11 de septiembre de 2018
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A los cabezaduras

Cómo escribir, cómo decir, cómo explicar algo en tiempos donde los argumentos más sólidos se apagan por impulsos emocionales. El desafío de discutir para cambiar de opinión.

por Agustín Marangoni

Una cosa es discutir. La discusión, el intercambio de argumentos, es una herramienta clave para la vida en sociedad. La historia del pensamiento es la historia de la discusión. Sin discusiones, por ejemplo, no existiría la filosofía. El mundo cambia, los paradigmas cambian, los enfoques cambian. Aprender es un proceso de transformación. Uno tiene determinados prejuicios, datos erróneos, ideas desactualizadas que modificamos para transformarnos como sujetos. Consecuencia de esos cambios –donde subsiste lo que somos y lo que dejamos de ser– crecemos. Pensar siempre igual, lejos de ser una virtud, es una imprudencia. La discusión alcanza su brillo máximo cuando las personas que participan están dispuestas a rever sus posturas.

Otra cosa es pelear. La pelea funciona por imposición, es la fotografía explícita de la negativa a torcer ideas previas. Los fanáticos son el ejemplo más claro: un fanático es aquel que apaga la inteligencia y se mantiene firme en algún principio. De mínima, no está dispuesto a revisar sus argumentos. De máxima, hasta puede matar. Sin llegar a ese extremo, se puede decir que el fanatismo va de la mano con la estupidez. Tal vez el peor fanático es el que simula escuchar y analizar, pero sólo se esfuerza por buscarle otras palabras a lo que piensa sin modificar el concepto central. Lo mismo, o sea. No avanza. Aunque el fanático cree que sí, y a toda velocidad.

El problema ahí es emocional. Una de las grandes preguntas para el periodismo actual es saber si desde la razón se pueden apaciguar las emociones. Y, en el mejor de los casos, promover una discusión. No todo el periodismo se hace esta pregunta, claro. Hay un periodismo que le interesa dirigirse a los que piensan igual. Ese es el periodismo que no avanza, que no se pone en crisis. Técnicamente, porque tiene llegada a un segmento del mercado que le es rentable y ahí se mantiene, con estrategias discursivas basadas en el diseño de las emociones. Son fáciles de identificar: no dicen lo que piensan, hablan de los que piensan distinto, en tono de castigo. Pero hay un periodismo bien trabajado que se esfuerza por perforar, con datos reales y argumentos, esa coraza de emociones. Acercarse a esa información es una posibilidad inmediata, estamos en el siglo veintiuno, hay un mar extensísimo de crónicas, informes e imágenes de alto vuelo al alcance de la mano. Si bajo el pretexto del apuro se lee un único medio, lo que sucede en realidad es que esa persona no está dispuesta a cambiar sus puntos de vista.

Un ejemplo, desde una vereda. La deuda externa argentina hoy alcanza el 82% del PBI. Hasta fines de 2015, alcanzaba el 44%. Aún así, los que apoyan a Cambiemos dicen que el kirchnerismo tiene la culpa de la crisis actual. En los números fríos, en las cifras duras, tangibles y concretas queda demostrado que eso no es así, más bien todo lo contrario. El país, desde 2003 hasta 2015 pasó de tener una deuda externa del 166% del PBI al 44% del PBI. Es decir, el país vivió un proceso de desendeudamiento. Ese mismo proceso que le permitió a Cambiemos endeudar a la Argentina en 150.000 millones de dólares en menos de tres años. Si el escenario se mantiene con los índices actuales, el próximo gobierno –sea cuál sea– tendrá que hacerse cargo de un país con peores indicadores que los de 2015 y con una deuda externa 45% superior a la de ese año. Y un dato clave: desde 2016 hasta hoy se fugaron 85.000 millones de dólares, salida que supera toda la emisión en moneda extranjera del tesoro nacional. Los números de la gestión macrista son adversos, diametralmente contrarios a lo que prometieron que iban a ser. Son datos concretos que el macrismo prefiere desatender y echar culpas hacia atrás. Lo emocional, por encima de la razón.

Un ejemplo, desde la otra vereda. Hace poco menos de dos meses apareció una serie de cuadernos escritos por Oscar Centeno, exchofer de Roberto Baratta (secretario de Coordinación y Gestión en Planificación del gobierno anterior). Ahí figuran detalles de cómo se habrían pagado coimas millonarias para acceder a la obra pública. Desde el kirchnerismo se intenta desprestigiar esta causa bajo el argumento de que los cuadernos son sólo fotocopias, que están escritos con un estilo que no correspondería con el de un chofer, que la corrupción existió siempre y que todo es parte de una operación de prensa. Sin embrago, en la causa hay testimonios de empresarios y exfuncionarios que corroboran buena parte de lo que dicen los cuadernos. Son precisos en las cifras, en las fechas y en las direcciones de entrega. La causa recién está avanzando y tiene sustento. Asegurar que se trata de una operación es una afirmación que está más cerca del deseo que de la realidad. Otra vez, lo emocional por sobre lo racional.

Tomar postura ideológica –tener el voto definido– no debería ser un obstáculo para reconocer errores propios y ajenos. Por el contrario, la discusión debería ser el mecanismo central para ese proceso, que es la democracia en su versión más íntegra. Pero claro, insisto, hace falta que las partes estén dispuestas a bajarle la espuma a sus opiniones. Sin apagar el compromiso político, por supuesto. La mal llamada grieta es una fosa emocional. De ahí se sale razonando. Mientras, no avanza nada.

Imagen: Alberto Montt

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