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Opinión 1 de agosto de 2026

Aprobación del Fondo y querellas en el vecindario

Panorama político nacional de los últimos siete días

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Kristalina Georgieva junto al ministro Luis Caputo, durante su última visita a Argentina. Foto: EFE | Juan Ignacio Roncoroni.

 

Por Jorge Raventos

 

La visita de la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, deparó una paradójica satisfacción al gobierno de Javier Milei. La búgara no ahorró elogios a las reformas impulsadas por el Presidente y por su edecán económico, Luis Toto Caputo, pero junto con esas efusiones deslizó repetidamente una evaluación: “ahora la Argentina no necesitará recurrir nuevamente al Fondo”.

Más que diagnóstico, la frase parece un aviso: la administración libertaria tendrá que arreglárselas sin acudir a esa ventanilla a conseguir financiamiento; ahora debe ocuparse de pagar lo que debe: Argentina es el mayor deudor individual del organismo, con un monto de unos 59.000 millones de dólares (este año con vencimientos por unos 2100 millones de dólares y con pagos comprometidos de más de 7000 millones por año hasta 2032).

Aunque la administración libertaria se muestra optimista sobre su capacidad de pago a la luz de los ingresos por exportaciones que espera del campo, del sector energético y de la minería, no está claro cuál puede ser su situación financiera si el contexto político (tanto el doméstico como el global) alimentara la desconfianza de los mercados.

El Presidente observa ese contexto y apuesta a impulsarlo en su favor, acentuando la polarización que le resultó buen negocio en los inicios de su período. Internamente, subraya los riesgos de un fortalecimiento de la “amenaza
kuka”, representada de a ratos por la señora de Kirchner y a veces por el gobernador bonaerense, Axel Kicillof. Pero también intensifica su cruzada internacional, particularmente en la región.

Ese plan permite interpretar la conducta del presidente durante su reciente visita a Brasil. Hay que admitir que los improperios que lanzó contra su colega brasilero y contra un juez del Tribunal superior de ese país constituyeron una
especie de barbarismo diplomático. Se puede tener diferencias con otros gobiernos, con otros partidos, con otras posiciones, pero hay una ley no escrita de buen trato entre personas -no digamos ya entre autoridades, entre personas- y sobre todo entre personas a las que se está visitando. En este caso, Millei habló, dijo esas cosas impropias en Brasil no solo sobre Lula, sino también sobre un miembro de la Corte Suprema brasilera. Esto suena naturalmente muy ofensivo y esa parece la sensación que ha dejado Milei en su viaje a Brasil.

Está claro que no se trató de una visita destinada a cumplir una misión presidencial. El viaje no tuvo que ver con algo estatal, sino con una preferencia facciosa del líder libertario: fue a hacer campaña en favor de Flávio Bolsonaro –
hijo de su amigo el expresidente Jair Bolsonaro-, que se presenta como candidato de la línea que Milei personalmente prefiere, una línea de derecha más bien autoritaria. Fue un viaje de carácter político partidario, tuvo que ver con algo faccioso.

Milei puede personalmente preferir un candidato, pero no puede desprenderse de su condición de presidente de la República, que le otorga a su comportamiento una dimensión diplomáticamente molesta, incómoda,
disonante.

Afortunadamente, la relación entre Argentina y Brasil no pasa prioritariamente por el carácter de sus presidentes. Ellos influyen, cómo no, pero la relación entre ambos países es mucho más importante. que los comportamientos de sus funcionarios. Brasil es junto con China, cliente comercial principalísimo de la Argentina.

Hay que reconocer que muchas veces Milei es capaz de ir y volver en pocas horas; es capaz de decir una cosa por la mañana y afirmar algo opuesto por la tarde. Baste recordar lo que supo decir de China, hasta que descubrió que
Beijing era un muy buen partner, “un socio comercial muy interesante, que no exigen nada, sólo que no los molesten”.

Aunque la Casa Rosada aseguró que no pediría disculpas por los dichos presidenciales, la intervención, un día después de los discursos de Milei, del canciller Quirno, procurando poner el acento en los ejes de la relación entre
ambos países, pareció un intento de remendar lo que estaba rasgado. El embajador brasilero, llamado en consulta por su cancillería (una señal diplomática de desagrado que insinúa hasta una eventual ruptura de relaciones),
demora su retorno a Buenos Aires.

Es probable que las empresas que participan en el intercambio entre los dos países – grandes firmas y compañías más pequeñas- terminen impidiendo que los arrebatos o las puestas en escena de funcionarios con “una emocionalidad importante” , como supo definir Patricia Bullrich, frustren esa relación que genera divisas y empleo.

Brasil absorbe más de la mitad del trigo argentino destinado al exterior y, dato relevante, alrededor del 38 por ciento de todas las manufacturas industriales argentinas exportadas. En una Argentina cuya economía industrial sufre un
desgaste persistente, no parece una buena idea apostar las buenas relaciones con un cliente de tanto peso a las vehemencias de sus autoridades.

Estados alterados

Cruzando las expresiones de Milei en Brasil con su participación sobre cuestiones internas en las redes sociales, la vicepresidenta, Victoria Villarruel escribió el viernes: “Me preocupa profundamente que el presidente de la Nación
replique insensateces e inventos. Tengo genuina preocupación por su estado y por las persecuciones imaginarias que replica en Argentina y el exterior”.

Se puede pensar que lo ocurrido en Brasil fue la expresión de una sensibilidad alterada o, por el contrario, que se trató de una decisión política, calculada por Milei para ayudar mejor a su cofrade ideológico Bolsonaro (que, dicho sea de paso, aparece hoy más bien retrasado en las encuestas de opinión de Brasil y se encontraría, a tres meses de distancia del comicio presidencial, cinco o seis puntos por debajo de la candidatura de Lula).. Tal vez intentó insuflar
intensidad a la campaña de Bolsonaro, quizás haya querido ayudarlo. Es probable que Lula haya agradecido íntimamente este gesto de Milei, porque ese tipo de intervención no es precisamente bien visto por las sociedades donde ocurren.

Es probable que los improperios de Milei contra Lula y contra el juez Alexandre de Moraes terminen convirtiéndose en una ayuda para Lula, así como está ocurriendo con la ofensiva comercial de Trump y su incremento de
aranceles (un castigo porque Brasil implementó exitosamente un sistema de pagos que no le cuesta nada a los clientes y que virtualmente convierte en innecesario el efectivo y complica principalmente el negocio de los grandes
bancos norteamericanos).

Esa ofensiva arancelaria de Trump contra Brasil Lula la está convirtiendo en un activo político propio porque a ningún país le gusta ser convertido en blanco de una intervención externa. Lula, que está haciendo todo lo posible por ser reelecto por cuarta vez (no consecutiva) agradece ciertas enemistades.

Las enemistadas en algunos casos debilitan y en otros casos fortalecen. En relación con Estados Unidos, el daño comercial que provocan esos aranceles de Trump es relativamente poco por comparación con la participación
norteamericana en el comercio de Brasil. Nuestro vecino le vende a Estados Unidos, menos de la tercera parte de lo que le vende a China.

El martes 28 por la noche Lula mantuvo una larga conversación telefónica con el líder de la República Popular, Xi Jinping y éste le manifestó el pleno apoyo de China, su censura a los intentos de intervención externa en los asuntos
brasileros y además recordó que China va a seguir colaborando comercial y
financieramente con Brasil.

Xi Jinping no pensaba en Milei al hablar de intervenciones externas, sino más bien en el modelo que sigue el presidente argentino: Donald Trump. El influyente diario inglés The Guardian escribió, a raíz de la intervención del
presidente argentino en Brasil que “Milei no es el que manda” en esa jugada, sino que en realidad por detrás de él se distingue la mano de titiritero de Trump que lo estaría utilizando como un agente de su política para la región.

La estrategia del second best

Sin duda Milei es funcional a la política de Trump, pero parece exagerado suponer que reciba instrucciones puntuales de Washington. Se trata, más bien, del espíritu de mejor alumno que inspira al libertario y lo lleva a buscar
destacarse y perfilarse como cabecilla de los sectores de la derecha que están creciendo en el área bajo la constelación Trump y que suponen que Estados Unidos, cada vez más complicado en otros espacios donde supo imperar
indiscutidamente, se replegará –como lo anticipó en noviembre pasado su documento sobre estrategia- sobre el hemisferio occidental, las Américas. En tal caso, consagrado a priori el número uno del Continente, la consigna del libertario sería convertirse en second best.

Brasil, por su parte, tiene una historia que lo asocia a Estados Unidos: su política exterior está marcada por el realismo y pragmatismo del barón de Rio Branco y por su condición de aliado activo de Washington en la segunda
guerra Pero ese espíritu pragmático está impregnado de intención autonómica.

Brasil no enfrentar a Estados Unidos pero tampoco se somete livianamente a sus presiones. Trata de negociar un rumbo político no beligerante pero conciente de que el periodo de la unipolaridad –ese instante de una década que se produjo después de la caída de la Unión Soviética, cuando Estados Unidos se convirtió en incontestado patrón de la vereda global, llega a su fin. Ahora también calientan otros soles. China se avecina.

Lula tiene por delante la prueba de la elección de octubre. Un mes después, Estados Unidos enfrentará las primarias y el que estará sometido a prueba será el gobierno de Trump, que puede debilitarse sensiblemente para sus dos últimos años de mandato si pierde el control del Congreso. La estrategia del second best que inspira a Milei se juega en esos tableros ajenos.