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Opinión 23 de enero de 2020

Con el odio acabaremos

Por Nino Ramella

Las redes sociales y los medios se pueblan de comentarios y opiniones sobre los hechos de violencia que protagonizan jóvenes -y a veces no tan jóvenes- en la calle o a la salida de los boliches. Las ocasionales peleas nos conmocionan cuando las consecuencias incluyen muertes, como en las últimas horas.

Enhorabuena que nos despierte, que acicatee conciencias y zamarree la indiferencia. Condolerse por las víctimas es un imperativo moral además de una reacción genuina. Desde una perspectiva acaso menos generosa no es mala consejera la reflexión de que nadie está exento de ser víctima. La reacción popular acaso sea la demostración de que los argentinos aprendimos la lección de los altos costos que implica el silencio.

Ahora bien, no puede ser que solo la búsqueda de culpables guíe los ánimos. La necesidad de encontrar los responsables se parece mucho a la autoexculpación. Las desgracias tienen que tener autorías y mientras no nos encontremos dentro del colectivo acusado nuestra conciencia no se agitará. Podrán ser los padres, las autoridades, los colegios, los patovicas del boliche, el club de rugby… o acaso instituciones más abarcadoras como el machismo de la sociedad patriarcal, por poner un ejemplo.

Todos los señalamientos seguramente conllevan una cuota de verdad. Lo que no es verdad es que haya islas de inocentes en el mar de responsabilidades que nos atañen como socios plenos de la comunidad en la que vivimos, sin dejar de mencionar que hay protagonistas más comprometidos que otros.

Es interesante observar cómo en este tema también se manifiesta nuestra siempre presente grieta. Hay momentos para estigmatizar a los villeros cabeza de termo, negros planeros y vagos subsidiados. Y otros para apuntar a los nenes de mamá, ricachones, hijos de la burguesía, negreros y cagadores. La violencia es inherente a cualquiera de ambas etiquetas.

Otra vez: señalar a la otra orilla me exculpa. Son los pobres dicen los ricos. Son los ricos dicen los pobres. Son los padres dicen los docentes. Son los clubes de deportes agresivos y elitistas dicen muchos…

En el vértigo de acusaciones cruzadas hay un indicador que debería pegarnos como una piedra contra los dientes y que sin embargo no aparece. Es el que señala a Latinoamérica como la región más violenta del planeta.

De las 50 ciudades más violentas del planeta 43 son latinoamericanas. Teniendo sólo el 13 % de la población mundial registra el 42 % de los homicidios, según un informe de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD) publicado en julio del año pasado.

Lo que nutre estas estadísticas, según el organismo internacional, es la desigualdad sumada a la debilidad del sistema judicial y a la fortaleza del crimen organizado.

Cuando se menciona que somos la región más violenta lo que surge inmediatamente es la duda por lo que pasa en las zonas de conflictos bélicos. Seguramente allí deben producirse las mayores muertes violentas. Pues no. La ONUDD dio cuenta de que en 2017 murieron en el mundo 464.000 personas víctimas de homicidio frente a 89.000 que murieron en conflictos armados.

Si bien Argentina y Chile son los países menos violentos de nuestra región -Brasil, Colombia, México, Venezuela, El Salvador, Jamaica y Honduras lideran las estadísticas- podría decirse que nos vemos rescatados sólo por la indulgente ley de las comparaciones si nos medimos en la vecindad. La tasa media de homicidios en toda América es seis veces más alta que en Europa.

En América Latina la presencia del crimen organizado y las bandas narco han alterado la ecuación que hace que el desarrollo socioeconómico genere una disminución de la violencia, al menos en la medida en que ello ocurre en el resto del mundo.

El desafío, pues, atañe a toda la sociedad. A los padres, claro que sí. A los políticos también… y a los funcionarios, docentes…pero también a mi tía cuando va a hacer las compras. El germen de la violencia se encuentra en muchas de nuestras acciones cotidianas.

En vez de abroquelarse en actitud defensiva y con espíritu de cuerpo, lo que tendría que producirse es una actitud de introspección reflexiva por parte de quienes son señalados como responsables. Es decir…todos nosotros. ¿Qué puedo corregir? Tal vez no esté bien todo lo que venimos haciendo, sería atinado cuestionarse.

Cierta vez, asombrado por el comportamiento de los niños japoneses, que no gritan ni berrean y uno sospecha que en realidad son actores que hacen de niños, pregunté porqué se comportaban así. Qué gen los mantenía tan silenciosos. Es simple -me respondieron-. Nunca escucharon gritar a sus padres.

 



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