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Opinión 3 de noviembre de 2019

Alberto Fernández y la búsqueda del centro

por Jorge Raventos

El viernes por la tarde, horas antes de iniciar su primer viaje al exterior como presidente electo (destino: América del Norte, más precisamente Méjico), Alberto Fernández recibió una llamada muy importante. Del otro lado de la conexión estaba el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, con quien conversó casi un cuarto de hora. En el relato de ese contacto, un importante matutino porteño demora hasta la cuarta columna de su crónica la revelación de quién inició la llamada, como si ese dato no fuera tan significativo.

Se hace camino al andar

Sin embargo, parece serlo. Muchos observadores se mostraban escépticos sobre la relación que pudiera establecerse entre Trump y Fernández, habida cuenta de que el titular de la Casa Blanca había jugado fuerte para que Mauricio Macri pudiera ganar las elecciones del 27 de octubre y había volcado su influencia para facilitar al gobierno de Cambiemos el inusual crédito de 54.000 millones de dólares que le concedió el Fondo Monetario Internacional. “Yo me ocupo de eso, vos ocupate de ganar”, dicen que le dijo Trump a Macri cuando se negociaban esos fondos. Trump cumplió su parte. Ante el fracaso electoral de su viejo conocido, ahora se muestra dispuesto a conversar amablemente con su vencedor.

El viaje de Massa

Para que la comunicación del viernes se concretase hacía falta disipar previamente dudas, prejuicios y malentendidos sembrados en Washington por la desinformación y la propaganda interesada. El viaje de Sergio Massa a Estados Unidos, a principios de octubre, estuvo dedicado a ofrecer a inversores y funcionarios una información inequívoca (“de la boca del caballo”) sobre los planes de Fernández y a aclarar confusiones. Por ejemplo, sobre el punto de vista del ahora presidente electo en torno al régimen de Nicolás Maduro en Venezuela.
Aunque Massa no habló con Trump, sí lo hizo con un hombre que cuenta con la máxima confianza del presidente americano, Robert Giuliani, ex alcalde de Nueva York, estrecho aliado de Trump y su asesor jurídico en temas de alta sensibilidad. Massa mantiene un viejo y cordial vínculo con Giuliani.

A aquel trabajo de relacionamiento sobre el terreno consumado por Massa se sumaron las conversaciones de Jorge Argüello (un alfil de Fernández que será uno de quienes estén a cargo del diseño estratégico de la política exterior) con el embajador de Trump en Buenos Aires, Edward Prado. Así Fernández pudo cerrar la semana con una noticia que sin duda tranquiliza más a los mercados.

El Grupo de Puebla

Los interesados en que prevalezca el nerviosismo venían describiendo el viaje de Fernández a Méjico para reunirse con el presidente Andrés Manuel López Obrador como un movimiento aventurado que profundizaría la desconfianza de Washington. Aunque la comunicación de Trump y su oferta de mantener el apoyo a la Argentina en las nuevas circunstancias desmiente esa conjetura, aquella línea de pensamiento insiste y muestra la proximidad de Fernández con el llamado Grupo de Puebla, como otra manifestación de distanciamiento del centro político continental y de peligroso coqueteo con el eje La Habana-Caracas. En rigor, el grupo de Puebla es un conglomerado heterogéneo de personalidades unidas por su definición como “progresistas”, en el que participan algunos ex presidentes (Dilma Roussef, el ecuatoriano Correa, el paraguayo Fernando Lugo) que procura reflexionar en común sobre cómo compatibilizar su progresismo con la lógica del mercado. Es un error (no necesariamente involuntario) confundir el Grupo de Puebla con el Foro de San Pablo, un colectivo de izquierda, radicalizado, entre cuyos fundadores se contó Fidel Castro.

Invitado a su propia fiesta

Desde principios de semana Fernández busca dar señales de equilibrio y certeza que orienten a los distintos (y a menudo contradictorios) sectores que escrutan sus futuras decisiones. El primero fue el desayuno de los presidentes (saliente y entrante) del lunes 28 de octubre. Esa fue una foto tranquilizadora que esperaban los mercados y la opinión pública moderada después de una campaña extensa, signada por la confrontación y la grieta. Mauricio Macri colaboró en ese gesto al reconocer rápidamente su derrota electoral e invitar a Fernández a encontrarse en la Casa Rosada.

Conviene, sin embargo, no entusiasmarse en exceso. Que ese encuentro haya ocurrido es bueno, obviamente, pero un gesto compartido no resuelve los problemas de la transición.

Los analistas que hurgan en las -reales o deseadas- divergencias internas de la fuerza política ganadora, mostraron el acto de festejo del domingo 27 a la noche como nueva prueba del peso dominante en ella de Cristina Kirchner y sus seguidores sobre el estilo del presidente electo y pintaron la idea de un Fernández desbordado por el discurso más agresivo de ella y del próximo gobernador bonaerense, Axel Kicillof.

La señora de Kirchner le reclamó a Mauricio Macri que asuma la responsabilidad por la marcha del país hasta el último minuto de su mandato ( “Le voy a pedir, en mi carácter de ex presidenta constitucional durante dos mandatos: por favor hasta el 10 de diciembre como yo lo hice en su momento, que tome todas las medidas que deba tomar para aligerar la situación dramática que se están viviendo en las finanzas del país, es su responsabilidad”) y Kicillof hizo un extenso y pormenorizado inventario de la gestión del macrismo al que acusó de dejar “tierra arrasada”.

La “herencia recibida”

Aunque es cierto que ese acto tuvo un claro predominio K, que gobernadores y sindicalistas directamente ligados al presidente electo no fueron autorizados a subir al escenario y que la iconografía mostraba un gran retrato de Néstor Kirchner pero ninguno de Juan Perón, el detalle de los discursos no parece revelar ninguna diferencia significativa entre ambos oradores y Fernández.

Es probable que el propio presidente electo le haya sugerido a Kicillof que se explayara en el inventario de la “herencia recibida”, de modo que quedara asentado en actas. Muchos de sus aliados y sostenedores criticaron a Mauricio Macri que, en 2015, él no hiciera lo propio en relación con el legado del gobierno kirchnerista; es probable que el Frente de Todos no haya querido cometer el mismo pecado.

En cualquier caso, Alberto Fernández, con menos palabras y un tono menos encendido, al confirmar que se reuniría con Macri al día siguiente, coincidió con la señora de Kirchner: “Me reuniré con él y empezaremos a ver como transcurrimos el tiempo que nos queda, sabiendo que hasta el 10 de diciembre él es el presidente”. Y, cerca de las palabras de Kicillof, exhortó a que el actual oficialismo “cuando se sitúe en la oposición sea consciente de lo que han dejado” y “ayude a reconstruir el país de las cenizas”.

Quizás la principal diferencia entre los dos primeros oradores y Fernández haya estado en la sutil apertura del presidente electo a la ayuda del actual oficialismo, a la posibilidad de diálogo y cooperación con él: “Ojalá que el compromiso de diálogo que nunca tuvieron, ahora lo ejerzan -dijo-. Ojalá que sean capaces de entender que la Argentina que viene necesita del esfuerzo de todos y del compromiso de todos”

El discurso de Fernández en ese escenario del domingo 27 en Buenos Aires, tan impregnado de nostalgia y fervor K, dejó otros detalles leves pero quizás significativos: por ejemplo, él aludió a Néstor Kirchner con esta frase: “Siempre recuerdo que Néstor le pagó al FMI; fue el pueblo argentino quien lo ayudó a hacerlo”. Probablemente se trató de una astuta evocación programática.

Aquí están, estos son

El lunes 28, en Tucumán, Fernández fue el centro de una escena distinta: estuvo rodeado por gobernadores peronistas, sindicalistas peronistas y alcaldes peronistas del conurbano bonaerense. No había kirchneristas en esa foto. Uno que podría haber estado -el gobernador electo Axel Kicillof- se excusó porque tenía que iniciar la transición en el distrito que comenzará a administrar desde diciembre.

A veces la realidad engaña más que las apariencias: el acto de Tucumán no surgió, como interpretaron observadores insidiosos, en respuesta al escenario porteño de una noche antes; se trataba del festejo por la reasunción de Juan Manzur como gobernador de la provincia y estaba programada con mucha antelación. Los rasgos de esa convocatoria son elocuentes por sí mismos, con autonomía de otras intenciones: el peronismo de los gobernadores, de los líderes territoriales y de los sindicatos aspira a constituirse en plataforma principal del gobierno que presidirá Alberto Fernández. Éste, si se quiere, no se siente incómodo con ese proyecto y, a su manera lo traduce con una frase que repitió en Tucumán: “El mío será un gobierno del Presidente y 24 gobernadores”. Fernández dice varias cosas con pocas palabras: propone una fuerte cooperación de los Ejecutivos (es decir, de aquellos a quienes la necesidad de afrontar el desafío de gobernar territorios los induce al realismo y la flexibilidad de criterios); propone una plataforma en la que prevalece el peronismo (mayoría de los gobiernos provinciales) pero en la que también están presentes otras expresiones políticas, incluyendo varias del actual oficialismo. Propone, en fin, un contexto donde el tradicional centralismo porteño-bonaerense (basado en peso económico y también en peso demográfico) pueda diluirse en una lógica y un proyecto de rasgos federales.

Un tramado complejo

Fernández debe ampliar y consolidar las bases de sustentación política de su futuro gobierno, que en lo electoral ha sido desequilibradamente dependiente del voto del conurbano, responsable de 4 de cada 5 votos de ventaja sobre Macri.

La fórmula que busca articular el poder presidencial con el de los gobernadores introduce una gran variedad de matices en el cuadro político y tiende así a neutralizar la grieta reduccionista y binaria que ha profundizado la confrontación estéril. Los matices no surgen sólo de las diferentes extracciones políticas de los gobernadores (los hay peronistas, radicales, provincialistas y del Pro), sino también de la diversidad de situaciones en que se asientan los propios mandatarios peronistas, el grupo más numeroso de gobernadores.

La última elección muestra, por ejemplo, que los peronistas que administrarán las provincias de la zona centro -Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos- poderoso eje agro-industrial y de servicios, deben conducir sociedades en las que la mayoría de los ciudadanos eligieron al candidato presidencial de Juntos para el Cambio. Esa constatación es un freno objetivo a cualquier tentación facciosa e induce al equilibrio, como ya se hizo visible con la conducta cautelosa y ecuánime de Juan Schiaretti, gobernador peronista de una Córdoba que ha sostenido su preferencia por Mauricio Macri como presidente.

Dialéctica negativa versus yin y yang

La búsqueda de estos equilibrios sintoniza con la política de unidad nacional que, aunque siempre constituye un objetivo cardinal, se vuelve indispensable para afrontar la crisis. Procurar la unidad nacional no supone uniforma el pensamiento ni anular toda competencia o conflicto, sino establecer los criterios para canalizar y dirimir las divergencias y las confrontaciones, fijar prioridades, respetar las disidencias y mantener abiertas las posibilidades de cambio y alternancia. Se trata, si se quiere, de acotar la dialéctica negativa (“o una cosa o la otra”) y pasar de la dicotomía cerrada a la complementariedad compleja.

Por ejemplo: ¿proteccionismo o apertura irrestricta? Tal vez (aunque lo refuten puristas e ideólogos) se podrían encontrar combinaciones fluidas con proporciones cambiantes de las dos políticas.

Algo de eso propone el probable ministro de Desarrollo Social del próximo gobierno, Daniel Arroyo, cuando plantea la necesidad de afrontar simultáneamente, como prioridad, el doble desafío de eliminar el hambre (reducir decisivamente la pobreza extrema, no sólo a través de subsidios sino también de generación de trabajos simples, no especializados) y estimular las producciones más competitivas, capaces de proveer divisas.

Guiado por la lógica de la gobernabilidad, Alberto Fernández está inducido a evitar los extremos y las opciones unilaterales y a guiarse, más bien, por la búsqueda de la centralidad en los dispositivos políticos, para administrar desde allí las diferencias (tanto las que se presenten en su propio espacio o en el sistema político, como las que crucen a las instituciones). Debe mostrar amplitud y paciencia (como el domingo por la noche, cuando pareció un invitado a su propio festejo), capacidad arquitectónica (como el lunes en Tucumán) y autonomía (como al incluir en su comisión para la transición a figuras de perfiles tan variados e independientes como Vilma Ibarra y Gustavo Beliz).

El centro de Macri

¿Cómo se comportará la oposición? La elección del 27 de octubre confirmó la derrota de Mauricio Macri, pero lo hizo de un modo ambiguo. Comparando con el resultado obtenido en las PASO, el actual presidente obtuvo más de 2 millones de votos nuevos (Fernández recibió 200.000 votos menos que en agosto) y recortó 9 de los 17 puntos de la diferencia que le llevaba el candidato peronista. Se trató de una arremetida tardía pero impresionante que algunos personajes y sectores del oficialismo actual confundieron con un triunfo. Un espejismo, claro está. Pero contribuyó a esa alucinación la cadena de pobladas movilizaciones ciudadanas que Macri promovió en vísperas de su caída electoral, que mostraron una base activada y volcada a una crítica cerril en particular al kirchnerismo y al peronismo en general.

La última semana señalábamos en esta columna que “esa presencia activa de una oposición que (mayoritaria o parcialmente) incluirá un ala dura y exigente, será un elemento de importancia que el próximo presidente deberá componer en la resultante que termine siendo su gestión, del mismo modo que la presencia de corrientes cooperativas y acuerdistas en el seno de Cambiemos será también una componente esencial de quienes aspiren a conducir esa coalición”.

En efecto, el gobierno de Fernández no podrá ignorar esa importante porción de la opinión pública (más que opositora,“contrera”), capaz de ganar la calle y cacerolear que, por otra parte, cuenta con la buena predisposición de un sector decisivo de los medios.

La interna de Cambiemos

En cuanto a la futura conducción de Cambiemos, cualquiera que ella sea se verá determinada por ese espíritu de fronda poco dispuesto a la cooperación o el buen trato con el nuevo gobierno. Mauricio Macri, fortalecido por su performance postrera, aspira a liderar a su coalición desde el llano y, así como la señora de Kirchner encarna en primera instancia al electorado fiel del conurbano que le dio 7 de cada 10 votos, Macri ha quedado como deudor del activismo más intransigente. Si pretende liderar Cambiemos, sin embargo, él tiene que desplazarse al centro (en este caso, al centro de su coalición) ya que “la presencia de corrientes cooperativas y acuerdistas (es) también una componente esencial de quienes aspiren a conducir esa coalición”. Esas corrientes moderadas están en el radicalismo y también en el Pro (sin ir más lejos: Horacio Rodríguez Larreta).

Macri ya ha empezado a convivir con las contradicciones: incrementó sus votos prometiendo cosas diferentes a las que había hecho en su gobierno, mientras aplica en la retirada las regulaciones y cepos que condenó al inicio. El domingo 27, a diferencia de la noche fatídica de las PASO, desplegó un discurso centrado que algunos elogiaron como “el mejor de los cuatro años”. Esta moderación insinúa que Macri comprende que debe debe ubicarse en el centro de su fuerza para balancear lo que piensa su electorado y lo que quieren los cuadros importantes de Juntos por el Cambio.

Así, después de meses confrontación estéril, el desayuno del lunes 28 entre Macri y Alberto Fernández quizás fue algo más que un gesto protocolar. Puso frente a frente a dos mandatarios en busca de sus propios centros.



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