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Opinión 3 de octubre de 2026

Argentina en el espejo de la elección brasilera

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Por Jorge Raventos

La elección presidencial que empieza a dirimirse hoy en Brasil es, si se quiere, un aperitivo de la que ocurrirá de aquí a un año en Argentina, con la diferencia de que los roles y posicionamientos están invertidos: allá gobierna “la izquierda” y al favorito de Javier Milei –Flavio Bolsonaro- le toca el papel de desafiante. La polarización reina en los dos escenarios, aunque en Brasil las figuras que la encarnan están claramente corporizadas en Lula y Bolsonaro, mientras en Argentina se sabe que Milei es uno de los competidores, pero el rincón opuesto está momentáneamente vacío, aunque el oficialismo se esfuerza por ubicar allí a alguien que evoque inequívocamente al kirchnerismo; dado que la señora de Kirchner está inhabilitada allí se conforman alborozadamente con Axel Kicillof y se esfuerzan por empujarlo allí mucho antes de lo que, eventualmente, éste quiera o esté listo para calzarse los guantes.

Hijo pródigo

El resultado de la puja en Brasil tendrá indudable incidencia en Argentina: si Bolsonaro consiguiera coronarse fortalecería la escudería en la que revista Milei pero probablemente, por el peso específico de Brasil en la región,  le arrebataría al ideólogo libertario el papel protagónico que ha venido jugando estos años, cuando gozó del monopolio para exhibirse en el vecindario y, sobre todo, ante su ídolo, el presidente de los Estrados Unidos, como el militante más ostentoso, más atrevido y más fiel del trumpismo. Aunque Milei tiene más presencia escénica que Flavio Bolsonaro, eso no compensaría la dimensión y la conexión internacional que Brasil ha tejido con persistencia, más allá de los cambios de signo de sus gobiernos.

Para Estados Unidos, que ha fijado en su estrategia internacional la prioridad de un fortalecimiento en el Hemisferio Occidental –las Américas-, resulta central enhebrar en su sistema de alianzas cercanas a los países más fuertes del continente y es precisamente con los mayores (Brasil, Méjico, Canadá) con los que el vínculo más se ha deteriorado durante la presidencia de Donald Trump. Si Brasil modificara el rumbo merced a un triunfo de Bolsonaro, sería seguramente recibido como el hijo pródigo. Lula y su arco de amigos temen que desde el norte se intente algún tipo de operación destinada a favorecer las posibilidades del senador. Ya en julio, durante una conversación telefónica el presidente chino, Xi Jinping, le transmitió a Lula que China apoya a Brasil en la defensa de su soberanía e independencia y se opone a la injerencia externa en el país. La declaración se produjo en un contexto en el que la cancillería denegó visados a dos funcionarios del Departamento de Estado de Estados Unidos que, según el diario Washington Post,  planeaban cuestionar la integridad del sistema electoral brasileño antes de la primera vuelta, mientras el presidente argentino atacaba a Lula durante la convención del bolsonarismo en San Pablo. El gobierno chino difundió la comunicación telefónica de Xi con Lula y destacó que el presidente chino “otorga gran importancia al estatus internacional y a la influencia de Brasil”. La República Popular y Brasil son socios en el grupo BRICS y aquella advertencia de Xi cobra, si se quiere, más importancia después de la visita del líder chino a Washington y de sus extensas y “ricas”conversaciones con Trump. China no se rebela frente a la estrategia de Washington de hacerse fuerte en  las Américas, pero reclama juego limpio y respeto a  procesos en marcha. Por caso los vínculos de  Brasil con China y con los BRICS. En la charla de julio con Lula subrayaron ese punto y, según informaron entonces, “reiteraron el compromiso de mantener una estrecha coordinación multilateral en la ONU, los BRICS y otros foros”.

Bolsonaro bien  podría  llegar a la presidencia. Seguramente no hoy, porque la elección presidencial brasilera difícilmente se defina en la primera vuelta, pues la ley brasilera reclama un ganador con más del 50 por ciento de los sufragios y es sumamente improbable que ni  Bolsonaro ni el presidente Lula, que pelea por la reelección, alcancen un resultado de esas proporciones. Será necesario un balotaje, que tendrá lugar el domingo 25 de octubre. Es allí donde las chances de Bolsonaro crecen.

Las encuestas

Para  la elección de hoy, la mayoría de las encuestas (10 de las 13 realizadas del 9 al 29 de septiembre) prevén  que será el presidente Luis Inacio Lula Da Silva quien termine ganador. El senador Flavio Bolsonaro  solo aparece numéricamente por delante en dos estudios. En otra encuesta, los dos candidatos tienen exactamente el mismo porcentaje. En general, las encuestas muestran ventajas que están dentro del margen de error (dos puntos hacia arriba o hacia abajo), por lo que en la mayoría de ellas puede hablarse de “empate técnico”, aunque se note un leve predominio de Lula.

En la que hizo pública el último jueves Datafolha, Bolsonaro no mantuvo el ascenso gradual que había reducido la brecha con Lula de 10 a 3 puntos en cuatro meses; en esta volvió a ser de 4 puntos, lo que configura un empate en el límite del margen de error, con una mayor probabilidad estadística de que el Presidente  vaya por delante. Lula gana (46 a 32) en la mitad más pobre de la población, en el tercio de menor nivel educativo (49 a 29); gana  55 a 25 en el Nordeste, donde se encuentra el 28 por ciento de los votantes y gana con bastante ventaja entre los votantes católicos y las mujeres. Bolsonaro prevalece entre los votantes evangélicos.

Las cosas cambian notablemente, según las mismas 13 encuesta mencionadas para la primera vuelta, cuando se pregunta sobre el balotaje. En este caso, Flavio Bolsonaro aparece numéricamente por encima del presidente en  siete de ellas, mientras que Lula  aparece arriba en cuatro y  dos muestran un empate numérico.

Los vaticinios y la atmósfera electoral testimonian un fuerte enfrentamiento que va más allá de la puja entre partidos y alcanza a distintos niveles de la Justicia, que exhiben choques internos inéditos y denuncias cruzadas de corrupción, que hacen juego con las agresivas campañas de los candidatos. La polarización se desborda.

Polarización y herida

En Argentina, el arzobispo porteño, monseñor Jorge García Cuerva, alertó el viernes sobre la polarización, y advirtió que León XIV, que estará el mes próximo entre nosotros, “se va a encontrar con una Argentina herida, una Argentina dividida, con esa famosa grieta, una Argentina donde la descalificación y la intolerancia están a la orden del día”.

Tal vez observar el espectáculo de la polarización externa –la de un Brasil que cae allí desde una tradición más propensa a la negociación y el pacto que a la confrontación cruda- permita corregir aquí  algunos de sus peores rasgos, en los que la política suele recaer.

De a ratos se notan algunos cambios: en París, donde el gobierno convocó a privados y  a autoridades de provincias de diferentes orígenes partidarios para mostrar una Argentina abierta a los negocios y la inversión, hubo un momento de virtud y convergencia. Todas las partes colaboraron y empujaron con buena voluntad del mismo carro. ¿Será posible que ese recreo externo se repita para afrontar problemas acuciantes como los que el arzobispo García Cuerva nos recuerda que registrará el Papa en su visita: la pobreza que vuelve a incrementarse, la indigencia que crece, la educación que decae, el desdén por la fraternidad y la consagración del individualismo?

Uno de cada cinco trabajadores formales (“en blanco”, asalariados) no supera la línea de pobreza. El país acumula promesas de inversión; algunas se concretan rápido (Vaca Muerta es un imán), otras esperan mejores tiempos para efectivizarse: el riesgo país escala (el viernes estaba en 650 puntos) y no bajará hasta que la grieta se supere, es decir, hasta que se consiga una convergencia formal en torno tanto a la estabilidad, el equilibrio fiscal y la sensatez económica como a la idea del trabajo como valor,  la justicia social (de la que hablará seguramente el Papa) y al ideal de la movilidad social ascendente.

El camino a las elecciones presidenciales 2027 deberá incluir el debate de estos asuntos, articulados con las cuestiones macroeconómicas y  las definiciones estratégicas y geopolíticas. La fraternidad y la justicia no son un “derrame”, sino una condición para sostener los cambios mayores.