerqué a Daniel (Passarella) y le pregunté cómo íbamos, me dijo que 5 a 0 y le pregunté cuántos más teníamos que hacer. Me miró con una cara… y me contestó: ‘Andá Tolo, vos jugá y no pensés en números’. ‘Me hice un lío esa noche…”

Y Argentina, como quería Passarella, jugó a lo que sabía. Y así llegó a la final merecida. Más allá de las leyendas sobre visitas tenebrosas al vestuario de Perú, las suspicacias y los cálculos.

Y aquella tarde plomiza del 25 de junio de 1978, cuando la multitud silbó al dictador presente, primero fue impresionante (e impresionable para los holandeses) la atajada del “Pato” Fillol ante un remate franco de Rep, casi a quemarropa, dentro del área chica.

El festejo de Mario Kempes y Daniel Bertoni, los goleadores en la final contra Holanda.

Pero casi en el epílogo de una final ardorosamente disputada -incluso con sangre y con acciones por encima del límite del reglamento de algunos futbolistas visitantes que ignoró el árbitro italiano Gonella-, llegó el gol de Nanninga y ya todos se quedaron sin respiración. Se sufrieron las últimas esquirlas de “la Naranja Mecánica”. Tanto más cuando vino el tiro en el palo de Resenbrink y a todos se les hizo un nudo en la garganta. Un escalofrío. ¡Esa pelota entraba! La historia del fútbol argentino no hubiera cambiado como cambió…

Pero en el suplementario Argentina jugó para golear y pasó por encima a Holanda, incluso con superioridad física. Llegó el segundo tanto de Kempes, de arremetida, y el golazo de Bertoni tras la doble pared con “el Matador” (el gol que había soñado el propio Bertoni según declaraciones que había formulado en El Gráfico). Y quedarán para siempre los cruces de Passarella; cada corrida y la sangre derramada de Luque y el abrazo del “Flaco” Menotti con el marplatense por adopción Jorge Mario Olguín, un símbolo de aquel equipo.

La Copa se levantó entre “esos ojos negros que miraban…” ( tema del legendario León Gieco que recuerda la presencia de la nefasta Junta Militar en la cancha de River).

Pero a la par festejó hasta el marido de Hebe de Bonafini, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo. El hombre que se tomaba una pausa en su dolor para gritar los goles, en el living comedor, mientras su mujer seguía llorando a su hija y su nieto desaparecidos, en la cocina… “¿Cómo no voy a comprender a la gente si en mi propia casa, mientras yo lloraba en la cocina, mi esposo gritaba los goles frente a la televisión en el living?”, contó Hebe.

Campeones del mundo. El capítulo más glorioso de la historia del fútbol argentino. El que hizo posible el resto de la historia…

Sin Argentina 78, el Mundial de las contradicciones, nada de eso, ni de esto, hubiera existido…

@vitomundial

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