La Ciudad

Cientos de fieles se congregan en el santuario de San Cayetano

En la parroquia e inmediaciones se mezclan los que van a pedir, los que van a agradecer y los que van a vender. Historias de una fiesta que para muchos es visita obligada y muestra de fe y, para otros, la oportunidad para llegar a fin de mes.

Algunos no son de la ciudad y llegan desde localidades vecinas, fieles tanto a sus creencias religiosas como a sus costumbres, ya que pocos son los que vienen por primera vez y muchos, en cambio, los que siguen la tradición familiar de participar, todos los 7 de agosto, de las celebraciones de San Cayetano, patrono del pan y el trabajo.

También están los que vienen solos, los que fueron acompañados por alguno de sus hijos y los que lograron coincidir horarios con toda la familia y ahí están, uno atrás del otro, haciendo la fila para entrar a la parroquia de ese patrono al que todos rezan para que nunca falte un plato de comida en la mesa y un salario digno por mes.

Al movimiento de los puesteros que todos los años se ubican en las inmediaciones de la iglesia para vender todo tipo de artículo litúrgico y otros que no lo son tanto, el martes a la noche comenzó a sumarse el de los fieles que, congregados para dar fin a la novena, iniciaron juntos la vigilia de cara al inicio de una de las celebraciones católicas más importante del año, que tendrá su momento máximo a las 15 con la tradicional perigrinación encabezada por el obispo monseñor Gabriel Mestre.

Cerca de las 10 de este miércoles, y en el marco de la cuarta de ocho misas que tendrán lugar a lo largo del día, los alrededores al santuario ubicado en Moreno 6776 ya se encontraban repletos de personas, que podían incluso escuchar las palabras del cura párroco Juan Pablo Cayrol desde los parlantes colocados en la parte exterior.

La fila para ingresar a presenciar el oficio religioso y recibir la bendición – también había religiosos en las afueras bendiciendo las clásicas espigas de trigo- arrancaba en el acceso principal de una parroquia atiborrada de feligreses, continuaba por Moreno, daba vuelta la esquina por República del Líbano y terminaba recién a cien metros hacia adelante, justo antes de llegar a Bolívar.

De todas maneras la espera, que dependiendo del caudal de personas puede superar los veinte minutos, suele ser más amena gracias a la charla entre los que se acercaron a homenajear al Santo y el paseo por la feria que se conforma en los alrededores a la iglesia, que este año presentó un notable incremento en cantidad de puestos y vendedores ambulantes, muchos de los cuales no venden artículos necesariamente litúrgicos.

Así y todo, lo que siempre abunda en las celebraciones de San Cayetano son las historias. Juana Martínez (41), por ejemplo, es oriunda de la localidad de Vidal pero todos los años, incluso cuando a penas era una bebé en los brazos de su madre, viaja a Mar del Plata para vivir el 7 de agosto de primera mano.

“Para mí ya es una tradición familiar, disfruto mucho venir, no me pierdo esto ni una sola vez, sobre todo ahora, que los tiempos están difíciles”, cuenta a LA CAPITAL y explica que si bien este miércoles vino sola, los pedidos no son sólo para ella. “Tengo tres hijos, uno de 25, otro de 18 y una nena de 5. El de 25 está sin trabajo y pese a tener el secundario completo, no consigue trabajo. Vine a pedir por él porque la situación es muy difícil, con mucho esfuerzo en la familia garantizamos techo y comida, pero los jóvenes necesitan oportunidades“, señaló.

El pedido “por los hijos e hijas” es algo que se repite en la conversación con muchos de los presentes. Jesica, por ejemplo, fue acompañada de Lautaro, su hijo más grande de 15 años. Como hizo su padre con ella, cree que hacer del ejercicio de agradecimiento una costumbre familiar es esencial.

“Yo vengo con él porque así hacía mi papá conmigo. Mis padres se casaron en esta iglesia, me bautizaron a mí y yo bauticé a mi hija menor. San Cayetano es importante para nosotros”, señaló, al tiempo que reconoció que la razón principal de la vista de hoy es el agradecimiento. “Afortunadamente mi marido tiene trabajo y venimos a agradecer por eso”, señaló.

Por la dificultad que implica hacer un lugar en la jornada laboral, hay quienes señalan que por la mañana la mayoría de los fieles son más bien adultos mayores o jubilados y que por la tarde son los jóvenes los que se hacen presentes. Sin embargo, hay quienes sí logran hacerse un espacio y ese fue el caso de Antonela (33), que tras dejar a su hija en la escuela, se dirigió a la parroquia a agradecer.

“En tiempos como éstos es cuando hay que agradecer. Vengo todos los años, desde chica, y hace seis le pedí ayuda para que me vaya bien en mi emprendimiento y aquí estoy, por suerte sigo trabajando en eso”, cuenta.

Andrea, en cambio, se acercó a la iglesia junto a su bebé de menos de un año, Aron, y su madre, Leonor. “La cosa está difícil y hay que venir a agradecer. Yo soy jubilada, ya no vengo tanto por mí, vengo por ellos (señalando a su hija y nieto), para que puedan tener un futuro”, señaló la mujer, sosteniendo firme la clásica espiga de trigo con la imagen del santo y su rezo, que empieza “Dios de todo consuelo, Padre misericordioso, que ven en lo secreto y conoces nuestras necesidades”.

 

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