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Salud 18 de febrero de 2018

Advierten que 9 de cada 10 apps de salud mental no tienen aval científico

Se calculan en más de 160.000 las aplicaciones orientadas a la salud y en más de 16.000 las aplicadas al ámbito de la salud mental.

Numerosas soluciones tecnológicas, ya sean de smartphone o de Internet, ofrecen ayuda para abundantes problemas, desde dejar de fumar hasta curar la depresión, aunque los especialistas destacaron que nueve de cada diez aplicaciones de salud mental no tienen aval científico.

Así lo reveló un estudio reciente realizado por Stephen Schueller, profesor del Northwestern’s Center for Behavioral Intervention Technologies.

Andrés Roussos, director del equipo de investigación en Psicología Clínica de la Universidad de Belgrano, explicó que “este fenómeno habla no sólo de la rápida evolución de las tecnologías vinculadas a la salud, sino también de la falta de control sobre ellas”.

“De hecho, se calculan en más de 160.000 las apps orientadas a la salud y en más de 16.000 las aplicadas al ámbito de la salud mental. Por eso, se vuelve necesario saber si hay algún tipo de evidencia sobre su eficacia. De lo contrario, las personas que empiezan a usarlas se exponen a una falsa promesa que puede obstaculizar el acceso a un tratamiento real y eficaz para dicho problema”, indicó Roussos.

El especialista, que es investigador del CONICET, señaló que “algunas de las apps disponibles son adaptaciones para smartphone de lo que antes de hacía en papel y lápiz” y remarcó que “la creencia sobre su validez es que si funcionaba de forma analógica lo ha de hacer en su versión digital, aspecto que necesitaría ser comprobado”.

“Otras, en cambio, son diseños innovadores que nunca fueron testeados ni en sus efectos principales ni en potenciales efectos colaterales. La realidad es que, para salir al mercado, resulta un obstáculo económico invertir tiempo y dinero en buscar evidencia de eficacia”, agregó el investigador.

A escala internacional, sin embargo, existe un primer consenso con relación a los pasos para evaluar dichas apps.

“El primero de ellos está en rastrear su origen y evaluar si los desarrolladores cuentan con especialistas en la problemática que abordan. El segundo paso es identificar el riesgo involucrado en la información sensible que registran, ya que el resguardo de la privacidad es fundamental. El tercero y fundamental es si se realizaron investigaciones que den cuenta de la eficacia de la app para ayudar a cambiar un hábito o a reducir un síntoma”, aseguró.

Roussos advirtió que hay dos pasos adicionales: “El cuarto consiste en establecer la sencillez del uso de la app. Por último, está la capacidad de la apps de interactuar con otras soluciones tecnológicas, por ejemplo si permiten recuperar datos para conformar una historia clínica, punto que limita claramente la capacidad de manejo de las apps”.

Para el director del equipo de investigación en Psicología Clínica de la Universidad de Belgrano, “resulta indispensable saber si estamos brindando y recibiendo una ayuda real o sólo una ilusión de algo que nos puede hacer bien”.

“Como sociedad, nos debemos un debate sobre las formas de desarrollo y regulación de dichas alternativas de ayuda, a fin de que se vuelvan herramientas más efectivas y que alcancen a la mayor cantidad de gente posible”, concluyó.