Olivier Blanchard, profesor de Economía en Harvard y el MIT, sostiene que para evaluar una economía los macroeconomistas observan tres indicadores básicos: la producción y su crecimiento, el desempleo y la inflación. Estos tres ejes permiten tener una primera fotografía del desempeño económico.
Crecimiento: en Argentina, el último dato disponible del Producto Interno Bruto corresponde al tercer trimestre de 2025. En términos interanuales, el PIB creció 3,3% y mostró un avance de 0,3% respecto del segundo trimestre. A falta del dato del último trimestre, todo indica que 2025 cerrará con un crecimiento cercano al 4%.
Para 2026, las perspectivas son similares. El FMI, en su actualización del World Economic Outlook, ubica a la Argentina como el país número once en el ranking mundial de crecimiento, encabezado por India. El desafío, como ya se señaló en artículos anteriores, es que ese crecimiento llegue efectivamente a la población. Además, no está exento de riesgos: una eventual sequía, una caída en los precios de exportación (soja o petróleo) o un cambio en el respaldo del gobierno de Estados Unidos podrían alterar el escenario.
Empleo: en el tercer trimestre de 2025, la tasa de actividad alcanzó el 48,6%, la tasa de empleo el 45,4% y la desocupación se ubicó en 6,6%. Son datos razonables en un contexto de ajuste que aún no ha concluido.
Algunos analistas comparan la situación actual con la década del noventa y advierten que una mayor apertura económica podría elevar el desempleo. Si bien ese riesgo existe, el contexto es distinto. Hay una red de contención social que antes no existía y una informalidad más extendida que, aunque precaria, funciona como válvula de escape para quienes pierden un empleo formal. A esto se suma la ausencia de un tipo de cambio rígido como el uno a uno de la convertibilidad y la posibilidad de avanzar en una reforma laboral que, aún imperfecta, podría corregir incentivos claramente adversos al empleo.
Inflación: el IPC de diciembre fue de 2,8%, con una inflación núcleo de 3%. Los números no parecen alarmantes, pero confirman una tendencia que se insinuó desde mediados de 2025: la desinflación dejó de ser lineal y comenzó a mostrar una leve aceleración. En enero, además, el índice se medirá con una nueva canasta, con mayor peso de los servicios. Por su parte, el índice de precios internos al por mayor (IPIM) subió 2,4% en diciembre y acumuló 26,2% en todo el año.
Desde una visión ortodoxa, la dificultad para seguir bajando la inflación se explica por una demanda de dinero inestable, un nivel de reservas aún bajo y un resultado fiscal que, pese a los avances, no alcanza para acumular divisas de manera sostenida.
Algunas paradojas: surgen situaciones llamativas. Tras dos años de ajustes en tarifas y combustibles, la nafta sigue siendo más barata en Argentina que en Chile, Brasil o Uruguay. Algo similar ocurre con los celulares importados: aún sin aranceles, resultan más caros que en Europa o Estados Unidos debido a la carga de impuestos internos e IVA.
Deuda y reservas: Mientras se diseñan estrategias de mediano plazo, el pago de la deuda continúa. El 9 de enero vencieron USD 4.200 millones, lo que redujo las reservas netas del BCRA en unos USD 700 millones, luego parcialmente recompuestos con compras hasta el 20 de enero. Ese mismo día, el Banco Central anunció la cancelación (en diciembre) de USD 2.500 millones correspondientes a la parte utilizada del swap con Estados Unidos, que sigue vigente como respaldo para futuros compromisos.
De cara a 2026, restan pagos por unos USD 10.000 millones. Cumplir con ellos será un ensayo clave para 2027, cuando vencerán cerca de USD 20.000 millones adicionales y ya no estarán disponibles los desembolsos del FMI. Aunque el Banco Central volvió a comprar divisas en las últimas ruedas, el ritmo todavía no asegura una recomposición visible del stock.
Objetivos y tensiones: para este año, el Gobierno se propuso tres metas: bajar la inflación, acumular reservas y aumentar el empleo y la actividad. El problema es que estos objetivos entran en tensión entre sí. Un tipo de cambio contenido y una política monetaria contractiva ayudan a estabilizar precios en el corto plazo, pero dificultan la acumulación de reservas y enfrían la actividad.
Como señaló Luis Secco, comprar reservas implica emitir pesos, lo que puede presionar sobre los precios. Al mismo tiempo, tasas reales altas y un tipo de cambio apreciado desalientan el consumo, la inversión y la recuperación del crédito. Este dilema no es nuevo: en este siglo, distintos gobiernos, desde Duhalde hasta Macri, enfrentaron la misma restricción y, en más de una ocasión, quedaron atrapados sin resolverla.
El dilema de 2026: el Gobierno debería precisar con mayor claridad cómo obtendrá divisas para evitar que cada vencimiento de deuda se convierta en un evento crítico. Cuando cada pago se vive como una emergencia, se transmite una sensación de fragilidad del plan económico.
Si la prioridad es sostener la desinflación con un ancla cambiaria creíble, el costo es conocido: apreciación real, tasas altas y una economía que pierde dinamismo. En ese contexto, la actividad se recupera lentamente, el consumo no tracciona y la inversión espera reglas estables y previsibles.
De los tres objetivos planteados, será clave definir cuál se prioriza. El 2026 impone un problema de consistencia que requiere un orden claro y reglas permanentes. Para algunos analistas, como Germán Fermo, el ritmo lento de acumulación de reservas alimenta la persistencia de un riesgo país elevado, pese a los avances en contener la inflación.
El acuerdo Mercosur–Unión Europea abre la puerta a un salto exportador significativo y representa una oportunidad concreta para generar divisas. Sin embargo, convive con tensiones internas, como el debate por la reforma laboral.
En definitiva, la economía no está exenta de fragilidades: atraso cambiario, tasas altas, aumento de la mora, un endeudamiento caro y de corto plazo, y una construcción que no despega con la obra pública paralizada. La pregunta que deja el IPC de diciembre es si el esquema actual permite, al mismo tiempo, bajar la inflación, acumular reservas genuinas y reactivar la economía. Si la respuesta depende de demasiadas excepciones, la duda —del mercado y de la sociedad— seguirá presente, incluso cuando los números parecen cerrar.