Opinión

Aceite Extravirgen bien prensado

Por Raúl “Bigote” Acosta

En la sala del Teatro Provincial que, se insiste, está bien compuesta, actualizada, acogedora, que tiene en sus galerías laterales una muestra fotográfica que aconsejo recorrer, se presentó “Extravirgen” que, como dice su programa, se oferta como una “emotiva comedia”.

Dudas para el título: ¿bien prensado o bien pensado? Claro que es una comedia y, como tal, roza el drama y no se queda y roza la comedieta y el exceso, la macchieta, y no se queda. La duda es porque el aceite es protagonista. La obra fue bien escrita, por tanto bien pensada.

No es sencilla la comedia. Nada es sencillo sobre el escenario. Los cómicos sostienen que lo más difícil es hacer reír y los actores “de carácter”, que traen el sufrimiento de, por ejemplo, un Discépolo o un Miller, defienden la postura elemental, insisten en que proponer un drama sobre el escenario, cuando la vida viene cacheteando fuerte en la vereda, es difícil. Se insiste, nada es fácil sobre el escenario cuando no se pretende engañar buscando una entrada para un bolsillo y listo. Esta comedia parte de ese punto. Honestidad.

El juego de una familia y sus conflictos es un camino que no tiene sorpresas en el teatro rioplatense sino, en este caso, un correcto desarrollo y la suma, adecuada, de conflicto sobre conflicto, nudo sobre nudo en el mar del gran nudo: no hay familia sin secretos que una discusión no ponga en superficie es positiva. Posible. Buena. De eso se trata, nada más, nada menos.

Romina Fernández será una especie de relatora, desencadenante y partícipe necesaria. Es ella la “presentadora” de las oscuridades. Ilumina y, en el comienzo, queda fuera del conflicto. No es un papel sencillo pero la Fernández logra definir desde el comienzo su personaje. Tal vez el mejor logrado. Pelear contra los “sicologismos” que el común (me incluyo) convierten, en cada caso, en un psicoanálisis bestial y, a la vez, actuar como narradora es imposible sin capacidad actoral y trabajo del personaje. Sale airosa. Esconderse después, cuando otros brillan y solo se puede estar dentro con mínimos gestos, es un detalle más que vuelve meritorio lo suyo.

Leyrado es el eje y a quien vaya le aconsejo esperar hasta el punto en que, un guiño, lo lleva al segundo tono de su personaje. El guiño es visible. Es clave. Desde allí comienza el cierre de la obra. Leyrado irá afinando esa diferencia y su monólogo adquirirá la potencia del original, que suponemos en el original. Su contacto con el espectador está intacto. Es uno de los actores en serio de Argentina.

El otro gran personaje es el texto. Esta no es una “emotiva comedia veraniega”. No es climática o para turistas. Lisandro Fiks, con la contribución de Leyrado según indica el programa, escribe y dirige un texto con los perfiles bien delineados, los conflictos entrando como engranajes de un todo que si, que es cierto, que no trae novedades sobre “lios familiares”, pero los presenta como pide el manual. De a uno, sumando, poniendo al espectador en funciones de eso, de su complicidad. Un espectador que “acompaña” garantiza un mensaje.

No aparece el tiempo entre “el ayer, el hoy y el todavía” (como escribía my dear Georgie) y eso no conspira, simplemente alivia.

Julián Pucheta empuja la obra y su personaje tiene matices, gestos, movilidad que el actor domina. Pucheta no es un improvisado, es un altísimo profesional pero cuando está en escena con la Fernández es el que acompaña y cuando está con Leyrado igual. Es un buen partener.

Menores los papeles de Viviana Puerta, con un solo monólogo para matar o morir en el escenario, y de Darío Dukah, tal vez el menos favorecido, acaso porque desde la dirección le pidieron que no exagere, acaso porque así entiende su personaje.

Parece tonto mencionarlo, pero es imposible quitarle protagonismo. El aceite, el olivo, una metáfora sobre la vida está puesta en el juego de la obra y su título lo deja explícito.

Hace años que dejé de mencionar escenografías, luces y sonido excepto cuando superan texto y actuaciones y son el eje. Aquí acompañan, es lo que debe suceder.

Solo por capricho iría a escucharla otra vez, tiene parlamentos que son valiosos y podría advertir si los días ablandaron (o no) el mecanismo de relojería y el lubricante que no hace rechinar la máquina entre escena y escena. El aplauso que acompañó el final fue el cierre de las risas de las escenas que llevaban a la misma, como el silencio que permitía escuchar lo dicho: parlamentos inteligentes. Salir contento del teatro es un buen final para cualquier obra.

Te puede interesar

Cargando...
Cargando...
Cargando...