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Interés general 10 de diciembre de 2020

Aborto y literatura: un recorrido de los últimos cien años

El aborto como tema central en las ficciones de los autores argentinos se analiza desde diferentes miradas. Las plumas más relevantes del país en el tratamiento de un asunto de determinante importante social.

Samanta Schweblin.

Las investigadoras y docentes Elsa Drucaroff e Ilona Aczel dialogan sobre cómo fue narrado el aborto en la literatura argentina y trazan un mapa de lecturas que contiene ficciones de Roberto Arlt, Jorge Asís, Washington Cucurto, Ana María Shua, Sara Gallardo y Samanta Schweblin, entre muchos otros que abordaron este tema transformando imaginarios, consolidando perspectivas o planteando nuevas preguntas.

Ambas académicas coinciden con ubicar a “Enero”, la novela de Sara Gallardo publicada en 1958, como un punto de inflexión en las representaciones sobre el aborto, ya que si bien no está nombrado, está narrado como una posibilidad (fallida) para Nefer, esa protagonista que al darse cuenta de que está embarazada producto de una violación no puede decirlo porque implica la deshonra familiar.

“Desde la vuelta a la democracia las luchas feministas logran diversos derechos y la legalización del aborto vuelve a la agenda política. En consonancia, el tema retorna a la literatura y estalla hacia mediados de 2000”, explica Aczel, quien realizó una investigación sobre aborto y literatura para el volumen “Historia feminista de la literatura argentina. En la intemperie. Poéticas de la fragilidad y la revuelta” publicado por Eduvim.

En ese retorno del tema, la ensayista ubica “Nadie alzaba la voz” (1994) de Paula Varsavsky, “Yo era una chica moderna” de César Aira, “El curandero del amor” de Washington Cucurto, “Elena sabe” y “Tuya” de Claudia Piñeiro. Además recupera las ficciones “Lanús” de Sergio Olguín, “Las primas” de Aurora Venturini, “Conservas” de Samanta Schweblin, “Los años intoxicados” de Mariana Enriquez, “Aborto. Una novela ilegal” de Ariel Magnus y “Jellyfish. Diario de un aborto” de Carlos Godoy, en los que se cuestiona su ilegalidad y se exponen sus consecuencias.

Para Drucaroff, el creciente impulso de la agenda feminista impacta mucho pero puede hacerlo mal “cuando alienta al panfleto, a escribir desde la bajada de línea y no desde las contradicciones feroces, las ambivalencias insoslayables del problema, que no es sólo el aborto sino las relaciones entre mujeres y maternidad, cuya infinita complejidad está silenciada”.

“Siempre que un tema está candente aparece mala literatura que baja línea en lugar de hacer preguntas, eso no es un problema porque también aparece otra literatura que deslumbra. Entre lo deslumbrante, de raro, indirecto modo, Silvina Ocampo también es pionera, pero hoy hay potentes obras de escritoras más jóvenes”, señala y nombra el trabajo de Piñeiro en “Elena sabe”, gran parte de los textos de Schweblin, novelas como “Pendiente” de Mariana Dimópulos, “La huésped”, de Florencia del Campo, “Una nena muy blanca”, de Mariana Komiseroff y el poema “Legrado” de Soledad Castresana.

Aczel dice que “a partir de 2015, en el marco de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, los feminismos se apropian de la literatura y le devuelven su carácter radicalmente político, multiplicándola en granadas verdes”.

Para Drucaroff, “habilitada por la lucha del movimiento de mujeres por legalizar nuestro derecho a decidir, hoy hay gran literatura de mujeres que explora representaciones nuevas de una experiencia tan antigua como nuestra especie, intransferiblemente no-masculina y por eso enmudecida en sus contradicciones y sus complejidades. Una experiencia que ahora sí, guste o no guste, habla. Y no dice lo que la sociedad esperaba”.

En su investigación, Aczel encontró que “el tema aparece recién en 1914 con ‘La maestra normal’. Con ella el católico Manuel Gálvez interviene en los debates del centenario denunciando al sexo libre y al aborto como consecuencias nefastas de educación sexual y científica femenina y su profesionalización a través de la docencia, en un contexto en el que la inmigración masiva importa el anarquismo, el comunismo y el socialismo que impulsan la igualdad de géneros”.

“Hasta mediados de 1990 desaparece, salvo por ‘Enero’ (1958), la disruptiva novela de Sara Gallardo que expresa el horror de la protagonista que, embarazada por una violación, no puede confesarlo porque implica la deshonra familiar. El peronismo complejiza la situación: a pesar del rol central de Eva y la sanción del voto femenino, en 1974 prohíbe la píldora anticonceptiva, señalada como instrumento de dominación del primer mundo”, historiza la especialista.

“Así mientras Victoria Ocampo, en sintonía con la Segunda Ola Feminista, aboga por el aborto libre y gratuito y pone el tema por primera vez en consideración pública en la primavera de 1970 con una encuesta en Sur, el debate entre Fogwill y María Moreno en la Revista Alfonsina en diciembre de 1983 documenta en la posición contra el aborto del primero, que lo compara con el genocidio militar, los prejuicios ideológicos anticolonialistas”, argumenta.

Aunque el mapa de representaciones sobre aborto en la literatura no fue tema de estudio para Drucaroff, la escritora habla desde las “impresiones” de una trayectoria dedicada a la lectura y la investigación.

“Recuerdo alusiones despectivas y misóginas al aborto en Roberto Arlt, él lo integra a la hipocresía de las mujeres burguesas que tienen sexo libre, ignorando que embarazarse sin desearlo pasa en toda clase social”, dice y agrega como segundo ejemplo la novela “‘Flores robadas en los jardines de Quilmes”, de Jorge Asís, de los 80: “Ambas son miradas de varón que no pone el cuerpo, que no cree ser responsable de que deja su semilla cuando tiene sexo con una mujer pero cree que ella sí lo es; de macho que desde que la penicilina curó la sífilis hasta el SIDA, se negó a usar preservativo”, sostiene Drucaroff.

“La profundidad de la experiencia del aborto es poderosamente femenina, los textos masculinos, al menos los que recuerdo. me resultan insensibles y petulantes, más allá de sus estéticas o ideologías explícitas”. Para la escritora, “en la narrativa escrita por mujeres las cosas son muy diferentes porque nadie escribe sacándose ni su sexo ni su género y las que tenemos útero estamos en una situación existencial insoslayable: más allá de nuestras diferentes posiciones ideológicas, religiosas, diferentes deseos eróticos o identitarios”.

En su opinión, “si tenemos ciertos genitales, la vida contiene la pregunta de qué pasará con la posibilidad real de gestar dentro de nuestros cuerpos. Podemos hacerlo por enorme deseo o por obediencia, podemos impedir el embarazo de modos radicales u obstaculizarlo, podemos ser embarazadas por hombres violentos, contra nuestra voluntad, lo que fuere: seamos heterosexuales, lesbianas, hombres trans, pobres, ricas, estamos existencialmente obligadas a mirar este problema desde el comienzo de la historia humana. Hace milenios que el patriarcado nos quiere obligar a no decidir y nosotras resistimos contra este veto atroz a nuestra libertad humana, lo hacemos de mil modos, aun arriesgando nuestras vidas”.

Otra escritora que sí habló sobre aborto, recuerda Drucaroff, es Ana María Shua en “Los amores de Laurita”: “El texto no lo explicita pero en el ir y venir narrativo de la Laura adulta embarazada que eligió ser mamá a la Laurita adolescente, abierta de piernas en la costosa camilla pulcra y clandestina, entendemos hasta dónde hacerse persona es, para una mujer, asumir que el patriarcado nos ve solo como cuerpo. Para nosotras, ser libres es inevitablemente hacernos cargo de nuestros cuerpos, contra el Patriarcado”, argumenta Drucaroff.

Porque como escribe Aczel en su investigación, “desde los primeros textos literarios argentinos el cuerpo femenino se confunde metafóricamente con el territorio de la patria. Desde esta posición naturalizada, se instituye socialmente a las mujeres como las responsables de no dejarse “conquistar”, de negar su sexualidad hasta el matrimonio y demostrar tanto su valía como la de su familia”.