Carlos García: “Hoy nadie sube al escenario con el respeto ganado de antemano”
De sus inicios en Santa Fe a su amor por Mar del Plata. De la disciplina y la formación constante a la experiencia de ganar Viña del Mar. De los cambios en el humor a los desafíos de llegar a nuevas generaciones, el artista habló con LA CAPITAL antes de volver al escenario, este sábado.
Pasaron casi 50 años desde que Carlos García se subió por primera vez a un escenario en su Santa Fé Natal. Tenía solo 8 años, pero desde entonces nunca paró. Casi 35 de esos 50 años, transcurrieron desde Mar del Plata, ciudad de la que se enamoró a primera vista y desde donde continuó siempre perfeccionándose, actualizándose, proyectándose.
Tras haber formado parte de compañías de grandes figuras del espectáculo nacional y también de llevar adelante su propuesta solista, el artista se aventuró a participar del certamen más difícil: Viña Del Mar. Y eso marcó un “antes y después” en su vida y en una trayectoria que continúa sosteniendo con “disciplina y responsabilidad”.
Multiinstrumentista, cantante, humorista, Carlos García ha desarrollado una identidad artística en la que, como cuando era aquél joven que hacía cuatro funciones por noche de dos espectáculos diferentes, sigue intentando conquistar a nuevas generaciones de público.
“Mi arte recargado” es el nuevo espectáculo que está presentando y con el que subirá a escena este sábado, 29 de agosto, a las 21, en la Sala Melany (San Luis 1750).
“El show nació este verano en Orión Concert y funciona como la antesala de una gran celebración: el año próximo cumplo 50 años arriba de un escenario. Subí a cantar por primera vez a los ocho y, desde entonces, nunca dejé de hacerlo” compartió el artista en una charla con LA CAPITAL.
En ese marco adelantó que los artistas invitados son fundamentales en esta propuesta. “Huellas Argentinas, con la dirección de Jorge Delfino, me permite unir el canto, el folclore y la fuerza del ballet. Es una agrupación con casi cinco décadas de trayectoria y a Jorge lo conozco desde la revista Argentina, junto a Nito Artaza y Luisa Albinoni.
También estarán Sebastián Pineda y Rocío Roldán, dos voces extraordinarias de Mar del Plata. Esta ciudad tiene muchísimo talento y, en esta etapa de mi vida, quiero acercarme a los jóvenes y darles una mano en todo lo que pueda. Además, habrá algunas sorpresas, pero esas no las voy a spoilear”.
” Tengo muchas herramientas y el escenario me da la libertad de usarlas”.
-El show combina música, humor y distintos estilos musicales, que son parte de tu sello. ¿Cómo fuiste construyendo esa identidad artística? ¿Cómo trabajás el equilibrio entre lo musical y lo humorístico?
-De joven peleé para poder hacer las dos cosas: ser músico y cantante, pero también comediante. Con los años entendí que el objetivo es uno solo: divertir, emocionar y compartir.
Mi humor dejó de apoyarse en lugares comunes y pasó a ser en primera persona: no cuento chistes de suegras, hablo de mi suegra; no hago chistes de gordos, hablo de mí. La experiencia es un peine que te dan cuando te quedás pelado. Después de tantos años de escenario aprendés qué decir, qué no decir y, sobre todo, a leer al público.
Los eventos, los congresos y los públicos de distintas provincias y países me enseñaron que un chiste que funciona acá puede no funcionar en otro lugar. Por eso nunca hago dos shows iguales. Puedo pasar de un aria de ópera a un chamamé, una zamba, un tango, un bolero o una balada. ¿Reguetón? No, gracias. No me gusta. Tengo muchas herramientas y el escenario me da la libertad de usarlas.
“Aprendí la disciplina”
-Hay lugar para la improvisación en tus espectáculos…
-Siempre. Me reservo unos diez minutos para improvisar. Primero capto la energía del público y después me dejo llevar. La experiencia hace que dé buen resultado.
-A lo largo de tu carrera compartiste escenario con artistas de recorridos muy diferentes. ¿Qué te han dejado de esas experiencias?
-Mi debut en Mar del Plata marcó un antes y un después. Trabajar bajo la dirección de Enrique Carreras, junto a Mercedes Carreras, Adolfo García Grau, Marcos Zucker y Alberto Castillo (de quien fui bajista esa temporada), fue una verdadera escuela. Ahí aprendí la disciplina del teatro: hacer la misma función durante dos o tres meses y sostener siempre el nivel.
Otro hito fue mi primera revista, en 1999, con Jorge Corona, Tristán, Susana Romero y un gran elenco. Los jueves hacía dos funciones en el Teatro Lido y otras dos en el Teatro Carreras. Terminaba mi participación, cruzaba la peatonal cambiándome de ropa con la ayuda de alguien y llegaba justo al otro escenario.
Eran cuatro funciones por noche en dos teatros. A los 30 años sentía que podía con todo, pero aquel desafío me dejó una lección definitiva: una carrera se sostiene con responsabilidad y disciplina.
-Después de tantos años de escenario, ¿qué cosas cambiaron en tu manera de trabajar y cuáles seguís haciendo de la misma forma?
-Cambiaron muchas cosas, especialmente el cuidado con lo que se dice. Lo que no cambió es mi necesidad de estudiar: nunca dejé de aprender y pienso seguir haciéndolo. La inteligencia artificial me está ayudando muchísimo. Todavía me asombra todo lo que permite crear, tanto en lo musical como en lo visual. El límite está en la cabeza.
La pandemia también fue un antes y un después. Hice 120 transmisiones gratuitas por streaming porque sentía que mucha gente necesitaba compañía. Aprendí a producirme, manejar las cámaras y sostener contenidos de una hora y media o dos horas. Fueron 21 meses sin ingresos y con cinco hijos a cargo: una experiencia durísima. Pero no me quebró: me potenció.
-En 2006 obtuviste la Antorcha de Plata en el Festival de Viña del Mar, un reconocimiento que entrega el público. ¿Qué recordás de aquel momento? ¿Qué significó para vos y qué lugar ocupa hoy en tu historia artística?
-Ganar la Antorcha de Plata fue inolvidable. Llegué como un desconocido a un festival que, en realidad, es un enorme programa de televisión internacional. Una estrategia de Cacho Améndola, quien me llevó a Chile, hizo que faltara a la conferencia de prensa. Durante dos días me crucificaron y anunciaron que el “Monstruo” me iba a devorar.
Los primeros tres o cuatro minutos fueron 25.000 personas silbándome. Un mozo del hotel me había dado un consejo: “Saludá a la galería; ellos te van a apoyar”. Lo hice y la galería fue la primera en ovacionarme. Estuve a punto de claudicar, pero cerré los ojos, pensé en Washington (en los dólares que iba a cobrar) y decidí cumplir el contrato.
Tenía 15 minutos pautados y terminé haciendo 47, con el pico de audiencia de la jornada y la Antorcha de Plata. En la Argentina no tuvo tanta repercusión, pero internacionalmente marcó un antes y un después en mi carrera.
“Me enamoré perdidamente”
-Elegiste Mar del Plata para vivir. ¿Qué encontraste en esta ciudad? ¿En qué momento dejó de ser un lugar de temporada para convertirse en tu lugar de base?
-Hasta los 24 años no conocía el mar. Y casi tampoco la milanesa de carne: mi mamá me hacía milanesas de berenjena y me decía que eran de carne… hasta que un día me mordí la lengua y descubrí la diferencia. (Risas)
Cuando llegué a Constitución y la costa, vi el mar y esa postal icónica de Mar del Plata. Me enamoré perdidamente.
Elegir esta ciudad significó dejar en Santa Fe mi historia, mis amigos y mi familia, pero sentía que tenía que estar acá. Hace 33 años que vivo en Mar del Plata. Es una ciudad hermosa, aunque hoy merece estar un poco más cuidada.
-Fuiste parte de muchísimas temporadas. ¿Cómo viste cambiar al público y a la escena artística de los veranos a lo largo de estos años?
-El cambio fue drástico. Hoy nadie sube a un escenario con el respeto ganado de antemano: hay que conquistarlo desde el primer minuto. El público teatral es, en su mayoría, mayor de 40 años y todavía cuesta que se acerquen los jóvenes. Pero tengo una satisfacción enorme: hoy vienen a verme los hijos de quienes me conocieron en Orión en 1993. Me dicen: “Vengo porque mi papá te veía y me contaba lo bueno que era tu show”. El año próximo voy a cumplir 35 temporadas en Mar del Plata. Eso es inolvidable.
-¿Y en invierno?
-En invierno la ciudad tiene una comunidad artística muy fuerte y muchísimo talento, pero la economía pesa. Cuando falta dinero, los artistas somos el último eslabón de la cadena. Si la propuesta es buena, el público responde; el problema es que hay muchas propuestas para una cantidad limitada de espectadores. Y cuando llegan figuras nacionales, buena parte del público reserva su presupuesto para esos espectáculos. Esa conducta del marplatense cambió.
“Transpiro la camiseta”
-¿Qué buscás generar hoy en el espectador?
-Siempre salgo a dar el ciento por ciento. Hoy no existe un público homogéneo: a uno le gusta el tango; a otro, la lírica; a otros, la cumbia o el humor. Mi objetivo es que cada persona se vaya conforme, llevándose un pedazo del espectáculo.
A lo que no voy a renunciar es a dar dos horas de show con el máximo de entrega, como hice toda mi vida. Bajo entre dos y dos kilos y medio por función: eso demuestra que transpiro la camiseta. Voy a seguir peleándola como siempre.
-¿Cómo definirías este momento de tu carrera? ¿Qué esperás profesionalmente para los años que vienen?
-Estoy en uno de los mejores momentos de mi carrera. Recibo el reconocimiento de mis colegas y me convocan, una y otra vez, algunas de las empresas más importantes de la Argentina. Eso me confirma que sigo por el buen camino.
Para los años que vienen no espero nada grandilocuente: quiero tener salud y que la garganta aguante. Entreno todos los días para subir al escenario firme, fuerte y darle al público, como hice toda mi vida, el ciento por ciento.